HECHO OBEDIENTE HASTA LA MUERTE
Y MUERTE DE CRUZ:
OBEDIENCIA RELIGIOSA
EN UNA CULTURA SECULARIZADA

«La voluntad consagrada por el voto de obediencia está destinada a unirse a la de Dios. 
Ya no pertenece a hombres. 


No pertenece al que la ha entregado, quien no puede recobrarla para sí sin sacrilegio, porque arrebataría lo que ya no le pertenece a él sino a Dios. 


Pero la libertad del súbdito tampoco pertenece al superior. 
Éste, el superior, en efecto, está también sometido a la voluntad de Dios y no puede abusar de una voluntad consagrada sin, de alguna manera, incurrir en sacrilegio por la profanación de algo consagrado, o sea apoderándose humanamente de la voluntad del súbdito
para planes y fines humanos, no conferidos religiosamente con Dios».


La desacralización, como pérdida del
sentido de lo sagrado, toca también al ejercicio de la obediencia religiosa,
tanto en el ejercicio del gobierno y de la autoridad del que manda, como en la
sumisión del que obedece.    
El idioma castellano tiene una sola palabra
para los dos aspectos de esta relación de obediencia. Y para peor, mandar y
obedecer, siendo en realidad dos aspectos de una misma realidad religiosa,
expresan en nuestra lengua una antinomia y presentan ambas acciones en lo que
tienen de opuesto o complementario y no en lo que tienen de común. Sirven más
para expresar situaciones militares que la plena verdad de la relación
espiritual de la obediencia religiosa. Esto no nos facilita la tarea de
expresar lo que pensamos. Pero queremos intentarlo de todos modos. San Ignacio salió
airosamente de esta dificultad mostrando el carácter «procesional» de
la obediencia, donde el mandato del superior emana de su obediencia a otra
instancia superior:
La secularización, por ser una visión
irreligiosa de la existencia, destruye la visión de la cadena de obediencias,
fragmenta la procesión de mediaciones de la voluntad divina, y destruye la
obediencia como fenómeno religioso de comunión y comunicación que se realiza
precisamente -valga la redundancia- mediante las mediaciones   
La visión ignaciana de la obediencia, puede
ayudarnos, tanto a súbditos como a superiores, a mantener la vivencia religiosa
de la obediencia en un mundo donde la virtud de la religión está en franco
proceso de deterioro y desaparición en algunos ambientes.
Lo que se ofrece a Dios en el voto de
obediencia es la libertad, la voluntad, la parte más digna y alta del hombre.
Un tiempo como el nuestro en que se habla tanto de los derechos del hombre y de
la dignidad humana, parece bien dispuesto para entender la grandeza de lo que
se ofrece. Pero quizás peor dispuesto que nunca a comprender por qué se ofrece,
y menos persuadido que nunca, a falta de testimonios claros, de que esa
oblación sea un acto religioso. Por eso mismo muchos vacilan y retroceden ante
la oblación de su dignidad en la vida religiosa. Y no se engañan.
Los motivos de esa vacilación son
complejos. En primer lugar, no se comprende por qué haya de ser ofrecida en
sacrificio la más digna parte del hombre. En segundo lugar, por motivos más
bien históricos y concretos, ha dejado de ser patente y visible la condición de
consagrados. En parte porque se han abandonado los hábitos religiosos
interiores y correlativamente los signos visibles en el vestido religioso. En
parte porque no se reciben señales claras de que los «consagrados» se
tengan por tales o, a veces, de que sean tenidos por tales por sus superiores.
Es doloroso decirlo: Alguna vez he oído
decir a algún superior, refiriéndose sobre todo a los hermanos coadjutores, que
era preferible trabajar con laicos que con jesuitas. Y la razón que daba es que
a los laicos uno los puede elegir según las conveniencias de la obra y
despedirlos cuando convenga. Esta percepción funcionarial de la obra apostólica
influye también en algunos a la hora de pedir vocaciones, a las cuales se las
considera también, con una óptica poco religiosa, como personal necesario para
las obras, más que como almas en camino de perfección, como llamados de Dios.
Esto es parte del fenómeno más general de
