SANTIFICADO SEA TU NOMBRE (4)

DEL PARENTESCO A LA FILIACIÓN


26) La teología de la Alianza, es lo que la fe bíblica tiene de afable, en el sentido opuesto a lo inefable. La Alianza define y explica muy bien el núcleo característico y caracterizante, individual e individuante de la religión bíblica respecto de otras religiones.



27) El comportamiento del Dios de la Alianza es el fundamento, el modelo ejemplar y el precedente posibilitante a la vez, del comportamiento, de la moral del pueblo de la Alianza.


28) Esa conducta divina se define por dos términos que son casi atributos divinos. Jen gracia, amor; y Jésed misericordia.

Por gracia y misericordia Dios elige. Ellas son también las dos virtudes del antes y después de la Alianza, las virtudes del Dios de la Alianza. Jen y jésed, la gracia y la misericordia divina expresan la Alianza. La Alianza debe perdurar y perpetuarse, expandirse y universalizarse por ejercicio de gracia y misericordia, primero dentro del pueblo mismo de la Alianza y después a nivel de toda la Humanidad.


Pero he aquí que la gracia y la misericordia, jen y jésed, son, en el ámbito de la fe bíblica que los acuña, términos que pertenecen a la vez al ámbito de las relaciones religiosas (es decir divino-humanas) y al ámbito de las relaciones familiares y sociales (es decir inter-humanas)..


29) Pertenece al corazón oculto e inefable (difícilmente expresable y por eso raramente mencionado) de la cultura bíblica, el hecho de que las relaciones entre los hombres y las relaciones entre Dios y los hombres se conciben como análogas y se expresan mediante categorías comunes como los términos jen y jésed, que expresan la faceta de la cercanía de Dios que compone su atributo de santidad.


30) Esto sugiere que en la revelación bíblica Dios ha hecho de las relaciones interhumanas, y particularmente en las relaciones familiares de parentesco, el ámbito preferencial de su autorrevelación o epifanía. Los justos bíblicos han experimentado la epifanía divina como una comunicación interpersonal, como una vinculación de parentesco. Dios se les ha revelado como Dios pariente de los patriarcas, como Goel de sus descendientes, el pueblo elegido.


31) De ahí, que los vínculos familiares deban vivirse a imitación de las virtudes divinas, del divino pariente y auxiliador de los patriarcas. Según exige la ley de santidad del Levítico: la vida de familia se ha de vivir en santidad y pureza sexual (Lev 18, 1-30). Las conductas lujuriosas de las cultura egipcia y cananea son opuestas a la epifanía divina en la santidad de la familia porque divinizan la fuerza sexual sacándola del contexto de la caridad que se da a conocer en la autorrevelación del Dios Pariente.


32) Que Dios se manifiesta ahora como el Padre santo de nuestro Señor Jesucristo y que sus discípulos se conviertan, por regeneración divina, en sus hermanitos más pequeños, se comprende así como el «cumplimiento» de la Ley y los profetas. Los reengendrados han sido por lo tanto santificados. En esta regeneración, el Padre se ha manifestado santo. Ellos desean ahora manifestar en sus vidas la misma santidad del Padre. Y lo piden como gracia:santificado sea tu nombre [en nosotros y en todos los que lleguen a ser tus hijos]

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE (3)

ÍCONOS BÍBLICOS DE LA SANTIDAD



17)
Santo Santo Santo, cantan los serafines en la visión de Isaías (6, 3), expresando e interpretando lo que Isaías ve: a Dios sentado en un trono excelso y elevado, (aposentado en su trascendencia inaccesible, en el trono de su trascendencia), pero el borde de cuyo manto llena el templo (haciéndose así cercano y accesible al suplicante). El gesto de los suplicantes en la antigüedad era aferrarse al borde del manto para impetrar un favor.
18) Esta misma combinación de lejanía ontológica y cercanía existencial se refleja en el dicho del libro de la Sabiduría que comprende la misericordia como expresión de la omnipotencia:




