DIOS ES RELACIÓN [2 de 2]
Yo soy el que soy = El que estoy con…


SI DIOS ES AMOR, NECESARIAMENTE ES RELACIÓN PORQUE EL AMOR IMPLICA RELACIÓN. LAS ALIANZAS SON VÍNCULO, SON RELACIÓN, CADA VEZ MÁS ESTRECHA, MÁS ÍNTIMA Y CERCANA.


1) La Antigua Alianza es un antiguo vínculo entre Dios y el Hombre:
Del Dios Padre de Dios Hijo al Dios Pariente de Abraham, Isaac y Jacob y sus descendientes
2) La Nueva Alianza es un nuevo vínculo entre Dios y el Hombre. No anula el antiguo, lo lleva a su plenitud.
Del Dios pariente del Pueblo al Pueblo pariente de hijos de Dios.Del Pariente de Israel al Dios Padre Nuestro
De la Zarza ardiente a la Ascención del Señor

En hebreo el único verbo «haya»significa ser y/o estar. No existen en hebreo como existen en castellano dos verbos: uno para expresar el ser y otro para expresar el estar. Cuando Dios se presenta a Moisés como «Yo soy el que soy» afirma también que es «el que estoy» y también promete «el que estaré» siempre con vosotros, en vuestra defensa y favor. Por eso lo que dice en la zarza implica el nombre Immanuel, «Con nosotros está Dios», «Dios con nosotros». 

Jesucristo se separa de los Apóstoles prometiendo «Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos». Alianza, perfecta, vínculo perfecto, religíón, religación, vínculo eterno. 
Yo soy vuestro
Dios, y vosotros mi pueblo. Vosotros sois mis amigos. Sois «estos hermanitos míos más pequeños». Y él: «El primogénito entre muchos hermanos». Es la nueva revelación de que Dios es relación y qué clase de relación. Si era Goel y Dios Pariente, ahora es Dios Padre y nosotros sus hijos.
Pasamos así de la Zarza ardiendo al monte de la Ascensión de Cristo a los cielos: del Yo soy el que soy, al Yo soy el que estaré, el Immanuel, para siempre. Llegamos así a la Presencia real en la Eucaristía, al sacrificio perfecto.

De la Ascención del Hijo al Padre, a nuestro abrazo eterno con el Padre.


RELIGIÓN Y VINCULACIÓN (2 de 2)
Epifanía de Dios en
el ámbito de lo interpersonal
Conferencia en un retiro al Clero de Arecibo
Puerto Rico enero 2015
1) Ha demostrado Mircea Eliade que no hay dimensión de la
naturaleza o del cosmos que no haya sido o no pueda ser considerada como una
epifanía, como una manifestación de la divinidad, de su dynamis o de su gloria.
La piedra, la fuente, el bosque, la montaña, el mar, los cielos, el sol, la
luna, los astros, la naturaleza entera o sus partes, sus ciclos y sus cataclismos.
Pero no sólo el orden cósmico, también el orden político se ha prestado a lo
largo de la historia de las religiones a funcionar como epifanía de lo divino.
El Rey, el Emperador y los dioses monarcas ya sean del Olimpo ya sean de los
Infiernos. 