la pérdida del sentido de lo sagrado que trae la cultura secularizada y
secularizante al invadir los ámbitos de la vida religiosa, al filtrarse en el
corazón de los consagrados, tanto súbditos como superiores. Esta infición
redunda en la pérdida de identidad como consagrados. Ya no se siente la
veneración por lo que pertenece a Dios, por haberle sido dedicado apartándolo
de los usos profanos.
No en vano se pierde el sentido de la
liturgia, el sentido de los ritos y de los símbolos, el sentido de la
consagración de los objetos, y de los tiempos. El cáliz, los ornamentos, los
lugares y espacios consagrados, la materia de los sacramentos, los gestos y
posturas corporales. En cuanto a los tiempos, se pierde el sentido del domingo
y de las fiestas de guardar. Si todo vale en esos dominios, y si da lo mismo
consagrar con galletitas María que con pan con grasa, o celebrar en cualquier
copa y sobre cualquier mesa o en el suelo, o gritar o fumar dentro del templo,
si se puede, sin dolor, demoler por cualquier motivo un altar consagrado o
destinar los templos a usos profanos, es porque se ha perdido el sentido
religioso. El hombre religioso es el que percibe la diferencia entre los
objetos profanos y los que han sido dedicados a Dios.  Si nos preguntamos acerca de las causas de
este fenómeno hay que responder que se trata de una pérdida del sentido de la
realidad de Dios. No de su realidad nominal. El secularismo es gnóstico, en el
sentido que sustituye a Dios por la idea de Dios. De ahí la ambigüedad de las
conductas secularistas de apariencia religiosa y cristiana. El secularismo
sigue manteniendo el lenguaje cristiano, pero ha cortado la comunión con las
realidades nombradas. El actual secularismo es hijo de la gnosis y del
nominalismo.
 Lo
que al desacralizado le parece mojigatería o hasta superstición, no lo es de
ninguna manera para el hombre religioso.
Cuando la pérdida de la religiosidad
alcanza a los mismos religiosos, y la desacralización a «la vida
consagrada», se produce algo así como la irrupción de la abominación de la
desolación en el lugar sagrado, con la pérdida consiguiente de identidad. Los
que habían hecho profesión de buscar la perfección de la caridad por los
caminos de la obediencia no saben ya
quiénes son, ni lo saben los que, entre ellos, ofician de superiores. Esto da
lugar por un lado a insinceridades en la sujeción y por otro a abusos y
arbitrariedades en el mando; por un lado a actitudes de tiranía y dominación,
por el otro a actitudes de adulación o de cinismo, de rebeldía o de huída. Por
ambos extremos, a profanaciones de la libertad consagrada.
Tales abusos ponen por fin en crisis la
institución misma de la autoridad y el gobierno. Por esos caminos, algunos
religiosos han dado en vivir en «comunidades sin superior». De
aquellos polvos vienen estos lodos. Sin sentido de la sacralidad de la
obediencia consagrada, ésta no se mantiene. Profanada, se desvirtúa, tanto en
la vivencia del súbdito como en la del que ejerce la autoridad.
Siendo la obediencia religiosa una forma de
la caridad que desciende del Padre, se aplica a ella lo que se dice de la Caridad. Y lo primero,
es que la relación de obediencia, requiere una relación de cierta simetría y
reciprocidad espiritual, en lo referente a la actitud religiosa de súbdito y
superior.
Observa atinadamente Santo Tomás que:
«no basta la benevolencia (querer el bien del otro) para que se pueda
hablar propiamente de amistad (=caridad), sino que se requiere la reciprocidad
de amor; porque el amigo debe ser amado del amigo. Y esta benevolencia
recíproca se funda en alguna comunicación» (Sto. Tomás de Aquino, Summa
Theol., 2ª 2ae, q.23, art.1 c.). O, para decirlo en palabras de San Ignacio:
«el amor consiste en comunicación de las dos partes, es a saber, en dar y
comunicar el amante al amado y el amado al amante» (EE 231).
Lo que se comunican superior y súbdito en
la relación de caridad que es la obediencia es precisamente sus voluntades
sumisas a Dios. El superior ofrece una voluntad sumisa a la de Dios y que
preceptúa y el súbdito retribuye con una voluntad sumisa a Dios y que acata.