«Tú te compadeces de todos porque todo lo puedes» (Sb 11, 23). El creador es el salvador. El omnipotente es el aliado por amor de elección y predilección.
19) Yahvé es Dios del cielo y de la tormenta, creador y todopoderoso, soberano absoluto. Los cielos, la tormenta, el mar, los vientos, el terremoto, son epifanías de su Creador y Señor. Sin embargo, ni su poder, ni su libertad, pueden decirse sus atributos característicos o fontales. Lo característico del Dios bíblico es ser un Dios de Alianza, o sea un Dios que se vincula por amistades y compromisos con hombres y se comporta como El Dios Pariente [Go’el], o el Dios de los Patriarcas. El ámbito privilegiado de su epifanía es el de lo interpersonal. El Dios Pariente asegura los bienes de la promesa: la libertad, la tierra, los hijos, la vida. Es el vengador de sangre, el libertador de los esclavos, el levir, el que rescata la tierra. Como dice Isaías: «Tu redentor (=goel] es el santo de Israel» (Isa 41, 14)

20) El nombre «Yo soy el que soy» revelado a Moisés (Ex 3, 14) incluye el sentido «Yo soy el que está», ya que el verbo hebreo hayah significa «ser y estar». Un estar que implica una presencia activa: «Estuve con vuestros padres y estaré con vosotros». El que se revela en la zarza como el Dios de los antepasados, se revela inmediatamente como «El que es, está y estará» actuando en favor de su pueblo elegido. Ese aspecto lo explicitará en Isaías cuando revela su nombre Emanuel, «Immanu-El» = «Dios [está, estará] con nosotros» Este nombre es la fórmula de asistencia, propia de los contextos de guerra santa, en los que Dios promete intervenir activamente en la vida del pueblo como su Go’el, su pariente fiel y poderoso: Dios de los ejércitos, vengador de sangre, garante de la libertad, la vida en la tierra..

20b) Otrosí: Dios dice por Isaías: «Los cielos son mi trono y la tierra el escabel de mis pies» (Isaías 66, 1-2). Los cielos dicen la grandeza de Dios y de su poder que gobierna los astros: «El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento pregona la ora de sus manos» (Salmo 18, 2). La tierra, escabel, habla de su cercanía providente, sabia y amorosa a los hombres que la habitan. Está por un lado la epifanía uránica de Dios y por otro su epifanía amorosa, en el orden de los vínculos interpersonales, familiares.
Nota: Los cielos y la tierra son testigos invocados por Dios en sus alianzas con Israel (Deuteronomio 4, 26) porque el cielo y la tierra, que son «la obra de sus manos» (Salmo 101, 26), dan testimonio del poder y la grandeza de Dios, tanto como la Alianza muestra su cercanía por el amor de predilección, la elección, la vocación y la misión. Los cielos y la tierra pasarán, pero las palabras de Cristo no pasarán (Marcos 13, 31; Lc 21, 33; Mt 24, 35). Isaías 66, 1-2 es alegado por Jesús para prohibir el juramento por el cielo o la tierra (Mateo 4, 34s) El cielo y la tierra, creaturas cuyo ser tiene apoyo en la palabra de la Verdad. El versículo de Isaías es citado por el mártir Esteban (Hechos 7, 49).
Las epifanías cósmicas quedan así subordinadas a la epifanía en lo interpresonal, como la suprema revelación de Dios: caridad.
21) El Salmo 98 tiene la estructura de un trisagio: proclama tres veces la santidad de Dios. En él alternan la adoración por la grandeza y la alabanza por sus intervenciones históricas de amor a su pueblo.
«El Señor reina tiemblen las naciones; sentado sobre querubines, vacile la tierra; 2 grande es Yahveh en Sión. Excelso sobre los pueblos todos; 3 loen tu nombre grande y venerable: santo es él. 4 Poderoso rey que el juicio ama, tú has fundado el derecho, juicio y justicia tú ejerces en Jacob. 5 Exaltad a Yahveh nuestro Dios, postraos ante el estrado de sus pies: santo es él. 6 Moisés y Aarón entre sus sacerdotes, Samuel entre aquellos que su nombre invocaban, invocaban a Yahveh y él les respondía. 7 En la columna de nube les hablaba, ellos guardaban sus dictámenes, la ley que él les dio. 8 Yahveh, Dios nuestro, tú les respondías, Dios paciente eras para ellos, aunque vengabas sus delitos. 9 Exaltad a Yahveh nuestro Dios, postraos ante su monte santo: santo es Yahveh, nuestro Dios.
22) Las obras de la creación muestran mejor la trascendencia divina y las obras de la salvación su cercanía providente y amorosa. La creación de la nada, la inmensidad del cielo y el universo creado, las desmesuradas dimensiones del espacio y del tiempo de la obra creadora, hablan de la grandeza y la trascendencia del creador, que ni es interior, ni coextensivo, ni se confunde con su obra de creación
23) De la cercanía amorosa de Dios, habla la conservación de la creación en el ser, la providencia en el gobierno mediante las leyes físicas y naturales, mediante la revelación de sí mismo y del orden moral, de su nombre Goel: pariente providente, que prepara la revelación del Padre a través de la encarnación del Hijo.
24) Ambos aspectos se reflejan ya en el primer relato de la creación, concebido como la preparación de un gran banquete, que culmina en una comida de comunión, en el que Dios sirve de comer a sus invitados a la existencia (Gn 1,29)
25) Jesús retoma la revelación de la creación como banquete y lo explica como prefiguración del banquete de bodas del Hijo, que revela los desposorios de amor de Dios con la creatura, del trascendente con lo contingente e inmanente. Del Increado con sus creaturas.

