EL LENGUAJE DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS (5 de 5)

¿Debe la Sagrada Escritura
hacer uso de metáforas? 
Santo Tomás de Aquino 
[Summa Theologica, Iª Parte, Cuestión 1ª, Artículo 9]


      1ª Objeción: 

Parece que la Sagrada Escritura no debe hacer uso de metáforas, porque lo que es propio de la ciencia más ínfima no puede convenir a la sagrada, que ocupa el primer lugar, como hemos dicho [Summa Theologica I, cuestión 1ª, artículo 5], entre otras ciencias.                  Ahora bien, es peculiar de la poética, que ocupa el último lugar entre todas las enseñanzas, el recurrir a una multitud de comparaciones y representaciones. Luego no es conveniente que la ciencia sagrada haga uso de semejantes figuras.

      2ª Objeción: 
Parece que el objeto que se propone la ciencia sagrada es la manifestación de la verdad. He aquí por qué la Escritura promete una recompensa a los que la manifiesten Ecclesiastico 24,31: «Los que me den a conocer, tendrán la vida eterna».
Pero las metáforas no sirven sino para velar la verdad. Luego no es conveniente que la ciencia sagrada represente las cosas bajo el emblema de las corporales.
      3ª Objeción:
Cuanto más sublimes son las criaturas, tanto más se aproximan a la semejanza divina. Por consiguiente, si una criatura se tomase metafóricamente para dar a conocer a Dios, convendría que semejante traslación se buscase entre las criaturas más elevadas, y no entre las más ínfimas. Esto, sin embargo, es lo que frecuentemente se encuentra en las Sagradas Escrituras.

           Por el contrario, [Fundamentación por la Sagrada Escritura] se lee en Oseas 12,10: «He multiplicado las visiones para los profetas, y me han representado cerca de vosotros bajo diferentes figuras». Pero representar una cosa bajo la forma de una imagen es hacer una metáfora. Por consiguiente, la ciencia sagrada puede servirse de metáforas.
          Conclusión. Por la misma razón de que la ciencia sagrada se dirige a todos los hombres en general, es muy conveniente que use las metáforas y las comparaciones materiales para exponer sus divinas enseñanzas.
          Responderemos que es conveniente que la Sagrada Escritura emplee algunas comparaciones materiales para expresar las cosas divinas y espirituales, porque Dios provee a todos los seres del modo más conveniente a su naturaleza.
        Ahora bien, es natural que el hombre se eleve a las cosas inteligibles por medio de las sensibles, porque todos nuestros conocimientos provienen originariamente de los sentidos.
         Con razón, pues, nos son presentadas en la Sagrada Escritura las cosas espirituales bajo emblemas materiales, y, como dice Dionisio De Hier. Coel. c. 2, no es posible que la luz divina se muestre a nuestros ojos sino envuelta en una multitud de velos sagrados.
          Es conveniente también que la Sagrada Escritura, que debe ser el alimento de los fieles en general, según estas palabras de San Pablo Rom 1,14: «Me debo a los sabios y a los que no lo son», proponga las cosas espirituales bajo emblemas corporales a fin de que así, a lo menos, puedan ser comprendidas por los ignorantes, que no son capaces de percibir las cosas puramente inteligibles en cuanto tales.


         Respuestas a las objeciones
         Al argumento 1º diremos que el poeta emplea metáforas para representar alguna imagen porque las imágenes agradan naturalmente al hombre, pero que la ciencia sagrada no las usa sino porque son necesarias y útiles, como hemos dicho en el cuerpo de este artículo.
         Al 2º, que la luz de la revelación divina no está oscurecida por las imágenes 
sensibles en que ella se envuelve, como dice Dionisio De hierarchia coelesti c. 2.
Queda, pues, en toda su verdad de tal modo que no consiente detenerse en estas imágenes, sino que eleva las almas al conocimiento de las cosas inteligibles. Y aquellos que han recibido la revelación enseñan a los demás a comprender su lenguaje. He aquí por qué lo que se dice metafóricamente en un pasaje de la Escritura se encuentra expuesto de una manera más precisa en otros muchos. Por otra parte, la oscuridad misteriosa de las figuras ejercita útilmente la perspicacia de los sabios, e impide las burlas de los incrédulos, de los que se ha dicho Mt 7,6: No deis las cosas sagradas a los perros.
       Al 3º, que, como lo enseña Dionisio De hierarchia coelesti l. 3 c. 2: Conviene más que, en las Sagradas Escrituras, se presenten las cosas bajo formas de los cuerpos más humildes que bajo las de los más nobles. Y esto por tres razones: 
      1) La primera, porque de ese modo el espíritu está más exento de error, pues es evidente que no se habla de las cosas divinas literalmente, lo que podría ser dudoso si se representan las cosas divinas bajo la forma de los cuerpos más nobles. Principalmente habría este peligro para los que nada más noble conocen que las cosas materiales.
       2) La segunda, porque este modo de hablar está más en armonía con el conocimiento que tenemos de Dios en esta vida, pues más bien se nos da a conocer acerca de Él lo que no es, que lo que es. He aquí por qué las imágenes tomadas de las cosas que están más distantes de Dios nos hacen formar una idea más verdadera de Dios, y que Él está muy por encima de cuanto de Él decimos o pensamos. 
       3) La tercera, porque por este medio las cosas divinas están más ocultas a las miradas de los indignos.

[Summa Theologica, Iª Parte, Cuestión 1ª, Artículo 9]

EL LENGUAJE DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS (4 de 5)

lA JERARQUIA ECLESIÁSTICA COMUNICA Y TRASMITE LA LUZ DIVINA 

Dionisio Areopagita:

«habiendo contemplado religiosamente, en cuanto es posible, iluminados por el conocimiento de lo que hemos visto podemos ser consagrados en la ciencia mística y a nuestra vez consagrar en ella a otros. Revestidos de luz e iniciados en la obra de Dios [¡la Encarnación!] alcanzamos la perfección y perfeccionamos a otros»



Piadosísimo hijo espiritual. Nuestra jerarquía (eclesiástica) es una ciencia, actividad y perfección divinamente inspirada y estructurada. Por medio de las santísimas y trascendentes Escrituras, se lo demostraré a quienes ya están iniciados con santa consagración en los misterios jerárquicos y tradiciones.


Pero pondrás empeño en no traicionar al Santo de los santos. Muéstrate respetuoso con los misterios de Dios en tus pensamientos invisibles.
No expongas los misterios sagrados a la irreverencia de los profanos. Comunícalos santamente con la debida ilustración, sólo a personas santas. En efecto la Sagrada Escritura nos muestra a nosotros, sus seguidores, que Jesús ilumina de este modo – si bien que con mayor claridad y entendimiento – a nuestros santos superiores. El, que es inteligencia divina y supraesencial, Principio y subsistencia de toda jerarquía, de toda santificación de toda operación divina, el Omnipotente. Los asemeja en cuanto es posible por parte de ellos, a su propia luz de Él. Respecto de nosotros, gracias al deseo de la belleza que nos eleva hacia Él, unifica nuestras múltiples diferencias. Unifica y diviniza [ver nota final] nuestra vida, hábitos y actividad. Nos capacita para ejercer el santo sacerdocio.