También el orden moral, de las fuerzas del alma, ha dado lugar a la
divinización de las virtudes, o a la consideración de que en ciertas virtudes o
actitudes humanas hay un destello sobrehumano y divino. “Tenemos que
habituarnos a aceptar las hierofanías en cualquier parte, en cualquier sector
de la vida fisiológica, económica, espiritual o social [es decir: familia,
parentesco entre otros]. En definitiva no sabemos si existe algo – objeto,
gesto, función fisiológica, ser o juego, etc. – que no haya sido transfigurado
alguna vez, en alguna parte, a lo largo de la historia de la humanidad, en
hierofanía” [Tratado de Historia de las Religiones, Ed. Cristiandad, Madrid
1974, T. I. P. 33]
2) Pues bien, tanto la Alianza (en hebreo Berít) como sus
virtudes características: La gracia y la misericordia, jen y jésed, apuntan
nuestra atención en la dirección de las relaciones de parentesco por alianza
como el analogado supremo de un parentesco divino con el hombre: el Dios
Pariente, el Dios de los padres: de Abraham. Isaac y Jacob y de sus
descendientes para siempre.
La idea central del
Antiguo Testamento
3) Un tema que se ha agitado en los estudios bíblicos es el
de la idea central o unificante del Antiguo Testamento, o el del centro
estructurante de las instituciones del Antiguo Testamento. Se ha propuesto, por
ejemplo, que la idea y la institución de la Alianza sería esa idea y ese hecho
central, que explicaría todos los demás. Y puede decirse que esta propuesta
goza de amplia, si no general, aceptación.
4) El término Go’el significa el pariente protector de sus
parientes débiles. Es un término perteneciente al vocabulario familiar,
aparentemente secundario, pero que ocupa un lugar clave en la teología bíblica,
y que por lo tanto es -diríamos- de valor estratégico para su comprensión.
Puede disputarle, con ventaja, a la Alianza, tanto la centralidad como la
prioridad, a pesar de lo cual, por otra parte, no se le ha dado el relieve que
merece.
El goelato:
institución familiar
5) Hemos dicho que si en otros pueblos predominan las
epifanías de orden cósmico, uránicos, astrales, de los ciclos de la naturaleza
y/o del orden político. En la fe bíblica, sin restarle poder cósmico y podería
histórico- político, Dios es considerado ante todo y  principalmente como un Dios pariente por Alianza
con los primeros padres del pueblo, de manera que la visión de Dios en Israel
hunde su raíz en la realidad familiar de los patriarcas bíblicos. Dios es
considerado así como un pariente del clan. De ahí que convenga comenzar por
recordar los rasgos y características de la familia, como institución del
Antiguo Testamento, ya que es el lugar de epifanía o manifestación de los
rasgos y atributos divinos del Dios bíblico.
  
La familia israelita
6) En el pueblo bíblico del Antiguo Testamento – como en
otras culturas tribales del Oriente Próximo – correspondía al pariente el deber
de proteger a sus parientes más débiles o necesitados en la medida de sus
posibilidades. La fuerza de esta obligación era proporcional y correlativa al
grado de proximidad del parentesco cu yo grado más próximo era el del tío
paterno. Algunos aspectos de esta obligación inviolable que en tiempos
patriarcales derivaba su fuerza del derecho oral y tradicional propio de la
sociedad clánica, fueron más tarde reconocidos, asumidos, sancionados,
regulados y estipulados por la Ley mosaica por su relación con las Promesas de
descendencia y de tierra para alimentarla y vivir en libertad el vínculo de
parentesco divino en el culto.
7) Esos deberes sagrados del Go’el codificados por la ley
son 1) la venganza de sangre; 2) el rescate o redención del pariente esclavo;
3) el levirato por el que se procuraba descendencia al pariente difunto sin hijos, tomando a la viuda como esposa para dar hijos al difunto; 4) rescatar o
redimir las tierras de la familia. Abraham da ejemplo, como tío paterno de Lot,
de salir a la guerra para rescatar a su sobrino y su familia, servidores y
bienes (Génesis 14, 12-20). Otro ejemplo de pariente piadoso es Bo’oz (=
«En él hay poder») en el libro de Ruth que auxilia a Noemí, la viuda
desamparada, toma a la viuda Ruth para dar descendencia a su esposo difunto, y
rescata las tierras de la familia. De ellos es descendiente el Rey David.
                             