Así ambos se comunican su amor a Dios.
El deterioro de la relación de obediencia
(sumisión-mando) religiosa puede ser bilateral o unilateral, simétrico o
disimétrico.
El deterioro es bilateral y simétrico,
cuando afecta tanto al súbdito como al superior, secularizados, y que han
perdido, en diferentes grados, el espíritu religioso.
El deterioro es unilateral o disimétrico,
cuando uno de los dos quiere vivir religiosa y sobrenaturalmente su
consagración, pero no encuentra en el otro la necesaria reciprocidad. Estas
situaciones son particularmente dolorosas y conflictivas para la parte fiel,
superior o súbdito, según los casos. Esto se ve ejemplificado en la vida de los
santos. Santa Teresa, por ejemplo, sufrió como reformadora en conventos
imposibles de reformar, el drama del superior desobedecido o no reconocido. San
Juan de la Cruz,
sufrió el drama del súbdito de superiores inflexibles.
¿Es posible vivir la obediencia en sus
vertientes de sumisión o de mando en estas condiciones? Sí. El ejemplo de Jesús
y de los santos nos lo demuestra: es posible vivir la caridad aún cuando no se
encuentra la respuesta de una recíproca benevolencia. Pablo lo recalca en el
himno de la Caridad,
que se puede cantar asimismo a la
Obediencia
: «La obediencia, -ya sea la que manda ya sea
la que se somete-, es paciente, es benigna, no es envidiosa, no es jactanciosa,
no se hincha, no es descortés, no es interesada, no se irrita, no piensa mal,
no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad, todo lo excusa, todo
lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (Cfr. 1 Cor 13,4-7).
En la actual crisis de la cultura
religiosa, no es fácil comprender qué es la consagración. Aunque se siga usando
la palabra, ya no se vive, en muchos casos, la realidad que ella nombra. Es
significativo que la palabra consagración, que aún mantiene cierta fuerza
significativa para denominar la consagración religiosa, haya perdido prestigio
cuando se refiere a las tradicionales consagraciones piadosas (al Sagrado
Corazón, o a la Virgen).
En ese plano ha aparecido una resistencia tanto al uso de la palabra como a la
realidad nombrada. Donde la realidad se mantiene, se prefiere hablar hoy de
entrega, en un esfuerzo por recuperar la capacidad expresiva y el contacto con
la realidad.
El problema de la falta de vocaciones viene
de ahí. Muchos religiosos/as, aunque mantengan la continuidad de un discurso
verbal, ya no trasmiten los meta mensajes, por no decir los buenos ejemplos,
que le dan eficacia a las palabras. Hoy tampoco es popular hablar de buen
ejemplo. Meta mensaje viene a decir lo mismo que buen ejemplo, pero en forma
quizás más potable para el actual paladar.
Lo que agrega la consagración a Dios al ya
altísimo valor y dignidad de la libertad, lo percibe el alma religiosa. Es un
acto de la virtud de religión. La religión es una virtud moral. Y esta
distinción es necesaria para distinguir entre los que siguen usando el discurso
cristiano sin esa virtud y los que la viven aún cuando no sepan decir mucho
acerca de ella.
Lo que se ofrece a Dios, lo que pasa a
pertenecerle, es: sagrado. Ya no está destinado a fines profanos, por más
altos, dignos y nobles que puedan ser en sí mismos. Pertenece a los fines del
Reino y no a los fines propios.
La voluntad consagrada está destinada a
unirse a la de Dios. Ya no pertenece a hombres. No pertenece al que la ha
entregado, quien no puede recobrarla para sí sin sacrilegio, porque arrebataría
lo que ya no le pertenece a él sino a Dios. Pero la libertad del súbdito
tampoco pertenece al superior. Este, en efecto, está también sometido a la
voluntad de Dios y no puede abusar de una voluntad consagrada sin, de alguna
manera, incurrir en sacrilegio por la profanación de algo consagrado, o sea
apoderándose humanamente de la voluntad del súbdito para planes y fines
humanos, no conferidos religiosamente con Dios.
El camino obediente de San Ignacio de
Loyola resulta así particularmente iluminador para orientarnos en las
problemáticas situaciones que nos plantea la obediencia en esta época
secularista en la que nos ha tocado vivir.