Teniendo pues acceso a la práctica sagrada del sacerdocio, nos acercamos a los seres superiores. Imitamos, dentro de nuestras posibilidades, la indefectible constancia de su santa estabilidad y llegamos a ver el santo y divino Rayo luminoso de Jesús mismo. Luego, habiendo contemplado religiosamente, en cuanto es posible, iluminados por el conocimiento de lo que hemos visto podemos ser consagrados en la ciencia mística y a nuestra vez consagrar en ella a otros. Revestidos de luz e iniciados en la obra de Dios (la encarnación) alcanzamos la perfección y perfeccionamos a otros.

Ya he escrito de las jerarquías (celestes), ángeles, arcángeles, principados trascendentes, virtudes, dominaciones, tronos divinos, de los seres llamados en hebreo querubines y serafines, que son del mismo rango (coro) de los tronos. De éstos dice la Escritura que están constantemente y para siempre cerca de su Dios en su (inmediata) presencia.



Escribí sobre el orden sagrado y clasificaciones de sus rangos y jerarquías […] Sin embargo, queda por tratar cómo aquella y cualquier otra jerarquía, incluida la que estamos alabando ahora, tiene uno y el mismo poder a través de sus funciones jerárquicas. El jefe de cada jerarquía, en efecto, en la medida que lo requiere su ser, misión y rango, se ilumina y deifica. Comparte luego con sus inferiores, según que ellos lo merezcan, la deificación que él recibe directamente de Dios. Los inferiores por su parte obedecen a los superiores a la vez que estimulan el avance de los propios subalternos, guiados por ellos. Así, gracias a esta inspirada y jerárquica armonía, cada uno según su capacidad, participa lo más posible en Aquél que es hermoso, sabio y bueno. […]



Según nuestra venerable y santa tradición, la jerarquía manifiesta plenamente todo cuanto en ella contiene […] Jerarca es el hombre santo e inspirado, instruido en ciencia sagrada. Aquél en quien toda la jerarquía halla perfección y ciencia. 


Principio de esta jerarquía es la fuente de vida, el ser de bondad, la única causa de todas las cosas, la Trinidad que crea con su amor todo ser y bienestar. Esta bienaventurada Deidad, que trasciende todas las cosas, una y trina, por razones incomprensibles para nosotros, pero evidentemente para sí, ha decidido darnos la salvación y también a los seres superiores a nosotros. Pero nuestra salvación sólo es posible por deificación, que consiste en hacernos semejantes a Dios y unirnos con Él en cuanto nos es posible”


NOTA: Deificación o divinización (gr.: Theiósis) lograda por la unión, que quiere decir unicidad, hacerse uno con el Uno, es según Dionisio la meta de todo cristiano, basándose en Juan 11, 52; 17, 20-23; 2 Pe 1, 4; 1 Juan 3, 2.

EL LENGUAJE DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS (3 de 5)

Jesús, Luz del Padre
Pseudo Dionisio Areopagita

…dos son las razones para representar con imágenes lo que no tiene figura, y dar cuerpo a lo incorpóreo. 
[La encarnación del Verbo, que funda el uso de las expresiones simbólicas]

1º Ante todo porque somos incapaces de elevarnos directamente a la contemplación mental. Necesitamos algo que nos sea connatural, metáforas sugerentes de las maravillas que escapan a nuestro conocimiento. 

2º En segundo lugar, es muy conveniente que para la gran mayoría permanezcan veladas con enigmas sagrados las verdades que contienen… No todos son santos y la Sagrada Escritura advierte que no conviene a todos conocer estas cosas…

“Toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo Alto 
y desciende del Padre de las luces” (Sant. 1, 17). 

Más aún, la Luz procede del Padre se difunde copiosamente sobre nosotros y con su poder unificante nos atrae y lleva a lo alto. 
Nos hace retornar a la unidad y deificante simplicidad del Padre, congregados en Él.
“Porque de Él y para Él son todas las cosas” como dice la Escritura (Rom 11, 36)                 Invoquemos pues a Jesús, la Luz del Padre, “la luz verdadera que viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9), “por quien hemos tenido acceso” (Rom 5,2; Ef 2, 18; 3, 12) al Padre, la Luz que es fuente de toda luz.
         Fijemos la mirada lo mejor que podamos en las luces que los Padres nos transiten por las Sagradas Escrituras.


En cuanto nos sea posible estudiemos las jerarquías de los espíritus celestes conforme la Sagrada Escritura nos los ha revelado de modo simbólico y anagógico.             Centremos fijamente la mirada inmaterial del entendimiento en la Luz desbordante más que fundamental, que se origina en el Padre, fuente de la Divinidad. Por medio de figuras simbólicas, nos ilustra sobre las bienaventuradas jerarquías de los ángeles. Pero elevémonos sobre esta profusión luminosa hasta el puro Rayo de Luz en sí mismo. […] Pero este Rayo divino no podrá iluminarnos si no está espiritualmente velado en la variedad de sagradas figuras, acomodadas a nuestro modo natural y propio según la paternal providencia de Dios.[…]


[Cap 2º]: Las cosas celestiales y divinas nos son reveladas convenientemente, aún cuando sea por medio de símbolos desemejantes. […] 
Hay que describir bajo qué formas sagradas la Escritura representa los órdenes (coros) celestes, pues a través de esas figuras debemos elevarnos a perfecta simplicidad.
           No podemos imaginar como hace el vulgo, aquellas inteligencias celestes con muchos pies y rostros [simbolismos que explicará en el cap. 159]) de forma parecida a bueyes o como leones salvajes. No tienen corvos picos de águilas ni alas o plumas de pájaros. 
          No los imaginemos como ruedas flamígeras por el cielo, tronos materiales cómodos, donde se sienta la Divinidad (Dn 7, 9; Apoc. 4, 2) caballos variopintos, capitanes blandiendo espadas (Zac 1,8; 6, 2; Apoc 6, 1-9) o cualquier otra forma en que las Santas Escrituras nos los han representado en variedad de símbolos.


La teología se vale de imágenes poéticas al estudiar estas inteligencias que carecen de figuras. Pero, como queda dicho, lo hace en atención a nuestra propia manera de entender, se sirve de pasajes bíblicos puestos a nuestra alcance en forma anagógica para elevarnos más fácilmente a lo espiritual.