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
EL PADRE NUESTRO (2)

¡QUE TE DES A CONOCER COMO SANTO…
EN NOSOTROS!



1) La primera petición del Padre Nuestro es el primer deseo del Corazón Filial.
El Hijo vive de cara al Padre y su ser personal, podríamos decir, consiste en conocer al Padre.
El Hijo es conocimiento del Padre. El Hijo es ciencia del Padre. El conocimiento del Padre es el ser del Hijo; que es engendrado por vía de divino conocimiento.
Verbo mental del Padre para distinguirlo, de alguna manera, de nuestra palabra: vocal o bucal. Verbo consubstancial al Padre, para distinguirlo de nuestros conceptos, accidentales y no substanciales.
[Nota explicativa: Accidental: quiere decir que puede ser o no ser, estar o no estar, suceder o no suceder, sin alteración sustancial de un ser. Sustancial: es lo perteneciente a la sustancia de un ser]
Verbo interior, consubstancial, por el cual el Padre se dice enteramente a sí mismo, al Hijo y en el Hijo, de manera perfecta y necesaria.


2) El primer deseo del corazón filial, manifiesta el ser filial.

Y si lo conocemos, – y en la medida en que se nos vaya dando un corazón de hijo lo iremos conociendo más, reconociéndolo dentro de nosotros en una semejanza creciente -, también nosotros anhelamos que el Padre sea conocido. Y comprendemos que el Padre quiere mostrarse en nosotros haciéndonos semejantes a él. En la medida en que somos hijos anhelamos que nadie se pierda la dicha de ser hijo, de vivir como el Hijo: dando gloria al Padre en sí mismo. Siendo, nosotros, como «lugar» donde la gloria del Padre se hace visible y manifiesta.

Por ser, el Hijo, eterno conocimiento del Padre, – decíamos – nada hay en el Hijo que no esté en el Padre, ni nada hay en el Padre que no se diga en el Hijo. Por eso, el Hijo anhela que el Padre se diga en su Verbo que es el Hijo mismo.