Horacio Bojorge S.J.

¡DIOS MÍO! ¡DIOS MÍO!
¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?
MURIÓ DE CARA AL PADRE
Mateo 27, 46

Mateo 27, 45-46 
45 Desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora nona. 
46 Y hacia la hora nona clamó Jesús con gran voz, diciendo: «Eli, Eli, lemá sabakhtaní», esto es, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Sal 21,2).

ALGUNAS OBSERVACIONES
1) Jesús comienza a orar el Salmo 21 (22 en el texto hebreo)
2) El Salmo 21 tiene dos partes. 
La primera es un salmo de lamentación: Vv. 2-22
La segunda un salmo de confianza; Vv. 23-32
3) El salmista comienza confesando a Dios su aflicción, pero a partir del vers. 23 proclama que todos sus sufrimientos lo autorizarán ante sus «hermanos» para que – revelandose a sí mismo como Hijo – Siervo sufriente,[Isaías 53,3 varón de dolores] les revele el nombre de Dios-su Padre,nombre nuevo: Mi Padre [Isaías 42,1ss]
4) La revelación de Dios-mi-Padre es inseparable de la revelación de Cristo como Hijo-de-Dios-su-Padre. 
5) Los sufrimientos del Hijo, [la Pasión], son el escenario donde Él se revela a sí mismo y a su Padre. En la Pasión tiene lugar la revelación de ambos Hijo-Padre
6) Sus hermanos seguirán anunciando ese nombre a las generaciones futuras.
7) En la segunda parte se anuncia la generación filial. De ese modo queda insinuado que el nombre que se revelará es: PADRE 


1ª Parte: Lamentación 2 —> 22

2 Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?; a pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza.

2ª Parte: Confianza 23 —> 32
23 Revelaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré.

Desamparo y muerte del Redentor. Mateo 27,45-50



Mateo 27, 45 Desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora nona. 46 Y hacia la hora nona clamó Jesús con gran voz, diciendo: «Eli, Eli, lemá sabakhtaní «, esto es, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Sal 21,2). 47 Algunos de los que allí estaban, al oírlo decían: «A Elías llama éste». 48 Y al  punto, corriendo uno de ellos y tomando una esponja y empapándola en vinagre e introduciendo en ella una caña, le daba de beber.  49 Mas los demás decían: Deja, veamos si viene Elías a salvarle. 50 Mas Jesús, habiendo clamado con gran voz, exhaló el espíritu.





Lucas 23, 46-47 Y clamando con voz poderosa, Jesús dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Sal 30,6 biyadejá ‘afqid rují). Y, dicho esto, expiró.  47 Viendo el centurión lo acaecido, glorificó a Dios, diciendo: Realmente este hombre era justo [dikaios, grato a Dios, inocente, ].

Marcos 15, 39: 39 y viendo el centurión, que allí estaba de pie frente a él, que de tal manera había expirado, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.
LOS CUATRO CÁNTICOS DEL SERVIDOR DE DIOS: 
Isaías 42, 1-9; 49, 1-6; 50, 4-10; 53, 1-12
1) En el Bautismo y la Transfiguración (Mateo 3,17; Marcos 1, 11; Lucas 3, 22); el Padre proclama que Jesús “Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco” 
2) Así el Padre presenta a Jesús como el Siervo de Dios anunciado por Isaías: “He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma, he puesto mi Espíritu sobre él, dictará mi ley a las naciones” (Isaías 42,1)
3) La segunda parte del Salmo 21, los vv. 23-32, contienen los mismos temas de los cuatro cantos del Servidor en Isaías.

LA NOCHE EN EL MEDIO DÍA DEL VIERNES SANTO
EN EL QUE OBRÓ EL SEÑOR

LAS NOCHES 
EN QUE OBRA EL SEÑOR
Mt 27,45


«Desde la hora sexta [el mediodía] la oscuridad cayó sobre la tierra hasta la hora nona [las tres de la tarde] Y alrededor de  la hora nona […] entonces, [Jesús] dando un fuerte grito exhaló el espiritu» [Mateo 27, 45-46]
«…la oscuridad cayó sobre toda la tierra hasta la hora nona. El velo del santuario ser rasgó por medio. Jesús dando un fuerte grito, exclamó: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» dicho esto expiró» [Lucas 23, 44-46]