Estas figuras hacen referencia a seres tan espirituales que no podemos conocerlos ni contemplarlos. Figuras y nombres de que se valen las Escrituras son inadecuadas para representar tan santas inteligencias. […]



Si uno investiga la verdad, pone en evidencia la sabiduría de las Escrituras. Hay en ellas providencial cuidado en no ofender a los poderes divinos cuando representan con figuras las inteligencias celestiales. […]



Por lo demás, dos son las razones para representar con imágenes lo que no tiene figura, y dar cuerpo a lo incorpóreo [¡La Encarnación!]. Ante todo porque somos incapaces de elevarnos directamente a la contemplación mental. Necesitamos algo que nos sea connatural, metáforas sugerentes de las maravillas que escapan a nuestro conocimiento. En segundo lugar, es muy conveniente que para el vulgo (tous pollous: los muchos) permanezcan veladas con enigmas sagrados las verdades que contienen acerca de las inteligencias celestes. No todos son santos y la Sagrada Escritura advierte que no conviene a todos conocer estas cosas (1 Cor 8, 7; Mt 13, 11, Lc 8, 10)



[…] “Puesto que la negación parece ser más apropiada para hablar de Dios y la afirmación positiva resulta siempre inadecuada al misterio inexpresable, conviene mejor referirse a lo invisible por medio de figuras desemejantes.

Por lo cual, las Sagradas Escrituras, lejos de menospreciar las jerarquías celestes (al presentarlas con imágenes tan desemejantes) las ensalzan con figuras totalmente desemejantes. De ese modo realmente nos damos cuenta de que aquellas jerarquías, tan distantes de nosotros, trascienden toda materialidad. No creo que ninguna persona sensata deje de reconocer que las desemejanzas sirven mejor que las semejanzas para elevar nuestra mente al reino del espíritu. Figuras muy nobles podrían inducir a algunos al error [141 B] de pensar que los seres celestes son hombres de oro, luminosos, radiantes de hermosura, suntuosamente vestidos, inofensivamente llameantes, o bajo otras formas por el estilo con que la teología ha representado las inteligencias celestes.
[De Coelesti Hierarchia, fragmentos de los Caps. 1 y 2]

EL LENGUAJE DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS (2 de 5)

La Contemplación de la Luz divina: 
El divino Nombre: Luz 
Pseudo Dionisio Areopagita 

“Aquí me limito a celebrar el término “luz” inteligible aplicada al Bien. 
 Se llama luz intelectual al Bien porque ilumina toda inteligencia supra-celeste y porque con su luz arroja toda ignorancia y error que haya en el alma. 
      Purifica los ojos de la inteligencia ahuyentando la bruma de la ignorancia que los envuelve: despierta, abre los párpados cerrados bajo el peso de las tinieblas.
Les concede primero un mediano resplandor, luego, cuando los ojos se han acomodado a la luz y la apetecen más, les va dando con mayor intensidad: “porque amaron mucho” (Luc 7, 47). 
      Después no cesa de estimularlos a avanzar a medida que ellos se esfuerzan por elevar su mirada a las alturas.
Se llama “luz de la mente” aquel Bien que está sobre toda luz, como manantial de luz y foco desbordante.Con su plenitud inunda de luz toda inteligencia, sea en este mundo en el universo o en los cielos. Todas las cosas se renuevan con tal luz. 
      En su inmensidad las contiene todas, a todas precede y supera por su trascendencia. En Él todas se agrupan y contiene en su simplicidad todo principio de iluminación, pues es fuente de luz y la trasciende.
Es más que luz, y en este bien se concentra toda razón e inteligencia. Como la ignorancia dispersa a los que yerran, así la presencia de luz en la inteligencia, reúne cuantos la reciben.
Los perfecciona, los dirige al Ser que es de verdad.
Los aparta de muchos errores, los llena de luz purificadora. Concentra su variedad de opiniones en un verdadero, puro y simple saber. Lo llena todo de luz unificadora. 
[De Los Nombres de Dios = De divinis nominibus, Cap. 4] 
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 “Nosotros, que hemos levantado religiosamente los ojos a las fuentes de esos ritos (del culto sacramental) y estamos santamente iniciados en ellos, reconozcamos los misterios que las impresiones sensibles representan y las realidades invisibles expresadas con imágenes visibles. 
       He demostrado ya con claridad en mi obra Lo inteligible y lo sensible [abarca la Jerarquía Celeste y la Eclesiástica] que los símbolos sagrados son realmente expresión sensible de realidades inteligibles. Muestran el camino que lleva a los inteligibles, que son el principio y la ciencia de cuanto la jerarquía representa sensiblemente. 
       Decimos, pues, que la Bondad de Dios, permaneciendo siempre semejante e idéntica sí misma, prodiga bondadosamente los rayos de su luz a quien los ve con los ojos de la inteligencia.
Puede ocurrir, sin embargo, que los seres inteligentes, llevados del apetito del mal, que obstruye los ojos de la mente, privándola de su natural capacidad de percibir la luz. 
      Se apartan a sí mismos de esta luz que se les ofrece sin cesar y que, lejos de abandonarlos, resplandece ante sus ojos miopes. Luz que con su bondad característica los sigue presurosa, aun cuando se alejen de ella.
Puede ocurrir también que estos seres traspasen los límites razonablemente asignados a su misión y se atrevan a imaginar que pueden efectivamente mirar los rayos que trascienden su capacidad visual. 
       No actúa aquí la luz contra su propia naturaleza de luz.
Más bien el alma, ofreciéndose imperfectamente a la Perfección absoluta, fracasa en su ambición de conseguir realidades que no están a su alcance. Su arrogancia les privará incluso de lo que está a su disposición. 
        Sin embargo, la luz divina, como he dicho, llevada de bondad, nunca deja de ofrecerse a los ojos de la inteligencia, ojos que deben captarla, pues allí está siempre lista a entregarse. Tal es el modelo. A ejemplo de esta luz, el obispo reparte a todos generosamente los brillantes rayos de sus inspiradas enseñanzas. 
      A imitación de Dios, siempre está dispuesto a iluminar a quien se le acerque, sin enojarse falto de piedad, ni reprenderle por previas apostasías o transgresiones. A todo el que se acerque da su luz orientadora pacíficamente, cual corresponde al jerarca de Dios y en la medida que cada cual está dispuesto a recibir lo sagrado. 
 [La Jerarquía Eclesial = De Ecclesiastica Hierarchia, Cap. 2, Nos. 2-3] 

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EL LENGUAJE DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS (1 de 5)

POR QUÉ A DIOS LO LLAMAMOS «LUZ»

Santo Tomás de Aquino



Ilustración: Gustavo Doré,
El Paraíso de La Divina Comedia de Dante



Como nosotros llegamos al conocimiento de lo inteligible partiendo de lo sensible, por eso trasladamos incluso los nombres del conocimiento sensible al inteligible, y principalmente los que pertenecen a la vista, porque es el más alto y espiritual entre los demás sentidos y, en consecuencia, el más afín al entendimiento; ésta es la causa de que se llame “visión” al mismo conocimiento intelectual. Y como la visión corporal sólo se realiza mediante la luz, todo cuanto perfecciona al conocimiento intelectual recibe también el nombre de “luz”; […]