Él es el conocimiento que el Padre tiene de sí.
Él es la Palabra en la que el Padre se dice perfectamente.
Y el Hijo quiere inculcarnos la misma pasión humana, la que tuvo como hombre. La pasión humana del Verbo encarnado. ¡Que el Padre se muestre santo a sí mismo en el Hijo, en los hijos! ¡Que el Padre manifiesta su santidad en sus hijos, pues es allí donde ha querido manifestarla!
3) Este deseo no se expresa en forma imperativa ¡Santifica tu nombre! Pues no es una orden sino un pedido El pedido de un hijo a su papá. ¡Que te des a conocer como santo! Así se expresa el ansia de la revelación del Padre inseparable de la revelación del Hijo y de la condición filial de los hijos: «Que te conozcan a ti y a tu enviado Jesucristo» (Jn 17, 3).
Un conocimiento que no es puramente teórico, sino existencial: «mis ovejas me conocen a mí como me conoce el Padre y yo a él» (Jn 10, 14-15). Que se consume la revelación de las personas divinas y de sus creyentes: «Nadie conoce quién es el Hijo [¡ni quién es hijo!] sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiere revelar» (Lc 10, 22)
4) Porque, naturalmente, la santidad del Padre no puede manifestarse sino en su Hijo y en sus hijos. Es decir en los discípulos de su Hijo, que aprendan del Hijo a vivir como el Hijo, a vivir como Hijos.
Que reciban del Hijo el conocimiento del Padre, que es la vida eterna: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti y a tu Hijo y enviado» (Jn 17, 3).
5) Por eso la primera petición del Padre Nuestro ha de entenderse como un ruego de que el Padre se muestre santo en su Hijo y en sus Hijos, los discípulos del Hijo. Que engendre a sus hijos a su imagen y semejanza, en la misma santidad y justicia filial que se manifestó en su Hijo encarnado. Vivo reflejo de la santidad del Padre. «El que me ha visto a mi, ha visto al Padre» (Jn 14,8). El que ve a un cristiano verdadero, ve al Padre que lo engendra.
6) La primera petición pide por lo tanto, que el Padre, Agente de santificación, Fuente de toda santidad, manifieste su santidad en sus hijos, en mí mismo y en los demás. Que el Padre nos engendre como hijos suyos. Que ¡todos! los hombres puedan conocer la santidad del Padre espejada en nosotros. Dicha obra la lleva a cabo el Padre por comunicación de su misma santidad al engendrarlos en una divina regeneración: comunicación de su vida divina que es amor: caridad, justicia, santidad.
En esta petición se expresa un deseo que también podría expresarse así: «Padre, muéstrate santo en nosotros». Que quien nos vea, vea en nosotros hijos de Dios, seres divinos, en que se refleja tu gloria. Santifícanos para mostrar tu santidad en nosotros. Que seamos un reflejo de tu bondad y de tu gloria. Que todo nuestro ser sea recibido de Ti y seas Tú quien resplandezcas en nosotros.

ORACIÓN AL PADRE
¡Padre, engéndranos, en esta hora, y en cada hora;
en este día, y en cada día!
Queremos recibir el ser de Ti
siempre y en cada momento
aquí sobre la tierra; y en el cielo eternamente,
para que podamos glorificarte como Tú lo mereces.
Danos el ser, el ver, el oír, el pensar, el entender,
el querer tu voluntad, el recordar tu caridad,
el quererte sobre todas las cosas.
Oh Tú Padre, fuente de caridad,
de donde venimos y hacia donde vamos.
Gozo nuestro y paz nuestra. Felicidad nuestra.
Te adoramos, te alabamos, te bendecimos.
No tenemos felicidad fuera de Ti.
Darte gloria es la bienaventuranza de tus hijos.
No nos dejes caer en la tentación
en esta civilización de la acedia
en la que nos has colocado,
que se entristece por nuestras alegrías.
Líbranos del Malo.
Que nada pueda su tristeza contra el gozo de tus hijos.
Para que nada empañe tu gloria
y la que le diste a tu Hijo Jesucristo. Amén.