El oscurecimiento desde la hora de sexta a nona constituye una noche en pleno día, para recibir el grito de Jesús: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu» y el último aliento de Jesús


“Sólo
cuatro noches son las que están escritas en el Libro de las Memorias:
1)    La primera noche: cuando
se apareció  
el Señor sobre el mundo para crearlo. El mundo era confusión y caos y
la oscuridad estaba extendida sobre la superficie del abismo y
el Verbo del Señor era la luz que iluminaba:
y la llamó
Noche primera.
2)    La noche segunda: Cuando el Señor se apareció a Abraham centenario y Sara su mujer nonagenaria para cumplir
lo que dice la Escritura: ‘¿Por ventura Abraham de cien años engendrará y su
mujer de noventa años parirá?’ (Gen 17, 17; Ex 4, 22). E Isaac tenía treinta y
siete años cuando fue ofrecido en el altar. Los Cielos descendieron y bajaron e Isaac vio sus perfecciones y quedaron nublados sus
ojos por sus perfecciones y la llamó
Segunda
Noche
.
3)    La tercera noche: cuando el Señor se apareció a los egipcios a media noche: su mano daba muerte a los
primogénitos de los egipcios y su diestra daba protección a los primogénitos de
Israel, para cumplir lo que dice la Escritura: ‘mi hijo primogénito es Israel’
(Ex 4, 22) y la llamó
Tercera Noche.
4)    La cuarta noche: cuando
llegue el mundo a su fin para ser redimido: los yugos de hierro serán quebrados
y la generación malvada será aniquilada y Moisés subirá de en medio del
desierto y el rey Mesías de lo alto.
Uno caminará a la cabeza del ganado (o bien: encima de la nube, con alusión a
Daniel 7, 13] y el otro caminará a la cabeza del ganado y su Verbo caminará
entre los dos; y Yo y ellos caminaremos juntos. Esta es la noche de la Pascua
para el nombre de Yahvé: noche reservada y fijada para la redención de todas
las generaciones de Israel” [
Targum Neophyti, Ex 12,42]. 