El Dios pariente
8) El Dios de los Padres oirá el gemido de los hijos de
Abraham sometidos a esclavitud en Egipto y los liberará (Éxodo, 6, 2-13)  porque «oyó el gemido de los hijos de
Jacob-Israel» (v. 5). Dios asegurará la descendencia y la tierra a Abraham
y sus descendientes. Se comporta como un verdadero pariente desplegando su
poder para protegerlos. Pero también entregándolos a manos de sus enemigos
cuando se olvidan de Él o dudan de sus obras: «dudaron de mí aunque habían
visto mis obras» (Salmo 94, 8-11; Jueces 2, 11-19).
Esta condición de Dios como pariente del clan ha sido
reconocida por estudiosos como De Vaux, Albright, etc.
9) «Una característica esencial de la religión
patriarcal  es el culto al «dios del
padre», el cual es invocado y mencionado o se manifiesta como «el
dios de mi/tu/su padre» [Gen 31,5.29 [corr. según el griego] 43,23; 46,3;
50,17; Ex 3,6; 15,2; 18,4. De Vaux, Instituciones. T.I, p.268]
10) «El ‘dios del padre’ es, primitivamente, el dios
del antepasado inmediato, al que reconoce el hijo por dios suyo. Pero como ese
culto se trasmite de padres a hijos, ese dios se convierte en el dios de la
familia, y el «padre» puede ser un antepasado más alejado: aquél del
que desciende todo el clan. Jacob invoca «al dios de mi padre Abraham y al
dios de mi padre  Isaac» (Gn 32,10;
cf. 28,13). Labán propone a Jacob poner el tratado que van a firmar bajo la
protección del dios de  Abraham, el
abuelo de Jacob y del dios de Najor, el padre de Labán; pero Jacob jura por el
pariente de Isaac, su padre (Gn 31,53)
11)  [Nota: De Vaux
Instituciones del Antiguo Testamento, Tomo I, p. 269. El pariente de Isaac o el
terror de Isaac, aquí De Vaux sigue a Albright, optando por la traducción de
pariente para el término pájad Yitsjaq. Dice Albright: «La traducción
frecuente del nombre arcaico pájad por «terror» ha levantado muchas
objeciones, la traducción más probable sería «pariente, emparentado»,
como en palmireno posterior…en palmireno, pajdâ significa «familia,
clan, tribu» formada por la parentela próxima de un hombre»  (ALBRIGHT W.F., De La Edad de Piedra al
Cristianismo.
El marco histórico y cultural de la Biblia, Ed. Sal Terrae,
Santander 1959, 320 pp. (Título Original: From the Stone Age to Christianity,
Baltimore 1942). Citamos de la Trad. esp.: p. 197 y nota 71)].
12) «Esta religión del padre es la forma más antigua
que podemos alcanzar, la que los antepasados de Israel trajeron a Canaán.
Podemos intentar definir algunos rasgos: 1º) El dios del padre no está
vinculado a un santuario, va ligado a un grupo de hombres. 2º) Se reveló al
antepasado y fue reconocido por él. 3º) Y el más importante a nuestros fines:
Este vínculo, que se extiende al grupo que procede de ese antepasado, se
concibe como un parentesco»
13) «En efecto, el dios del padre es una divinidad
nómada: guía, acompaña y defiende en el camino al grupo que le es fiel. Decide
sus migraciones y sabe a dónde lo conduce. «Deja tu  país…por el país que yo te indicaré»
le dice el dios de Abraham al comienzo mismo de la historia patriarcal (Gn
12,1). El dios de su padre es quien manda a Jacob regresar a Canaán (Gn 32,10;
cf. 31,3). El dios de Abraham le acompaña de Harán a Canáan (Gn 12,7), y de
Canaán a Egipto (Gn 12,17). El criado de Abraham puede invocar, en la alta
Mesopotamia, al dios de su señor (Gn 24,12). El dios de Jacob le defiende