         Por eso la disposición con que el entendimiento creado es elevado a la visión de la substancia divina se llama convenientemente “luz de gloria”, y no porque convierte lo inteligible en acto,como lo hace la luz del entendimiento agente, sino porque le da poder al entendimiento para que entienda en acto.
         Y ésta es la luz de la que se dice en el salmo: “Con tu luz veremos la luz”, es decir, la substancia divina. Y en el Apocalipsis: “La ciudad –es decir, de los bienaventurados– no precisa ni del sol ni de la luna, porque la iluminará la claridad de Dios”. Y en Isaías: “Ya no la fe iluminará más el sol por el día, ni tampoco el resplandor de la luna; pues el Señor será para ti luz sempiterna, y tu Dios tu propia gloria”. 
          De aquí también que, como para Dios es lo mismo el ser y el entender, y es la causa de que todos entiendan, por eso se le llama luz: 
“Era la verdadera luz, que ilumina a todo hombre venido a este mundo”; 
y en la primera de San Juan: “Dios es luz”; 
y en el salmo: “Ceñido por la luz como vestidura”.–
          Y ésta es también la explicación de que en la Sagrada Escritura se describa a Dios y a los ángeles por medio de figuras de fuego, por la claridad que éste tiene.
[Santo Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles, L. III, cap. 53]

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE (4)

DEL PARENTESCO A LA FILIACIÓN


26) La teología de la Alianza, es lo que la fe bíblica tiene de afable, en el sentido opuesto a lo inefable. La Alianza define y explica muy bien el núcleo característico y caracterizante, individual e individuante de la religión bíblica respecto de otras religiones.



27) El comportamiento del Dios de la Alianza es el fundamento, el modelo ejemplar y el precedente posibilitante a la vez, del comportamiento, de la moral del pueblo de la Alianza.


28) Esa conducta divina se define por dos términos que son casi atributos divinos. Jen gracia, amor; y Jésed misericordia.

Por gracia y misericordia Dios elige. Ellas son también las dos virtudes del antes y después de la Alianza, las virtudes del Dios de la Alianza. Jen y jésed, la gracia y la misericordia divina expresan la Alianza. La Alianza debe perdurar y perpetuarse, expandirse y universalizarse por ejercicio de gracia y misericordia, primero dentro del pueblo mismo de la Alianza y después a nivel de toda la Humanidad.


Pero he aquí que la gracia y la misericordia, jen y jésed, son, en el ámbito de la fe bíblica que los acuña, términos que pertenecen a la vez al ámbito de las relaciones religiosas (es decir divino-humanas) y al ámbito de las relaciones familiares y sociales (es decir inter-humanas)..


29) Pertenece al corazón oculto e inefable (difícilmente expresable y por eso raramente mencionado) de la cultura bíblica, el hecho de que las relaciones entre los hombres y las relaciones entre Dios y los hombres se conciben como análogas y se expresan mediante categorías comunes como los términos jen y jésed, que expresan la faceta de la cercanía de Dios que compone su atributo de santidad.


30) Esto sugiere que en la revelación bíblica Dios ha hecho de las relaciones interhumanas, y particularmente en las relaciones familiares de parentesco, el ámbito preferencial de su autorrevelación o epifanía. Los justos bíblicos han experimentado la epifanía divina como una comunicación interpersonal, como una vinculación de parentesco. Dios se les ha revelado como Dios pariente de los patriarcas, como Goel de sus descendientes, el pueblo elegido.


31) De ahí, que los vínculos familiares deban vivirse a imitación de las virtudes divinas, del divino pariente y auxiliador de los patriarcas. Según exige la ley de santidad del Levítico: la vida de familia se ha de vivir en santidad y pureza sexual (Lev 18, 1-30). Las conductas lujuriosas de las cultura egipcia y cananea son opuestas a la epifanía divina en la santidad de la familia porque divinizan la fuerza sexual sacándola del contexto de la caridad que se da a conocer en la autorrevelación del Dios Pariente.


32) Que Dios se manifiesta ahora como el Padre santo de nuestro Señor Jesucristo y que sus discípulos se conviertan, por regeneración divina, en sus hermanitos más pequeños, se comprende así como el «cumplimiento» de la Ley y los profetas. Los reengendrados han sido por lo tanto santificados. En esta regeneración, el Padre se ha manifestado santo. Ellos desean ahora manifestar en sus vidas la misma santidad del Padre. Y lo piden como gracia:santificado sea tu nombre [en nosotros y en todos los que lleguen a ser tus hijos]

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE (3)

ÍCONOS BÍBLICOS DE LA SANTIDAD



17)
Santo Santo Santo, cantan los serafines en la visión de Isaías (6, 3), expresando e interpretando lo que Isaías ve: a Dios sentado en un trono excelso y elevado, (aposentado en su trascendencia inaccesible, en el trono de su trascendencia), pero el borde de cuyo manto llena el templo (haciéndose así cercano y accesible al suplicante). El gesto de los suplicantes en la antigüedad era aferrarse al borde del manto para impetrar un favor.
18) Esta misma combinación de lejanía ontológica y cercanía existencial se refleja en el dicho del libro de la Sabiduría que comprende la misericordia como expresión de la omnipotencia:




«Tú te compadeces de todos porque todo lo puedes» (Sb 11, 23). El creador es el salvador. El omnipotente es el aliado por amor de elección y predilección.
19) Yahvé es Dios del cielo y de la tormenta, creador y todopoderoso, soberano absoluto. Los cielos, la tormenta, el mar, los vientos, el terremoto, son epifanías de su Creador y Señor. Sin embargo, ni su poder, ni su libertad, pueden decirse sus atributos característicos o fontales. Lo característico del Dios bíblico es ser un Dios de Alianza, o sea un Dios que se vincula por amistades y compromisos con hombres y se comporta como El Dios Pariente [Go’el], o el Dios de los Patriarcas. El ámbito privilegiado de su epifanía es el de lo interpersonal. El Dios Pariente asegura los bienes de la promesa: la libertad, la tierra, los hijos, la vida. Es el vengador de sangre, el libertador de los esclavos, el levir, el que rescata la tierra. Como dice Isaías: «Tu redentor (=goel] es el santo de Israel» (Isa 41, 14)

20) El nombre «Yo soy el que soy» revelado a Moisés (Ex 3, 14) incluye el sentido «Yo soy el que está», ya que el verbo hebreo hayah significa «ser y estar». Un estar que implica una presencia activa: «Estuve con vuestros padres y estaré con vosotros». El que se revela en la zarza como el Dios de los antepasados, se revela inmediatamente como «El que es, está y estará» actuando en favor de su pueblo elegido. Ese aspecto lo explicitará en Isaías cuando revela su nombre Emanuel, «Immanu-El» = «Dios [está, estará] con nosotros» Este nombre es la fórmula de asistencia, propia de los contextos de guerra santa, en los que Dios promete intervenir activamente en la vida del pueblo como su Go’el, su pariente fiel y poderoso: Dios de los ejércitos, vengador de sangre, garante de la libertad, la vida en la tierra..