1) Este antiguo texto judío, es una glosa o
comentario del Éxodo 12, 42. 
Se encuentra en una traducción aramea (= targum)
del texto hebreo.
            2) Este texto targúmico llama
nuestra atención sobre cuatro noches:
a) La
noche de la creación (Génesis 1)
b) La
noche de la promesa y de la Alianza con Abraham: Génesis 15; 17; 22.
c) La
noche de la liberación de Egipto o noche de Pascua: Éxodo 12
d) La
«noche del Mesías» o de la redención definitiva. Los intérpretes
deducían que si Dios había hecho de noche sus grandes gestas pasadas, también
realizaría de noche esa gesta futura.
3) Con esta noche se conectan también textos
como Números 22, 20; 24, 7-8; 24, 17ss; Isaías 60, 1-3ss; Sabiduría 18, 14-16
4) Dios ama actuar en la noche, hablar y
comunicarse en la noche, cuando los hombres duermen y los fieles velan.
Así se
muestra en sueños a Jacob (Génesis 28, 10-22); se manifiesta en sueños a José
(Génesis 37, 5-11); habla por la noche al niño Samuel (1 Samuel 3, 1-21);
instruye en sueños a Daniel (Daniel 7, 1-28).
Las noches del Mesías
5) Esta traducción y comentario targúmico de Éxodo 12, data de los tiempos de Cristo y proviene del medio palestino. Jesús
lo escuchó en la Sinagoga, como traducción y explicación del texto hebreo;
lengua que el pueblo no entendía ya. Y comprendió sus propias noches a la luz
de las noches del Padre.
6) Es en la línea de estas noches de Dios
donde el Padre obró y Jesús leyó y comprendió el sentido divino y salvífico de
sus propias noches:
«las noches de Cristo»: Nacimiento, Huida a
Egipto, última Cena, traición de Judas, agonía en el Huerto de los Olivos,
prisión y juicio inicuo, muere en las tinieblas del mediodía del viernes, Resucita de noche. 
También es posible considerar cómo
Cristo tuvo en cuenta estas obras nocturnas del Padre cuando oraba de noche,
cuando de noche caminó sobre el mar, o cuando se entrevistó de noche con
Nicodemo, o cuando aludió a la noche en el episodio de Lázaro.
Jesús sufre cruelmente durante las cuatro
vigilias de la noche de la Pasión. La última cena, el Huerto, la prisión, los
juicios, la condenación injusta, la flagelación y la coronación de espinas. Es
una noche en que Dios mismo está en vela toda la noche, sufriendo por nosotros,
amando y redimiendo.
El oscurecimiento desde la hora de sexta a
nona constituye algo así como una noche en pleno día, para recibir el grito de
Jesús: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu» y el último aliento
de Jesús[1]. Dum magnum silentium teneret omnia…
El
Espíritu del amor irrumpe incontenible. El Padre acaba de glorificar a Jesús su
Hijo, mostrándolo en su gloria de Hijo obedientísimo a todas las generaciones
de los hombres.
Un grito en el silencio de la Noche: Navidad,
Jueves y Viernes Santo
            7) La liturgia de Navidad nos enseña
a asociar Sabiduría 18, 14-16 con la Encarnación del Verbo y el Nacimiento de
Cristo.
            8) ¿Nos sorprende el contraste casi
contradictorio y antitético del grito de guerra en la noche de paz? ¿Qué tiene
que ver este grito de un guerrero con el vagido de un niño recién nacido?
            9) Sabiduría 17-19 es un comentario
a la noche de la liberación de Egipto, narrada en Éxodo 12. Allí Dios aparece
como un guerrero que acude a liberar a su primogénito y hiere a los
primogénitos de sus opresores. El Dios goel aparece así como el vengador de
sangre, que viene a vengar a todos los niños hebreos sacrificados por los
opresores.
            10) La liturgia retoma el recuerdo
de la Pascua antigua, que es una vigilia o vela guerrera de Dios en la noche de
la salida de Egipto y del exterminio de los primogénitos de Egipto, y lo
relaciona, sin temer el contraste, más bien contemplándolo con asombro y
admiración, con una inteligencia profunda de la novedad del cambio. La Navidad
se presenta así como una pequeña Pascua que adelanta la gran Pascua y aquél
mediodía en que se oscurece el cielo como si fuera de noche y Cristo expira
«con un gran grito».
            11) El escenario del nacimiento es
un escenario nocturno. Lucas lo subraya: los pastores guardan el ganado. Él
recogió – nos dice – lo que los testigos oculares vivieron desde el comienzo,
en palestina. El que según la tradición retrató a María, la conoció de vista y
recogió su testimonio ocular, acerca de las cosas que ella «guardaba en su
corazón». Nos lo dice dos veces.
Un gran silencio
            12) Sabiduría 18, 14 nos habla del
gran silencio de la noche, en medio del cual silencio Dios pasa realizando sus