adondequiera que vaya (Gn 28,15.20; 35,3), le protege contra los abusos de
Labán (Gn 31,42), le salva del peligro con que le amenaza Esaú (Gn 32,12.
14) El dios del padre está metido en la pequeña historia del
grupo y la dirige» [De Vaux, Instituciones O.c. T.I, p.272]. El nombre de
Dios en la revelación mosaica, cuya traducción clásica es «Yo soy el que
soy», parece querer decir más precisamente «Yo soy el que
estaré» es decir el que «estaré contigo», para socorrerte,
auxiliarte, defenderte, alimentarte, como un Buen Pastor.. El estará con su
pueblo con una presencia auxiliadora, como volverá a expresarse en el nombre
«Emmanuel», en hebreo ‘Im-anu-‘El = ‘Dios [está] con nosotros’. Es
decir: luchando en favor nuestro. El nombre 
revelado a Moisés, que la posterior tradición judía convierte en el Shem
hammeporash es decir el nombre que no ha de ser pronunciado, es pues un nombre
signo y un nombre promesa de asistencia. Es por lo tanto, un nombre de guerra.
15) «El patriarcal dios del padre, que se reveló al
antepasado y permanece «con él», se compromete con sus fieles
mediante promesas. El tema de la promesa se repite con frecuencia en los
relatos del Génesis. Se presenta bajo formas diversas: promesa de una
posteridad o de una tierra, o de ambas cosas a la vez.»…»Estas dos
promesas responden a las aspiraciones primordiales de grupos de pastores
seminómadas: la descendencia que asegure la continuidad del clan y la tierra en
la que esperan asentarse» y les asegurará el sustento [De Vaux,
Instituciones .O.c. T.I, p.272] .
16) De Vaux coincide con W.F. Albright, en que: «los
hebreos, lo mismo que sus antepasados nómadas, poseían un sentido agudo para
las relaciones de parentela entre un grupo patriarcal (clan o familia), y su
dios, que era de hecho un miembro del clan y podía ser invocado por un pariente
mortal como «padre, hermano», o «pariente». En
consecuencia, todos los miembros del clan eran hijos, hermanos o parientes del
dios, que era el cabeza de familia».
17) [Nota: ALBRIGHT W.F., De La Edad de Piedra al
Cristianismo. El marco histórico y cultural de la Biblia
, Ed. Sal Terrae, Santander 1959, 320 pp. (Título
Original: From the Stone Age to Christianity, Baltimore 1942).
Citamos
de la Trad. esp.: p. 195 ]
18) Podemos afirmar por lo tanto, apoyándonos en los
resultados de serios trabajos arqueológicos e históricos, estos rasgos
distintivos de la religión bíblica: 1º) Considerar al Dios del Padre como un
Dios-pariente, el primero y máximo Goel de todo el pueblo; 2º) Ver una Epifanía
de Dios en las relaciones de parentesco y en los términos de Alianza de
parentesco, es decir: sacralizar la esfera interpersonal: la alianza esponsal y
la familia. 3º) Considerar que el Dios-Goel asegura con sus Promesas y con su
Auxilio, tanto la descendencia como el alimento, primero del clan y más tarde
del pueblo entero, convertido en nación. Esta fe patriarcal perdurará tanto en
la Ley como en los Profetas y Salmos.
Del Dios pariente al Dios Padre del Hijo y los creyentes
19) La Antigua Alianza es Alianza de parentesco de Dios con
los patriarcas bíblicos y su descendencia. Dios entra en un  sistema de parentesco humano, un Nosotros
humano. Por la Nueva Alianza en la sangre del Hijo, Dios vincula a los
creyentes al Nosotros divino (en calidad de hijos de Dios Padre y de hermanitos
pequeños del Hijo).
Esperanza en el Antiguo Testamento