20b) Otrosí: Dios dice por Isaías: «Los cielos son mi trono y la tierra el escabel de mis pies» (Isaías 66, 1-2). Los cielos dicen la grandeza de Dios y de su poder que gobierna los astros: «El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento pregona la ora de sus manos» (Salmo 18, 2). La tierra, escabel, habla de su cercanía providente, sabia y amorosa a los hombres que la habitan. Está por un lado la epifanía uránica de Dios y por otro su epifanía amorosa, en el orden de los vínculos interpersonales, familiares.
Nota: Los cielos y la tierra son testigos invocados por Dios en sus alianzas con Israel (Deuteronomio 4, 26) porque el cielo y la tierra, que son «la obra de sus manos» (Salmo 101, 26), dan testimonio del poder y la grandeza de Dios, tanto como la Alianza muestra su cercanía por el amor de predilección, la elección, la vocación y la misión. Los cielos y la tierra pasarán, pero las palabras de Cristo no pasarán (Marcos 13, 31; Lc 21, 33; Mt 24, 35). Isaías 66, 1-2 es alegado por Jesús para prohibir el juramento por el cielo o la tierra (Mateo 4, 34s) El cielo y la tierra, creaturas cuyo ser tiene apoyo en la palabra de la Verdad. El versículo de Isaías es citado por el mártir Esteban (Hechos 7, 49).
Las epifanías cósmicas quedan así subordinadas a la epifanía en lo interpresonal, como la suprema revelación de Dios: caridad.
21) El Salmo 98 tiene la estructura de un trisagio: proclama tres veces la santidad de Dios. En él alternan la adoración por la grandeza y la alabanza por sus intervenciones históricas de amor a su pueblo.
«El Señor reina tiemblen las naciones; sentado sobre querubines, vacile la tierra; 2 grande es Yahveh en Sión. Excelso sobre los pueblos todos; 3 loen tu nombre grande y venerable: santo es él. 4 Poderoso rey que el juicio ama, tú has fundado el derecho, juicio y justicia tú ejerces en Jacob. 5 Exaltad a Yahveh nuestro Dios, postraos ante el estrado de sus pies: santo es él. 6 Moisés y Aarón entre sus sacerdotes, Samuel entre aquellos que su nombre invocaban, invocaban a Yahveh y él les respondía. 7 En la columna de nube les hablaba, ellos guardaban sus dictámenes, la ley que él les dio. 8 Yahveh, Dios nuestro, tú les respondías, Dios paciente eras para ellos, aunque vengabas sus delitos. 9 Exaltad a Yahveh nuestro Dios, postraos ante su monte santo: santo es Yahveh, nuestro Dios.
22) Las obras de la creación muestran mejor la trascendencia divina y las obras de la salvación su cercanía providente y amorosa. La creación de la nada, la inmensidad del cielo y el universo creado, las desmesuradas dimensiones del espacio y del tiempo de la obra creadora, hablan de la grandeza y la trascendencia del creador, que ni es interior, ni coextensivo, ni se confunde con su obra de creación
23) De la cercanía amorosa de Dios, habla la conservación de la creación en el ser, la providencia en el gobierno mediante las leyes físicas y naturales, mediante la revelación de sí mismo y del orden moral, de su nombre Goel: pariente providente, que prepara la revelación del Padre a través de la encarnación del Hijo.
24) Ambos aspectos se reflejan ya en el primer relato de la creación, concebido como la preparación de un gran banquete, que culmina en una comida de comunión, en el que Dios sirve de comer a sus invitados a la existencia (Gn 1,29)
25) Jesús retoma la revelación de la creación como banquete y lo explica como prefiguración del banquete de bodas del Hijo, que revela los desposorios de amor de Dios con la creatura, del trascendente con lo contingente e inmanente. Del Increado con sus creaturas.

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
EL PADRE NUESTRO (2)

¡QUE TE DES A CONOCER COMO SANTO…
EN NOSOTROS!



1) La primera petición del Padre Nuestro es el primer deseo del Corazón Filial.
El Hijo vive de cara al Padre y su ser personal, podríamos decir, consiste en conocer al Padre.
El Hijo es conocimiento del Padre. El Hijo es ciencia del Padre. El conocimiento del Padre es el ser del Hijo; que es engendrado por vía de divino conocimiento.
Verbo mental del Padre para distinguirlo, de alguna manera, de nuestra palabra: vocal o bucal. Verbo consubstancial al Padre, para distinguirlo de nuestros conceptos, accidentales y no substanciales.
[Nota explicativa: Accidental: quiere decir que puede ser o no ser, estar o no estar, suceder o no suceder, sin alteración sustancial de un ser. Sustancial: es lo perteneciente a la sustancia de un ser]
Verbo interior, consubstancial, por el cual el Padre se dice enteramente a sí mismo, al Hijo y en el Hijo, de manera perfecta y necesaria.


2) El primer deseo del corazón filial, manifiesta el ser filial.

Y si lo conocemos, – y en la medida en que se nos vaya dando un corazón de hijo lo iremos conociendo más, reconociéndolo dentro de nosotros en una semejanza creciente -, también nosotros anhelamos que el Padre sea conocido. Y comprendemos que el Padre quiere mostrarse en nosotros haciéndonos semejantes a él. En la medida en que somos hijos anhelamos que nadie se pierda la dicha de ser hijo, de vivir como el Hijo: dando gloria al Padre en sí mismo. Siendo, nosotros, como «lugar» donde la gloria del Padre se hace visible y manifiesta.

Por ser, el Hijo, eterno conocimiento del Padre, – decíamos – nada hay en el Hijo que no esté en el Padre, ni nada hay en el Padre que no se diga en el Hijo. Por eso, el Hijo anhela que el Padre se diga en su Verbo que es el Hijo mismo.