gestas. El Targum Neophyti y Éxodo 12 explican la celebración nocturna de la
Pascua como una vigilia en memoria de aquella otra vigilia de Dios.
13) En el Evangelio abundan las invitaciones
a velar y a orar. Y a esperar al que vendrá no se sabe en cuál de las cuatro
vigilias de la noche. Hay que estar vigilantes porque no se sabe cuándo vendrá.
Vendrá como un ladrón, cuando menos se lo espera. O vendrá como el novio que
sorprende a las vírgenes necias.
14) La misma visión está detrás de la pequeña
parábola del amigo importuno e inoportuno que viene a golpear la puerta de
noche, cuando los niños ya están dormidos y el amigo acostado.
15) De noche, Dios no duerme: «No duerme
ni reposa el centinela de Israel» (Sal 120, 4).
San Ignacio de Antioquía
16) San Ignacio de Antioquía se refiere a
menudo al Silencio, como nombre de Dios, o como actitud cristiana: «Más
vale callar y ser que hablar y no ser. Bien está el enseñar, a condición de
que, quien enseña, haga. Ahora bien, hay un Maestro que dijo y fue[2] [lo que dijo]. El
que de verdad posee la palabra de Jesús, puede también escuchar su silencio, a
fin de ser perfecto[3].
De esta manera, según lo que habla [así también obra, como Dios lo hace en la
noche de la creación]; y por lo que calla es conocido»[4].
17) Los misterios de Dios los llama San
Ignacio de Antioquía, misterios sonoros, estentóreos, misterios de grito o a
gritos: «Y quedó oculta al príncipe de este mundo la virginidad de María y
el parto de ella, del mismo modo que la muerte del Señor: tres misterios
sonoros que se cumplieron en el silencio de [la noche de] Dios»[5].
18) Aquí asocia san Ignacio de Antioquía la
noche de la Navidad con la noche de la Pasión y muerte del Señor. La liturgia
de Pasión y Resurrección también están transida de la memoria de la noche en la
que Dios obra la Redención. La noche del Mesías. Las noches del Mesías. El
primer vagido del infante y el gran grito y último suspiro del que muere en
Cruz resuenan en la noche de Navidad y en las tinieblas que cubren la tierra el
Viernes Santo, cuando Jesús expira.
19) La noche de Navidad y la Estrella de
Navidad, nos invitan, como la noche de Pasión y la de Pascua, a escuchar el
silencio de Dios. Un silencio digno del Padre, que habita el silencio, pero que
pronuncia su Palabra e ilumina la noche con la estrella de Cristo. Cristo saber
escuchar el silencio del Padre y sabe interpretar el por qué es abandonado en
manos de los hombres, como profetizaba de él el Salmo, inspirado para Él y para
el momento que había de recitarlo en Cruz; para anunciar el nombre del Padre a
sus hermanos, y revelar la justicia filial «al pueblo que ha de
nacer» de la sangre de su cruz y del agua de su costado[6].
20) Inmediatamente se pregunta San Ignacio de
Antioquía cómo es que, entonces, estos misterios fueron manifestados a los
siglos: «Ahora bien, ¿cómo fueron manifestados a los siglos? Brilló en el
cielo un astro[7]
[es de noche por lo tanto] más resplandeciente que los demás astros. Su luz era
inexplicable y su novedad produjo extrañeza [¿en los Magos?]. Y todos los demás
astros, juntamente con el sol y la luna, hicieron coro a esta nueva estrella;
pero ella, con su luz, los sobrepujaba a todos. Sorprendiéronse las gentes
preguntándose de dónde pudiera venir aquella novedad tan distinta de las demás
estrellas. Desde aquél punto quedó destruida toda hechicería y desapareció toda
iniquidad. Derribada quedó la ignorancia, deshecho el antiguo imperio desde el
momento en que se mostró Dios hecho hombre para llevarnos a la novedad de la
vida perdurable, y empezó a cumplirse lo que en Dios era obra consumada. Todo
se conmovió desde el instante en que se meditaba el aniquilamiento de la
muerte»[8].
El Verbo, Luz en la Noche
21) El texto del Targum Neophyti que leímos
habla del Verbo de Dios (Memrá d’Adonay) como luz en la noche. Según Juan 1,
4-5- 9; y 8: El Verbo era la luz que vino a los suyos (Cfr. Sabiduría 17).
También es interesante tomar en consideración en relación con esto la
misteriosa palabra de Jesús en Juan 11, 8-10[9], que quizás ayuda a
comprender mejor el sentido de la insistencia de Juan en recordarnos que cuando
Judas lo traicionó, era de noche (Jn 13, 30).
22) Velar se dice de la fe. Creer es velar.
No creer es como un dormirse, que no permite asistir a las acciones secretas,
ocultas, nocturnas, de Dios. Los fieles velan creyendo y esperando la
intervención de Dios. Porque en la noche, tiempo en que los hombres cesan de