20) El objeto de la esperanza vetero-testamentaria son bienes
temporales intramundanos:  hijos y tierra
para alimentarlos. Secundariamente surge en algunos una esperanza de vida
después de la muerte aludida indefinida y vagamente: “se durmió con sus
padres”. Esperanza que no comparten los 
Saduceos. No hay revelación divina clara al respecto. Se trata de un
objeto de esperanza deducible de la revelación.
21) Más tarde esta esperanza se ampliará con esperanzas
mesiánicas que a partir de la promesa hecha a Abraham “en ti serán bendecidas
todas las naciones”, abren la perspectiva de un reino de Israel sobre todas las
naciones con el fin de expandir la vigencia de la Ley divina sobre el resto de
la Humanidad. “El Siervo del Señor implantará la Ley hasta en las islas
lejanas” [Isaías 42, 1-4].
Una misión mundial del pueblo de Israel que algunos conciben
como un reino mesiánico de orden político.
22) El fundamento de la esperanza veterotestamentaria, es
religioso y trascendente: la comunicación y la promesa de Dios. Se espera
entrar en la tierra y poseerla porque es la Tierra Prometida por Dios. Dios se
ha hecho pariente de los Patriarcas y atado por fidelidad a su descendencia que
perdurará sobre la tierra y en la eternidad. Más tarde ha ido renovando sus
Alianzas en el Sinaí y a David.
23) Las condiciones para alcanzar los bienes prometidos son
a) pertenencia a la descendencia de los Patriarcas. Se es heredero de las
promesas por vía de la sangre, y b) fidelidad a la Alianza.
24) En síntesis: el objeto de la promesa es inmanente y
terrenal, primero familiar, nacional, luego internacional, pero está abierto,
derivadamente, a una perdurabilidad de los amores después de la muerte. El
fundamento es una manifestación o comunicación de Dios con Abraham y sus
descendientes, acontecida históricamente: fundada en  Alianza y Promesa. La condición para alcanzar
los bienes prometidos son: a) la pertenencia al pueblo según la carne y b) la
fidelidad a la Alianza.
Esperanza en el Nuevo
Testamento
25) Los bienes que promete Jesucristo, el hijo de Dios hecho
hombre, son, a la inversa: primariamente celestiales y derivadamente
terrenales.
26) El objeto de la Esperanza cristiana son las personas
divinas y la comunión y comunicación presencial con ellas. El mismo Cristo es
‘Nuestra Esperanza’. Y Él es inseparable del Padre y del Espíritu Santo. Él es
también el fundamento por el que sus discípulos esperamos alcanzar la comunión
de vida con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, en esta vida y en la eterna.
“Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu
Enviado, Jesucristo” (Jn 17,3).
27) Objeto: Ahora se ofrece algo que el hombre no podría
haber deseado ni imaginado. Se ofrece una participación en una comunión en la
vida con Dios mismo como Padre. Diríamos que se nos ofrece “el abrazo eterno de
hijos con Dios Padre”, después de haber vivido en la tierra como hijos; y
porque se ha vivido así en la tierra, como se vivirá en el cielo.La
supervivencia después de la muerte ya no es un reunirse con los antepasados en
el lugar de la pregunta y porque así lo reclama la voz del amor humano en el
alma creada.
28) El fundamento de la esperanza es llegar al abrazo filial
con el Padre. Y eso se debe a la iniciativa salvadora de las tres divinas
Personas. Es el Hijo que vino a revelarnos al Padre, mostrándose a sí mismo
como hijo obediente. Es el Padre que resucita al Hijo obediente como Padre
amoroso. Es el Espíritu Santo que nos comunica desde ahora ese conocimiento
amoroso del Padre y del Hijo.
29) El fundamento es el Hijo hecho hombre y sus palabras y
promesas: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre si no es
por mí” (Juan 14, 6). “El que cree en mí tiene vida eterna” (Juan 6, 47); “El
que me coma vivirá por mí” (Juan 6, 57). «En la casa de mi Padre hay
muchas habitaciones… si no fuera así os lo habría dicho… voy a prepararos
un lugar» (Juan 14,2)
30) La condición para alcanzar lo que se espera es vivir
como el Hijo, vivir como hijos, pertenecer al gran Nosotros divino humano, a la
Iglesia viva, a la Comunión de los santos, al Cuerpo de Cristo, al pueblo de la
nueva alianza, o el nuevo Israel, o el Israel según el Espíritu.
31) La condición se expresa también como permanencia en el
sistema de vínculos que une a las Personas divinas y en el que son asumidas las
humanas: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros, permaneced
en mi amor” (Juan 15,9). Es la ‘permanencia en la pertenencia’ o sea la
fidelidad al Nosotros divino humano, a la familia del Padre.
32) Hay un tránsito del Dios pariente de los hombres al Dios
Padre que reengendra con vida divina. «El que no nazca de nuevo y de lo
alto no verá, no entrará en el Reino de los Cielos» (Juan 3, 3.5). «A
los que creen en su nombre le concedió poder ser hechos hijos de Dios. Que no
de sangre… son nacidos sino que de Dios son nacidos» (Juan 1, 12-13).
“El que cree en mí tiene vida eterna” 
(Juan 6, 47); «No morirá jamás» (11, 26).  “El que come mi cuerpo y bebe mi sangre,
vivirá eternamente” (Juan 6, 54) . «Lo mismo que me ha enviado el Padre
que vive, y yo vivo por el Padre, el que me coma vivirá por mí» (Juan 6,
57)
33) En la Nueva Alianza, nueva vinculación, tanto el objeto
de la promesa como su fundamento son Dios mismo: Padre, Hijo y Espíritu Santo:
es decir fundamentos personales y trascendentes. Y la condición es estar
vinculado a las tres personas y al gran Nosotros de la comunión de los santos,
por la Fe informada por la Caridad.
34) Esto no significa que el amor divino excluya ciertos
bienes en esta vida, sino que los incluye; pero como añadidura, como bienes
adjuntos al bien principal: “Buscad primero su Reino y su justicia y todas esas
cosas se os darán por añadidura” (Mateo 6, 33).
35) En la nueva vinculación de esta nueva Alianza en la
sangre del Hijo culmina el «estar con nosotros» del Emanuel.
Esos bienes se expresan en forma de Bienaventuranzas. Las
Bienaventuranzas son expresión de los bienes prometidos que no son otra cosa
que la comunión de vida con Dios Padre. No son otra cosa que el vínculo mismo
con aquél Dios que es, en su substancia misma: Relación. .
36) Si en el Antiguo Testamento la esperanza estaba anclada
en la tierra para abrirse a lo eterno, en el Nuevo Testamento está anclada en
el cielo y desde allí asegura una vida bienaventurada en la tierra, aún con
persecuciones y persecuciones.

[Revisión 8 enero 2015]

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