Él es el conocimiento que el Padre tiene de sí.
Él es la Palabra en la que el Padre se dice perfectamente.
Y el Hijo quiere inculcarnos la misma pasión humana, la que tuvo como hombre. La pasión humana del Verbo encarnado. ¡Que el Padre se muestre santo a sí mismo en el Hijo, en los hijos! ¡Que el Padre manifiesta su santidad en sus hijos, pues es allí donde ha querido manifestarla!
3) Este deseo no se expresa en forma imperativa ¡Santifica tu nombre! Pues no es una orden sino un pedido El pedido de un hijo a su papá. ¡Que te des a conocer como santo! Así se expresa el ansia de la revelación del Padre inseparable de la revelación del Hijo y de la condición filial de los hijos: «Que te conozcan a ti y a tu enviado Jesucristo» (Jn 17, 3).
Un conocimiento que no es puramente teórico, sino existencial: «mis ovejas me conocen a mí como me conoce el Padre y yo a él» (Jn 10, 14-15). Que se consume la revelación de las personas divinas y de sus creyentes: «Nadie conoce quién es el Hijo [¡ni quién es hijo!] sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiere revelar» (Lc 10, 22)
4) Porque, naturalmente, la santidad del Padre no puede manifestarse sino en su Hijo y en sus hijos. Es decir en los discípulos de su Hijo, que aprendan del Hijo a vivir como el Hijo, a vivir como Hijos.
Que reciban del Hijo el conocimiento del Padre, que es la vida eterna: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti y a tu Hijo y enviado» (Jn 17, 3).
5) Por eso la primera petición del Padre Nuestro ha de entenderse como un ruego de que el Padre se muestre santo en su Hijo y en sus Hijos, los discípulos del Hijo. Que engendre a sus hijos a su imagen y semejanza, en la misma santidad y justicia filial que se manifestó en su Hijo encarnado. Vivo reflejo de la santidad del Padre. «El que me ha visto a mi, ha visto al Padre» (Jn 14,8). El que ve a un cristiano verdadero, ve al Padre que lo engendra.
6) La primera petición pide por lo tanto, que el Padre, Agente de santificación, Fuente de toda santidad, manifieste su santidad en sus hijos, en mí mismo y en los demás. Que el Padre nos engendre como hijos suyos. Que ¡todos! los hombres puedan conocer la santidad del Padre espejada en nosotros. Dicha obra la lleva a cabo el Padre por comunicación de su misma santidad al engendrarlos en una divina regeneración: comunicación de su vida divina que es amor: caridad, justicia, santidad.
En esta petición se expresa un deseo que también podría expresarse así: «Padre, muéstrate santo en nosotros». Que quien nos vea, vea en nosotros hijos de Dios, seres divinos, en que se refleja tu gloria. Santifícanos para mostrar tu santidad en nosotros. Que seamos un reflejo de tu bondad y de tu gloria. Que todo nuestro ser sea recibido de Ti y seas Tú quien resplandezcas en nosotros.

ORACIÓN AL PADRE
¡Padre, engéndranos, en esta hora, y en cada hora;
en este día, y en cada día!
Queremos recibir el ser de Ti
siempre y en cada momento
aquí sobre la tierra; y en el cielo eternamente,
para que podamos glorificarte como Tú lo mereces.
Danos el ser, el ver, el oír, el pensar, el entender,
el querer tu voluntad, el recordar tu caridad,
el quererte sobre todas las cosas.
Oh Tú Padre, fuente de caridad,
de donde venimos y hacia donde vamos.
Gozo nuestro y paz nuestra. Felicidad nuestra.
Te adoramos, te alabamos, te bendecimos.
No tenemos felicidad fuera de Ti.
Darte gloria es la bienaventuranza de tus hijos.
No nos dejes caer en la tentación
en esta civilización de la acedia
en la que nos has colocado,
que se entristece por nuestras alegrías.
Líbranos del Malo.
Que nada pueda su tristeza contra el gozo de tus hijos.
Para que nada empañe tu gloria
y la que le diste a tu Hijo Jesucristo. Amén.

JESUCRISTO: EL ENCANTO Y EL PODER DE SU PALABRA
por EUGENIO ZOLLI

UNA PREDICACIÓN ARREBATADORA

1) Jesús el Rabino, el Nazareno

1) Las agudezas rabínicas que despliega Jesús en la parábola del sembrador, [véase la primera entrada en el archivo del blog: «Salió el sembrador a sembrarse»] asombraban a los que oían su predicación. Jesús fue pronto reconocido por sus discípulos como Rabbí, es decir, como Maestro de la Escritura y expositor de sus sentidos. Jesús se mostró durante toda su vida como «el escriba instruido en el Reino de los Cielos, que se parece al dueño de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas» [Cfr. Mateo 13,52; 24,45].
2) Pero lo hacía, además, en forma no sólo ingeniosa sino fascinante. No sólo deslumbraba las mentes con la revelación de sentidos escondidos hasta entonces, sino que cautivaba los corazones con la hermosura del misterio al que hacían asomar sus dichos: “Abriré en parábolas mi boca, declararé cosas ocultas desde la creación del mundo” [Salmo 78,2 aplicado por Mateo 13, 35 a la predicación en parábolas de Jesús].
3) Israel Zolli, el gran rabino de Roma que se convirtió durante la Segunda Guerra Mundial dedicó un estudio al título «Jesús Nazareno».[Se bautizó con el nombre de Eugenio, en homenaje, al Papa Pío XII, Eugenio Pacelli]. Zolli concluye que el título “Nazareno” significaba “predicador”. Pero no cualquier predicador, sino un predicador popular que cautiva y conmueve, que arrebata a su auditorio y lo eleva hacia Dios y hacia la conversión con el vuelo poético de su enseñanza. [Eugenio Zolli, Mi encuentro con Cristo, (Ed. Patmos, Madrid 1948) pp. 106- 144].
“La personalidad del Predicador excedía con mucho el oscuro lugar de origen de su familia. Jesús era para las masas no el nazaretano, sino el Nazareno , el Predicador” [Eugenio Zolli, O.c., p. 137]. “Para la elocuencia declamatoria, el término arameo usado entonces era precisamente netsar”.[O.c., p.139].
4) Si Jesús asombró a los maestros de la ley en el Templo ya a los doce años con sus originales preguntas y respuestas sobre los sagrados textos, nos podemos imaginar lo que sería no ya la explicación, sino el anuncio del cumplimiento de las Escrituras, cuando lo proclamaba en la madurez de su misión y en la plenitud de una percepción madura y entusiasta, desbordante del Espíritu derramado sobre su santísima humanidad y que de ella manaba a raudales. [El kerygma es por definición algo que se grita, se proclama en voz alta, como el almuecín desde los minaretes de la mezquita].
¿Nos podemos imaginar al Logos Poeta hablando, en poesía, de la belleza de Dios, de la que nadie sino él era testigo? ¿No es acaso su vida misma el más hermoso poema que haya vivido hombre alguno? De él se pudo decir no solamente que “jamás un hombre habló como este hombre” (Jn 7, 46) sino que “jamás un hombre vivió como este hombre” [¿No es esto lo que dice san Juan evangelista cuando afirma: «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» Jn 1,4?].
¡De él se pudo decir más aún!: “que nadie vio jamás a Dios sino Él” (Juan 1,18; 3,11 ss). Es que en Jesús vida y palabra coinciden. Cuando Jesús interpreta las Escrituras no se limita a relacionar textos entre sí, los relaciona consigo mismo y los muestra cumplidos en sí mismo.
5) El Padre le comunicaba a Jesús una inteligencia de las Escrituras que le permitía no solamente leer en ellas la voluntad del Padre sobre Él, sino cumplirlas perfectamente, ya que, como Hijo perfecto, tenía hambre de obedecerle. «Mi comida es hacer la voluntad del que me envió» (Juan 4, 34). Jesús interpretó las Sagradas Escrituras con el mismo Espíritu Santo con que fueron escritas. [La Constitución Dei Verbum ha consagrado este hecho como norma para todo intérprete Nº 12]
6) Cuando Jesús crucificado dice «tengo sed» (Jn 19, 28), no lo dice porque estuviese sediento. No lo hubiese dicho sólo por quejarse. Hubiese sufrido en silencio su sed, como sufrió tantos otros tormentos. No. Jesús dijo que tenía sed “para que se cumpliera la Escritura”. Es decir, para hacer hasta el fin la voluntad del Padre acerca de él, premanifestada en ellas. En las Escrituras santas y divinamente inspiradas, el Hijo leía y reconocía, como en un libreto, o en una partitura, la voluntad del Padre referida a él. «Escudriñad las Escrituras en las que decís que tenéis vida eterna, ellas hablan de mí» (Jn 5,39s).
7) El “todo está cumplido” [«consummatum est» Jn 19, 30] que sigue al “tengo sed” – y que precede inmediatamente a la devolución de su espíritu al Padre, de quien lo recibiera -, se refiere a esa obediencia perfecta de Jesús a lo preanunciado acerca de él por el Espíritu Santo “en las Escrituras, Moisés, los Profetas y los Salmos” (Lc 24, 27. 44-48).