JESUCRISTO: EL ENCANTO Y EL PODER DE SU PALABRA
por EUGENIO ZOLLI

UNA PREDICACIÓN ARREBATADORA

1) Jesús el Rabino, el Nazareno

1) Las agudezas rabínicas que despliega Jesús en la parábola del sembrador, [véase la primera entrada en el archivo del blog: «Salió el sembrador a sembrarse»] asombraban a los que oían su predicación. Jesús fue pronto reconocido por sus discípulos como Rabbí, es decir, como Maestro de la Escritura y expositor de sus sentidos. Jesús se mostró durante toda su vida como «el escriba instruido en el Reino de los Cielos, que se parece al dueño de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas» [Cfr. Mateo 13,52; 24,45].
2) Pero lo hacía, además, en forma no sólo ingeniosa sino fascinante. No sólo deslumbraba las mentes con la revelación de sentidos escondidos hasta entonces, sino que cautivaba los corazones con la hermosura del misterio al que hacían asomar sus dichos: “Abriré en parábolas mi boca, declararé cosas ocultas desde la creación del mundo” [Salmo 78,2 aplicado por Mateo 13, 35 a la predicación en parábolas de Jesús].
3) Israel Zolli, el gran rabino de Roma que se convirtió durante la Segunda Guerra Mundial dedicó un estudio al título «Jesús Nazareno».[Se bautizó con el nombre de Eugenio, en homenaje, al Papa Pío XII, Eugenio Pacelli]. Zolli concluye que el título “Nazareno” significaba “predicador”. Pero no cualquier predicador, sino un predicador popular que cautiva y conmueve, que arrebata a su auditorio y lo eleva hacia Dios y hacia la conversión con el vuelo poético de su enseñanza. [Eugenio Zolli, Mi encuentro con Cristo, (Ed. Patmos, Madrid 1948) pp. 106- 144].
“La personalidad del Predicador excedía con mucho el oscuro lugar de origen de su familia. Jesús era para las masas no el nazaretano, sino el Nazareno , el Predicador” [Eugenio Zolli, O.c., p. 137]. “Para la elocuencia declamatoria, el término arameo usado entonces era precisamente netsar”.[O.c., p.139].
4) Si Jesús asombró a los maestros de la ley en el Templo ya a los doce años con sus originales preguntas y respuestas sobre los sagrados textos, nos podemos imaginar lo que sería no ya la explicación, sino el anuncio del cumplimiento de las Escrituras, cuando lo proclamaba en la madurez de su misión y en la plenitud de una percepción madura y entusiasta, desbordante del Espíritu derramado sobre su santísima humanidad y que de ella manaba a raudales. [El kerygma es por definición algo que se grita, se proclama en voz alta, como el almuecín desde los minaretes de la mezquita].
¿Nos podemos imaginar al Logos Poeta hablando, en poesía, de la belleza de Dios, de la que nadie sino él era testigo? ¿No es acaso su vida misma el más hermoso poema que haya vivido hombre alguno? De él se pudo decir no solamente que “jamás un hombre habló como este hombre” (Jn 7, 46) sino que “jamás un hombre vivió como este hombre” [¿No es esto lo que dice san Juan evangelista cuando afirma: «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» Jn 1,4?].
¡De él se pudo decir más aún!: “que nadie vio jamás a Dios sino Él” (Juan 1,18; 3,11 ss). Es que en Jesús vida y palabra coinciden. Cuando Jesús interpreta las Escrituras no se limita a relacionar textos entre sí, los relaciona consigo mismo y los muestra cumplidos en sí mismo.
5) El Padre le comunicaba a Jesús una inteligencia de las Escrituras que le permitía no solamente leer en ellas la voluntad del Padre sobre Él, sino cumplirlas perfectamente, ya que, como Hijo perfecto, tenía hambre de obedecerle. «Mi comida es hacer la voluntad del que me envió» (Juan 4, 34). Jesús interpretó las Sagradas Escrituras con el mismo Espíritu Santo con que fueron escritas. [La Constitución Dei Verbum ha consagrado este hecho como norma para todo intérprete Nº 12]
6) Cuando Jesús crucificado dice «tengo sed» (Jn 19, 28), no lo dice porque estuviese sediento. No lo hubiese dicho sólo por quejarse. Hubiese sufrido en silencio su sed, como sufrió tantos otros tormentos. No. Jesús dijo que tenía sed “para que se cumpliera la Escritura”. Es decir, para hacer hasta el fin la voluntad del Padre acerca de él, premanifestada en ellas. En las Escrituras santas y divinamente inspiradas, el Hijo leía y reconocía, como en un libreto, o en una partitura, la voluntad del Padre referida a él. «Escudriñad las Escrituras en las que decís que tenéis vida eterna, ellas hablan de mí» (Jn 5,39s).
7) El “todo está cumplido” [«consummatum est» Jn 19, 30] que sigue al “tengo sed” – y que precede inmediatamente a la devolución de su espíritu al Padre, de quien lo recibiera -, se refiere a esa obediencia perfecta de Jesús a lo preanunciado acerca de él por el Espíritu Santo “en las Escrituras, Moisés, los Profetas y los Salmos” (Lc 24, 27. 44-48).