obrar, las obras de Dios se demuestran inconfundiblemente suyas. En la noche,
resalta que la acción es de Dios. Velamos en la noche de la fe. Y esa noche se
transforma en luz nocturna.
23) Orando: Venga tu Reino, instamos hasta la
importunidad a un Dios que parece dormir.
            24) Jesús meditó estas palabras que
estaban escritas de Él y para Él. Las comprendió como dichas de sí mismo y de
sus noches. Él también entendió el sentido de 
nuestras noches, de las noches del Cuerpo Místico en la Historia. Y nos
aconsejó velar y orar en espera de la venida del dueño de la Casa, es decir,
del dueño del Templo de Jerusalén y de lo que el Templo significaba: el
Santuario no hecho por mano de hombre, el templo de su Cuerpo y la Tienda del
Santuario celeste a la que nos hemos acercado nosotros.
            25) Velad y Orad. Como Cristo en la
noche del Huerto, debemos tender el oído para escuchar. La Palabra de Dios
suena en las noches: «Hágase la luz»; «Hágase tu voluntad y no
la mía». «Hagan esto en memoria mía».
26) Los primeros cristianos, al parecer
comprendían el sentido nocturno de la Eucaristía, que, como repetición de la
última Cena reclamaba la conveniencia de celebrarla de noche para cumplir el
encargo: «Hagan esto en memoria mía». Se reunían para celebrarla
antes de la salida del sol.
27) Nuestras eucaristías tienen algo de esos
«Hágase» nocturnos de Dios. Es un «hágase» que obramos en
la Iglesia en Memoria del «Hágase» y de los «Hágase»
divinos en la noche del Mesías.
28) Sucede también en la noche de la fe.
Sucede en la noche de los sentidos, pero en la vigilia de la fe y de la
oración. Como dice San Ignacio de Antioquía: «El que posee la Palabra de
Dios, también sabe escuchar su silencio».
La eucaristía como el misterio nocturnal
            29) Como la noche del Mesías se
renueva sacramentalmente en la cena y el sacrificio eucarístico, podemos decir
que «la noche del Mesías, es la eucaristía», que se renueva toties quoties se la celebra en memoria de Cristo, y en comunión con sus
sentimientos filiales: «tened en vosotros los mismos sentimientos que
Cristo Jesús» (Filipenses 2, 2.5).
            30) Dice San Juan de la Cruz:
Que bien sé yo la fonte que mana y corre
aunque es de noche
Aquella eterna fonte está escondida
que bien sé yo do tiene su manida[10]
aunque es de noche.
Aquesta eterna fuente está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.
            31) Por eso, aunque la celebremos de
día, la eucaristía, que celebraban de noche los primeros cristianos, es la
Noche del Mesías en la que Dios obra la redención, la santificación, la
filialización, la bienaventuranza, la comunión con el Hijo, el Padre, El
Espíritu Santo y con todos los santos vivos y difuntos. Es la congregación de
los dispersos «in unum»: «congregavit nos in unum Christi
amor». Operación divina en la noche eucarística del Mesías. En esa noche
irrumpía el Sol al amanecer, el Sol que viene de lo alto anunciado por el que
surge desde abajo, y que es figura sacramentaria, ritual, como un grito de luz.
            32) Porque hasta Cristo, Dios estaba
oculto en su noche. Pero desde Cristo, el que lo ve, ve al Padre. En la noche
de una humanidad que ignora el verdadero rostro de Dios, que considera a Dios
encerrado en un silencio impenetrable, Cristo irrumpe como un grito, como una
luz, como un Maestro de vida eterna. «Esta es la vida eterna, que te
conozcan a ti»[11].


[1] Lucas 23, 44-46
[2] Alusión al relato de la
Creación, donde Dios dice y sucede lo que dice, con palabra eficaz. «La
palabra de Dios es viva y eficaz y más aguda que espada de dos
filos»(Hebreos 4, 12). Es, una «espada del espíritu» (Efesios 6,
17
[3] «Como el Padre
celestial es perfecto» (Mateo 5, 48)
[4] A los Efesios XV, 1-2
[5] A los Efesios XIX, 1
[6] Salmo 21, 2. 23.31-32
[7] Parece aludir claramente a
la estrella de los Magos de Oriente, de que nos habla San Mateo, y que evoca el
astro que predice Balaam en Números 21.
[8] A los Efesios XIX, 2-3
[9] ¿No son doce las horas del
día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si
uno anda de noche, tropieza, porque le falta la luz»
[10] Manida: lugar o paraje donde un hombre o animal se recoge y hace
mansión. 2.: Germanía: Casa para habitar. (Germanía era la jerga o manera de
hablar de rufianes, ladrones, gente baja, que usaban ellos solos y constaba de
voces del idioma español con significación distinta de la genuina y verdadera,
y de otros muchos vocablos de orígenes muy diversos.
[11] Juan 17, 3