1.2) Mayor que Salomón el sabio y que Jonás el profeta
8) ¿De dónde le venía a Jesús esta abismal, vertiginosa comprensión de las Sagradas Escrituras? Glosando lo que el Catecismo de la Iglesia Católica dice acerca de la oración de Jesús [Catecismo de la Iglesia Católica Nº 2599], y aplicándolo a su inteligencia de las Escrituras, podemos decir que el Hijo de Dios hecho hombre de la Virgen, aparte de su ciencia divina, como verdadero hombre, aprendió a interpretar las Escrituras conforme a su corazón de hombre y al modo humano.
9) Lo hizo, en primer lugar, de su Madre, que conservaba el recuerdo de las palabras del Ángel Gabriel y el de todas las ‘maravillas’ del Todopoderoso y las meditaba en su corazón, relacionándolas con los misterios de la infancia de su hijo y de sus primeros pasos por la vida. Al referirle a Jesús las palabras del Arcángel, como lo debe haber hecho sin duda desde su más tierna infancia, María le comunicaba claves reveladas de interpretación de la Escritura; y de autocomprensión de su identidad de Hijo, a la luz de ellas. Jesús aprendió también a interpretar las Escrituras en las palabras y en los ritmos litúrgicos de la interpretación de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo.
10) Pero su interpretación brota de una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a los doce años de edad: “yo debo estar en las cosas de mi Padre” (Lc 2, 49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la interpretación de las Escrituras en la plenitud de los tiempos. Y María, desde ese momento, aunque su hijo le siga estando sujeto en Nazaret, va a irse convirtiendo de Maestra en discípula que aprende y es enseñada.
11) Los evangelios registran que, por eso mismo, las enseñanzas de Jesús causaba extrañeza, desconfianza, resistencia (Mc 1,22.27; Mt. 7, 28-29). No era el conocimiento académico. Él las entendía y las interpretaba con exousía, con autoridad, con poder. Como lo hará San Pablo, el perfecto imitador de Cristo [“Mi palabra y mi predicación no fue con persuasivas palabras de sabiduría, sino con demostración de Espíritu y de fuerza; para que vuestra fe no estribara en sabiduría de hombres sino en la fuerza de Dios” 1ª Corintios 2, 4-5] . En Espíritu y Verdad. Eso no obstaba para que Jesús pudiese aplicar procedimientos de las escuelas rabínicas, como hemos visto al explicar la parábola del sembrador. Pero lejos de quedarse en la exposición de los sentidos y sentencias tradicionales y en el tono y estilo tradicional, él las entendía como guía de su vida, las iluminó viviéndolas, las explicó con su modo de vivirlas, y mostró cómo y qué decían acerca de Él.

1.3) El Nazareno
12) De ahí que, aunque sus discípulos lo llaman Rabbí, Maestro, las masas lo llamaron – como afirma Zolli – el Predicador (hanotsrí = el Nazareno).
13) Lo característico de la enseñanza de Jesús que se refleja particularmente en sus parábolas, – observa Zolli – no es pues una interpretación, en el sentido de una explicación intelectual, sino como un anuncio del cumplimiento. Como lo dice en la sinagoga de Nazareth: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21).
14) Sobre esta huella y esta escuela de Jesús resucitado, la predicación del cristianismo primitivo era una exposición en voz alta, sonora, agradable, jubilosa, de esa alegre nueva: los tiempos están cumplidos y está sucediendo lo anunciado por los profetas: “lo que oís al oído, predicadlo desde los techos” (Mt 10, 27).
15) La proclamación del cumplimiento de los tiempos no podía hacerse mediante los métodos de enseñanza de los escribas, sino en aquella forma de elocuencia declamatoria, que en arameo recibía el nombre de “Netsar” [Eugenio Zolli, O.c. pp. 139-143]. El nombre Nazareno, aplicado a Jesús por su oratoria elocuente y arrebatadora, es, según argumenta Zolli, una realidad, un hecho positivo. Era el título más adecuado para Jesús, considerado como vidente, predicador, maestro. “Jesús de Nazaret es Jesús el Nazareno. Es la flor vaticinada por Isaías, es como diría el Petrarca: flos vatum, la flor de los poetas y de los profetas».
16) Pero la elocuencia de Jesús no es puramente retórica. Lo que la caracteriza es la exousía, la autoridad, el poder, la fuerza. En el Evangelio se habla frecuentemente de la exousía de Jesús [Mt 7, 29; 9,6; 10,1; 21, 23.24.27; 28, 18; Mc 1, 22.27; 2, 10; 3, 15; 11, 28.29.33; Lc 4, 6.32.36; 9, 1; 10, 19; 12, 5; 20, 2.8.20; 22, 53; Jn 1, 12; 5, 27; 10, 18; 17, 2.], del poder divino y sobrenatural que residía en él. Esa exousía daba peso a su palabra y la distinguía del modo de enseñar de los escribas. Precisamente a la elocuencia arrebatadora y proféticamente cierta, que contiene en sí el poder divino, se le puede aplicar con justeza el término netsàr, que se refiere exactamente a una proclamación enunciada en un tono lleno de autoridad, desacostumbrado, artísticamente perfecto” [Eugenio Zolli, O.c. pp. 145] . “Jamás un hombre habló como este hombre” (Jn 7,46).
17) El tono de las parábolas de la semilla, que celebran la fecundidad de la palabra divina y la obra del divino sembrador, ha de ser el tono de los cantos de la cosecha. Un tono emocional de alegría y de triunfo, de gratitud por la obra divina. Ha de estar penetrado de la alegría de Jesús sobre los campos que blanquean para la cosecha (Jn 4, 35); del júbilo de los cosechadores. “Se han alegrado como en la siega” (Isa 9, 2); “cosechan entre cantares… al volver vuelven cantando, trayendo sus gavillas” (Sal 125, 5-6). Es el eco de la dicha de Dios al hablar y ser escuchado, por requerirnos de amor y ser correspondido. Es la alegría de una siega de amores.
18) Ese es el tono en que debería interpretarlas el predicador. El de hoy y el de todo tiempo. Y esto le es posible al sacerdote que predique en la homilía tan “in persona Christi” como cuando consagra. De modo que no esté allí – no ha de estar – él hablando en su propio nombre, sino en el de Cristo. No ha de ser él quien predica, sino Cristo en él. En la Homilía el sacerdote ha de darle lugar a Cristo para que, Cristo en él, explique las Escrituras (Moisés, Profetas, Salmos) a la luz de su vida (Evangelio). La vida de Cristo es la mejor interpretación vivida de las Escrituras y todas ellas no quieren hablar sino de él: «Escudriñad las Escrituras ya que creéis tener en ellas vida eterna; pues bien, ellas son las que dan testimonio de mí. Pero vosotros no queréis venir a mí para tener vida» (Jn 5,39).
19) En virtud del sacerdocio ordenado, y si así lo hiciere, se le concederá en mayor o menor medida, una participación en la exousía del Nazareno, como le fue concedida a los Apóstoles, según leemos en el libro de los Hechos. La gracia que fluía de los labios de su Maestro, también afluirá a sus labios desde sus entrañas como un torrente de agua viva, prometido por Jesús a quien crea de veras en él (Jn 7, 38). “El que crea hará las mismas cosas que yo y aún mayores” (Jn 14, 12). Las hará porque tiene en sí el testimonio del poder de Dios que comunica el Cristo glorioso, testigo de la fidelidad del Padre. El poder victorioso de su Palabra de amor. En esa alegre visión de fe, es posible predicar y vivir, como Jesús, la jubilosa certeza de “que la siembra divina produce siempre fecundidad apostólica”.