1.2) Mayor que Salomón el sabio y que Jonás el profeta
8) ¿De dónde le venía a Jesús esta abismal, vertiginosa comprensión de las Sagradas Escrituras? Glosando lo que el Catecismo de la Iglesia Católica dice acerca de la oración de Jesús [Catecismo de la Iglesia Católica Nº 2599], y aplicándolo a su inteligencia de las Escrituras, podemos decir que el Hijo de Dios hecho hombre de la Virgen, aparte de su ciencia divina, como verdadero hombre, aprendió a interpretar las Escrituras conforme a su corazón de hombre y al modo humano.
9) Lo hizo, en primer lugar, de su Madre, que conservaba el recuerdo de las palabras del Ángel Gabriel y el de todas las ‘maravillas’ del Todopoderoso y las meditaba en su corazón, relacionándolas con los misterios de la infancia de su hijo y de sus primeros pasos por la vida. Al referirle a Jesús las palabras del Arcángel, como lo debe haber hecho sin duda desde su más tierna infancia, María le comunicaba claves reveladas de interpretación de la Escritura; y de autocomprensión de su identidad de Hijo, a la luz de ellas. Jesús aprendió también a interpretar las Escrituras en las palabras y en los ritmos litúrgicos de la interpretación de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo.
10) Pero su interpretación brota de una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a los doce años de edad: “yo debo estar en las cosas de mi Padre” (Lc 2, 49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la interpretación de las Escrituras en la plenitud de los tiempos. Y María, desde ese momento, aunque su hijo le siga estando sujeto en Nazaret, va a irse convirtiendo de Maestra en discípula que aprende y es enseñada.
11) Los evangelios registran que, por eso mismo, las enseñanzas de Jesús causaba extrañeza, desconfianza, resistencia (Mc 1,22.27; Mt. 7, 28-29). No era el conocimiento académico. Él las entendía y las interpretaba con exousía, con autoridad, con poder. Como lo hará San Pablo, el perfecto imitador de Cristo [“Mi palabra y mi predicación no fue con persuasivas palabras de sabiduría, sino con demostración de Espíritu y de fuerza; para que vuestra fe no estribara en sabiduría de hombres sino en la fuerza de Dios” 1ª Corintios 2, 4-5] . En Espíritu y Verdad. Eso no obstaba para que Jesús pudiese aplicar procedimientos de las escuelas rabínicas, como hemos visto al explicar la parábola del sembrador. Pero lejos de quedarse en la exposición de los sentidos y sentencias tradicionales y en el tono y estilo tradicional, él las entendía como guía de su vida, las iluminó viviéndolas, las explicó con su modo de vivirlas, y mostró cómo y qué decían acerca de Él.

1.3) El Nazareno
12) De ahí que, aunque sus discípulos lo llaman Rabbí, Maestro, las masas lo llamaron – como afirma Zolli – el Predicador (hanotsrí = el Nazareno).
13) Lo característico de la enseñanza de Jesús que se refleja particularmente en sus parábolas, – observa Zolli – no es pues una interpretación, en el sentido de una explicación intelectual, sino como un anuncio del cumplimiento. Como lo dice en la sinagoga de Nazareth: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21).
14) Sobre esta huella y esta escuela de Jesús resucitado, la predicación del cristianismo primitivo era una exposición en voz alta, sonora, agradable, jubilosa, de esa alegre nueva: los tiempos están cumplidos y está sucediendo lo anunciado por los profetas: “lo que oís al oído, predicadlo desde los techos” (Mt 10, 27).
15) La proclamación del cumplimiento de los tiempos no podía hacerse mediante los métodos de enseñanza de los escribas, sino en aquella forma de elocuencia declamatoria, que en arameo recibía el nombre de “Netsar” [Eugenio Zolli, O.c. pp. 139-143]. El nombre Nazareno, aplicado a Jesús por su oratoria elocuente y arrebatadora, es, según argumenta Zolli, una realidad, un hecho positivo. Era el título más adecuado para Jesús, considerado como vidente, predicador, maestro. “Jesús de Nazaret es Jesús el Nazareno. Es la flor vaticinada por Isaías, es como diría el Petrarca: flos vatum, la flor de los poetas y de los profetas».
16) Pero la elocuencia de Jesús no es puramente retórica. Lo que la caracteriza es la exousía, la autoridad, el poder, la fuerza. En el Evangelio se habla frecuentemente de la exousía de Jesús [Mt 7, 29; 9,6; 10,1; 21, 23.24.27; 28, 18; Mc 1, 22.27; 2, 10; 3, 15; 11, 28.29.33; Lc 4, 6.32.36; 9, 1; 10, 19; 12, 5; 20, 2.8.20; 22, 53; Jn 1, 12; 5, 27; 10, 18; 17, 2.], del poder divino y sobrenatural que residía en él. Esa exousía daba peso a su palabra y la distinguía del modo de enseñar de los escribas. Precisamente a la elocuencia arrebatadora y proféticamente cierta, que contiene en sí el poder divino, se le puede aplicar con justeza el término netsàr, que se refiere exactamente a una proclamación enunciada en un tono lleno de autoridad, desacostumbrado, artísticamente perfecto” [Eugenio Zolli, O.c. pp. 145] . “Jamás un hombre habló como este hombre” (Jn 7,46).
17) El tono de las parábolas de la semilla, que celebran la fecundidad de la palabra divina y la obra del divino sembrador, ha de ser el tono de los cantos de la cosecha. Un tono emocional de alegría y de triunfo, de gratitud por la obra divina. Ha de estar penetrado de la alegría de Jesús sobre los campos que blanquean para la cosecha (Jn 4, 35); del júbilo de los cosechadores. “Se han alegrado como en la siega” (Isa 9, 2); “cosechan entre cantares… al volver vuelven cantando, trayendo sus gavillas” (Sal 125, 5-6). Es el eco de la dicha de Dios al hablar y ser escuchado, por requerirnos de amor y ser correspondido. Es la alegría de una siega de amores.
18) Ese es el tono en que debería interpretarlas el predicador. El de hoy y el de todo tiempo. Y esto le es posible al sacerdote que predique en la homilía tan “in persona Christi” como cuando consagra. De modo que no esté allí – no ha de estar – él hablando en su propio nombre, sino en el de Cristo. No ha de ser él quien predica, sino Cristo en él. En la Homilía el sacerdote ha de darle lugar a Cristo para que, Cristo en él, explique las Escrituras (Moisés, Profetas, Salmos) a la luz de su vida (Evangelio). La vida de Cristo es la mejor interpretación vivida de las Escrituras y todas ellas no quieren hablar sino de él: «Escudriñad las Escrituras ya que creéis tener en ellas vida eterna; pues bien, ellas son las que dan testimonio de mí. Pero vosotros no queréis venir a mí para tener vida» (Jn 5,39).
19) En virtud del sacerdocio ordenado, y si así lo hiciere, se le concederá en mayor o menor medida, una participación en la exousía del Nazareno, como le fue concedida a los Apóstoles, según leemos en el libro de los Hechos. La gracia que fluía de los labios de su Maestro, también afluirá a sus labios desde sus entrañas como un torrente de agua viva, prometido por Jesús a quien crea de veras en él (Jn 7, 38). “El que crea hará las mismas cosas que yo y aún mayores” (Jn 14, 12). Las hará porque tiene en sí el testimonio del poder de Dios que comunica el Cristo glorioso, testigo de la fidelidad del Padre. El poder victorioso de su Palabra de amor. En esa alegre visión de fe, es posible predicar y vivir, como Jesús, la jubilosa certeza de “que la siembra divina produce siempre fecundidad apostólica”.

2) UNA PALABRA PODEROSA
20) El capítulo cuarto de Marcos nos muestra a Jesús como Maestro y nos ofrece algo del contenido de sus enseñanzas en parábolas, acerca del Reino y de la Palabra de Dios. Es la enseñanza hacia afuera del círculo de sus discípulos, porque a ellos les enseñaba aparte los misterios del Reino. «A vosotros os es dado conocer los misterios del Reino, pero a los que están afuera, todo se les dice en parábolas» (Marcos 4, 11).
21) A continuación Marcos va a presentar cuatro episodios que mostrarán el poder de esta Palabra de Jesús en aquellos ámbitos que la muestran y demuestran como palabra divina. La tempestad calmada mostrará el poder de su palabra sobre los elementos. El endemoniado geraseno mostrará el poder de su palabra sobre los demonios. La curación de la hemorroísa y la resurrección de la niña hija de Jairo, lo mostrará como Señor de la vida y de la muerte. Se abre así, en el evangelio de Marcos un nuevo capítulo sobre la revelación de quién es Jesús: su palabra tiene aquellos poderes que caracterizan la palabra divina. Jesús viene no solamente a enseñar una doctrina de sabiduría, sino a obrar obras que son propias de Dios.
22) Notemos, sin embargo, que estos signos suceden ante los ojos de los discípulos. Y aunque sean públicos o sucedan en público como la curación del geraseno y la de la hemorroísa, de hecho suceden en presencia de los discípulos y son para ellos. Es a los que creen en su palabra que se les manifiesta el poder de su palabra. De hecho, en Nazaret, donde Jesús no encuentra fe, apenas puede hacer unos pocos milagros (Mc 6, 5-6). Es como si ante la incredulidad el poder de Dios se redujese voluntariamente a la impotencia.