2) UNA PALABRA PODEROSA
20) El capítulo cuarto de Marcos nos muestra a Jesús como Maestro y nos ofrece algo del contenido de sus enseñanzas en parábolas, acerca del Reino y de la Palabra de Dios. Es la enseñanza hacia afuera del círculo de sus discípulos, porque a ellos les enseñaba aparte los misterios del Reino. «A vosotros os es dado conocer los misterios del Reino, pero a los que están afuera, todo se les dice en parábolas» (Marcos 4, 11).
21) A continuación Marcos va a presentar cuatro episodios que mostrarán el poder de esta Palabra de Jesús en aquellos ámbitos que la muestran y demuestran como palabra divina. La tempestad calmada mostrará el poder de su palabra sobre los elementos. El endemoniado geraseno mostrará el poder de su palabra sobre los demonios. La curación de la hemorroísa y la resurrección de la niña hija de Jairo, lo mostrará como Señor de la vida y de la muerte. Se abre así, en el evangelio de Marcos un nuevo capítulo sobre la revelación de quién es Jesús: su palabra tiene aquellos poderes que caracterizan la palabra divina. Jesús viene no solamente a enseñar una doctrina de sabiduría, sino a obrar obras que son propias de Dios.
22) Notemos, sin embargo, que estos signos suceden ante los ojos de los discípulos. Y aunque sean públicos o sucedan en público como la curación del geraseno y la de la hemorroísa, de hecho suceden en presencia de los discípulos y son para ellos. Es a los que creen en su palabra que se les manifiesta el poder de su palabra. De hecho, en Nazaret, donde Jesús no encuentra fe, apenas puede hacer unos pocos milagros (Mc 6, 5-6). Es como si ante la incredulidad el poder de Dios se redujese voluntariamente a la impotencia.

EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS [6 de 6]
INICI0 DEL EVANGELIO QUE ES JESUCRISTO

EL COMIENZO DEL EVANGELIO 
SEGÚN S. MARCOS
JESÚS 
LA GRAN NOTICIA


1,1 Comienzo del Evangelio que es Jesús el Cristo, el Hijo de Dios»


Hemos visto que los justos del Antiguo Testamento anhelaban ver al Señor en persona y aguardaban su venida de acuerdo a las Sagradas Escrituras.
Hemos visto también que el tema principal del Evangelio según San Marcos es «quién es Jesús».
Así se explica que Marcos comience su evangelio con esta afirmación o profesion de fe en Jesús Mesías, Hijo de Dios, que es, personalmente, el comienzo, principio o inicio (arjé) de lo que se esperaba: es Dios que viene en persona, en la persona de su Hijo.

El notición que es Jesús
«Comienzo del Evangelio de Jesucristo», debe interpretarse: «comienzo del Evangelio que es Jesucristo…» Eso es lo que intenta decir Marcos. Que Jesús mismo es el Evangelio, es la alegre noticia y al mismo tiempo el gozoso acontecimiento que anunciaban los profetas. Por eso seguirá a continuación con una cita explícita de Isaías que combina con otra cita, implícita, de Malaquías.
[Esta forma de expresarse la llaman los lingüistas: genitivo epexegético. Se trata de una forma idiomática que pone en forma posesiva una atribución al sujeto: «el bueno de juan, lo miró asombrado»]. El Evangelio de Jesús = El Notición que es Jesús.


Una revelación que se irá haciendo sobre la marcha

Marcos comienza con esta profesión de fe. Pero todo su evangelio implica un camino arduo de la revelación de la identidad de Jesús. Los discípulos irán avanzando lentamente en el conocimiento de la verdadera identidad de su Maestro (Rabbí).
Una cumbre en ese progreso, será la confesión de fe de Pedro: «Tú eres el Cristo» (Mc 8, 29).


No hay que asombrarse de que los discípulos,

1) enseñados por Jesús mismo,
2) a quienes Jesús declara que les es dado «el misterio del Reino», (3, 11)
3) que presencian milagros de los que solamente ellos son testigos y les revelan – en forma secreta y reservada – el poder de esa palabra de Jesús, el predicador:
a) sobre los elementos, el viento y el mar: La tempestad calmada (4, 35-41)
b) sobre los demonios: la legión de demonios arrojados al fondo del mar (5, 1.20)
c) sobre la vida y la muerte: la sanación de la hemorrosía y la resurrección de la hija de Jairo (5, 5, 21-43)


A lo largo del evangelio se puede asistir a

1.- la consolidación de una resistencia y una oposición creciente contra Jesús.
2.- la incomprensión que también puede considerarse creciente: a) de los discípulos; b) de las muchedumbres y de los beneficiados con sus curaciones, que le son ingratos, o le desobedecen, o permanecen ajenos al verdadero mensaje religioso de Jesús.


Hay algunas excepciones, como:

1* la confesión de Pedro (8, 29).
2* El endemoniado de Gerasa quiere seguirlo (5, 18);
3* la sirofenicia lo profesa Kyrios, Señor (7, 28), dándole un título divino,
4* El ciego Bartimeo, que lo declara Hijo de David, se hace discípulo (lo sigue por el camino por el que temían seguirlo sus discípulos) (10, 52; ver 10, 32)
5* El centurión que dirige su crucifixión, al verlo morir, confiesa «Verdaderamente éste era el Hijo de Dios» (15, 39).


El Centurión romano

En la cruz se revela plenamente la identidad de Jesús. El centurión pagano accede a la fe con que Marcos ha comenzado su Evangelio: «Iniciación de la gozosa venida de Dios en persona, en Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios».