EL DIOS NUTRICIO (6ª DE 6)

Los alimentos y las comidas
en el Evangelio según San Marcos

En esta sexta y última entrada de esta presentación del Dios nutricio en las Sagradas Escrituras, marco revelatorio de la multiplicación de los panes, recorreré el evangelio según San Marcos, señalando los pasajes y hechos en que se mencionan los alimentos y las comidas.

Los Ángeles le servían
Marcos 1, 13

Tomad, este es mi cuerpo
Marcos 14, 22

De entrada ya alude el evangelista Marcos al alimento del Bautista, consistente en miel silvestre y langostas [Mc 1,6] rasgo que, unido al de sus vestidos, lo caracteriza como el nuevo Elías.

Jesús ayuna en el desierto durante cuarenta días, al cabo de los cuales, los ángeles le sirven de comer [Mc 1,13]. Aunque el texto, no especifica de qué servicio de los ángeles se trata, sugiere que sirven a Jesús como Hijo del Hombre (7,10; cf. vv. 14.27), y que le sirven de comer: «un pan de ángeles», como a Adán y Eva en el Paraíso o al pueblo de Dios en el desierto (Sal 77(78),24-25)].

Los primeros apóstoles que Jesús elige y llama, se ocupaban, por oficio, en una tarea que hoy llamaríamos de la «industria alimenticia» o del «ramo de la alimentación»: eran pescadores [Mc 1,16-20].

En el primer sábado de su ministerio público, después que Jesús cura a la suegra de Pedro, ésta se levanta y les sirve [kai diekónei autois: Mc 1,30. La expresión es paralela al servicio de los ángeles en 1,13. Pienso que debe sobreentenderse que también les servía de comer].

Las primeras controversias que se levantan contra Jesús y sus discípulos tienen por objeto principal la comida o el ayuno: se lo critica porque come, en casa de Mateo, con pecadores y publicanos [Mc 2,15-17. En Mt y Lc lo califican de «comilón y bebedor»: fágos kai hoinopótes Mt 11,19; Lc 7,34];

Inmediatamente a sus discípulos porque no ayunan como los del Bautista y los fariseos [Mc 2,18]; y por fin, porque arrancan espigas en sábado para comer algo por el camino [Mc 2,23-24].

Jesús los excusa apelando al ejemplo de David, un arquetipo autorizado, que procuró pan a su tropa echando mano al pan del santuario [Mc 3,20; 6,31].

Más de una vez Marcos repara en el hecho de que era tanta la gente que acudía, que a Jesús y a sus discípulos no les quedaba tiempo «ni para comer» [Mc 6,30-44]. En toda esta escena, Jesús aparece como el buen Pastor, que se compadece de las ovejas abandonadas (v.34) y les da el alimento espiritual predicándoles largamente. Los discípulos se compadecen por el hambre y piden a Jesús que los despida para que se vayan a comer (v. 37). En toda esta sección recurre el vocabulario de la comida, comer, panes.

Ese parece ser el motivo por el cual los discípulos quieren despedir a la muchedumbre antes de la primera multiplicación de los panes. En esa ocasión, Jesús responsabiliza personalmente a sus discípulos: «dadles vosotros de comer» [Mc 6,37]

Ya hemos dicho cuando tratamos de las multiplicaciones de panes y de peces, que por la presencia de panes y peces, necesariamente salados, puede verse en esta comida una alianza de pan y sal.

Marcos nos narra dos comidas de alianza con la muchedumbre, que sumadas a la última cena, completan el número simbólico y sagrado de tres [Mc 6,30-44 y 8,1-10].

«Y les mandó que le dieran de comer»: Así termina Marcos, su narración de la resurrección de la hija de Jairo [kai eipen dothenai auté fagéin: Mc 5,43. eipen con infinitivo tiene sentido imperativo]. La frase resalta por su color de cotidianeidad sobre el fondo grandioso del milagro. O uno pasa por encima sin advertirla, o se intriga: ¿qué pretende Marcos al referirla?

En las instrucciones que Jesús da a sus discípulos enviados a la misión, les prescribe que no lleven pan [Mc 6,8]. Las instrucciones apuntan a hacer a los discípulos dependientes del recibimiento que se dé a su predicación, y a impedir que permanezcan donde no los reciben, o que puedan instalarse, abandonando la predicación. Mateo le da, a la pobreza misional, este sentido: «porque el obrero merece su sustento» (Mt 10,10). Lucas comparte esta explicación y la amplía, ordenando a los discípulos que permanezcan en la casa que los recibe y coman y beban lo que se les sirva «porque el obrero merece su salario» (Lc 10,5-7). Aquí juega posiblemente el trasfondo de la misión a los paganos y la comida con ellos, que levantaba escrúpulos en los orígenes de la Iglesia (Hch 10,1-11,18; Gal 2,11-14).

No es posible pasar por alto, hablando de comidas, el festín de Herodes [Mc 6,21-29] que le cuesta la vida al Bautista. Esta escena sugiere, por su ubicación en el evangelio, la voluntad de Marcos de contrastar el banquete de este Rey perverso, con el banquete mesiánico del Buen Pastor misericordioso, en la multiplicación de los panes que sigue inmediatamente.
Ambas escenas se prestan para ilustrar bíblicamente el contraste que pretende hacer meditar San Ignacio al ejercitante en la meditación de Dos Banderas.
Otro contraste apto para proponer en esta meditación, y al que subyace una estructura espiritual semejante, es el que hay entre los fariseos que se buscan a sí mismos y sus intereses en la piedad, y la viuda pobre que se desprende aún de lo necesario por amor a Dios, [Mc 12,38-40.41-44].

Enmendando las prescripciones de la ley de Moisés, Jesús declaró puros todos los alimentos
[Mc 7,19: katharizon panta ta bromata: purificando todos los alimentos, es decir, declarándolos puros, pues el participio katharizon depende del legei (dice) inicial en el v. 18. Véase Zerwick, Analysis Philologica]

Declaró cesantes asimismo las purificaciones rituales que prescribían los maestros de la ley, referentes al lavado de manos y vajilla en vistas a comer [Mc 7,1-5.14-23].
La pureza de los comensales consiste en actitudes interiores: un corazón agradecido a Dios y generoso con los comensales, como el de Jesús en la cena arquetípica. Es en el altar eucarístico donde deben vivirse las virtudes que transfiguren la mesa. Por eso San Pablo reprobará a los corintios que discriminan a los pobres en sus comidas: «Cuando se reúnen, lo que menos hacen es comer la Cena del Señor, porque apenas se sientan a la mesa, cada uno se apresura a comer su propia comida, y mientras uno pasa hambre el otro se pone ebrio» (1 Cor 11,20-21)].
Según los nuevos conceptos de pureza que introduce Jesús, puros serán los que participen en la última Cena del Señor, lavados en su amor y así capacitados para amar y lavar en su amor a los demás.

Esta nueva pureza lo expresa el lavado de los pies a los discípulos en la última cena (Jn 13,1ss). Jesús no se limita a abolir los ritos lustrales judíos, introduce los suyos, que son «ritos» espirituales: actitudes interiores, disposiciones del corazón nuevo: «Mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros, como yo os amé para que también vosotros os améis unos a otros» (Jn 13,34).

En el diálogo con la mujer Sirofenicia que suplica a Jesús por su hija endemoniada, reaparece el tema del pan, ahora como el pan de los hijos que no debe darse a los cachorros, pero del que la mujer se hace merecedora al fin por su fe [Mc 7,24-29, en especial vv. 27-28]. Es claro aquí el sentido simbólico que adquiere el pan, por el plano de la fe en que se sitúa el hecho. Una reminiscencia espontánea es la frase de Jesús en las tentaciones «No sólo de pan vive el hombre».

En el capítulo octavo, además de la segunda multiplicación de los panes, a la que ya nos hemos referido, vuelve el tema del pan en la tercera travesía del mar. Inmediatamente después de la segunda multiplicación de los panes, que era un signo mesiánico realizado en el descampado y concedido a la muchedumbre que había seguido a Jesús hasta allí y había perseverado con él durante tres días, pasando incluso necesidad y privaciones, se presentan los fariseos a solicitar un signo. Pero ellos no habían estado donde hubieran debido estar para verlo. Y por eso Jesús se niega a hacer signos a pedido ante quienes no creen. A esta incredulidad Jesús le llamará: «la levadura de los fariseos y de Herodes» [Mc 8,15].

Jesús, gimiendo ante esta incredulidad, se retira con sus discípulos hacia la otra orilla en una barca. «Los discípulos se habían olvidado de llevar panes y no tenían más que un pan en la barca» y «discutían entre sí porque no habían llevado pan». Jesús les recuerda entonces las dos multiplicaciones de panes, a las que ellos han asistido y en las que han sido actores, y hará hincapié sobre la abundancia de las sobras que quedaron cada vez [Mc 8 19-21]. ¿Cómo pueden los discípulos preocuparse por la comida estando con él? ¿Y cómo puede ser la comida motivo de discusión o discordia entre los hijos del Padre?
Este caso es un ejemplo de cómo encara Jesús el conflicto que irrita a los Apóstoles, resituando el hecho «profano» en su contexto salvífico y remitiéndolos a su calidad de comensales del Reino, que han tomado parte de dos comidas milagrosas. Hay que notar de paso que esta escena de discordia, anuncia un tema que será recurrente en los capítulos 8-10: escenas de conflicto e irreconciliación entre las más diversas categorías de personas, causadas por la falta de comprensión del camino de Jesús: Mc 8,32-33.34.37; 9,14.33-34.38-39.42-50; 10,2-12.13-14.17-22.41-44]

Al día siguiente de su entrada solemne en Jerusalén, Jesús, al salir de Betania y de camino hacia la ciudad Santa, «tuvo hambre» y viendo de lejos una higuera se acercó y buscó en ella higos. Como no encontrara higos en ella, Jesús la maldijo [Mc 11,12-14].
Marcos se cuida de aclarar que «no era la época de los higos». Con ello alerta al lector sobre el carácter simbólico, parabólico o alegórico de esta higuera. Jesús no tiene nada «personal» contra esta higuera. Lo que hace es un gesto simbólico o acción profética como las que Dios ordenaba a los profetas (Cf. Jr 18,1ss con nota de la Biblia de Jerusalén; Ez 12)].
Esta higuera, que encontrarán seca hasta la raíz al día siguiente, representa el Templo y el culto del Templo [Mc 11,20-26]. Ante el asombro de Pedro frente a la higuera seca, Jesús responde con una invitación a la fe, y con una instrucción acerca de lo que debe ser la oración cristiana, llamada a sustituir la que no ha encontrado Jesús en un Templo destinado a la ruina.
Jesús busca en vano frutos de oración, ya sea en el Templo, ya sea en la Iglesia.
La parábola de la viña y de los viñadores homicidas, que se encuentra un poco más adelante, es como un doblete simbólico de esta higuera: también la viña del pueblo ha caído en manos de viñadores ladrones y homicidas [Mc 12,1-12]
La referencia de Jesús a «la piedra angular» muestra hasta qué punto están asociados en su espíritu los símbolos de la viña y del templo, como referidos ambos a una misma realidad. Nosotros hablamos de «asociaciones de ideas», pero en la lectura bíblica debemos atender a las «asociaciones de imágenes y de símbolos», porque así se expresa el Espíritu Santo.].

Del hambre y de la sed de Jesús, de su comer y beber, se nos habla también en otros pasajes evangélicos: la última cena: [Mc 14,22-25]; el cáliz en el Huerto de los Olivos: [Mc 14,36]; la negativa a beber el vinagre que le ofrecen cuando está en la cruz: [Mc 15,36].
Pero estos gestos, no pertenecen ya a la revelación del Dios nutricio, sino al Misterio del Dios Anfitrión, que ya no recibe alimento sino que se entrega a sí mismo para vida del mund

Sobre el sentido simbólico del hambre y la sed, de la comida y de la bebida de Jesús, recuérdese también: «Maestro ¡come!…Yo tengo una comida que vosotros no conocéis…mi comida es hacer la voluntad de mi padre que me ha enviado y cumplir su obra» (Jn 4,31-34). Y a Jesús que dice sobre la Cruz: «Tengo sed» (Jn 19,28)..

El episodio de la higuera estéril nos sugiere, desde ya, que esa hambre tiene que ver con la oración y el amor a Dios, así como con su misión por voluntad del Padre. Contemplando a Jesús se aprende que las comidas tienen la dimensión simbólica y espiritual que sea capaz de darle un hombre.

Por eso debemos disponernos para prestar atención a expresiones evangélicas figuradas como: «gustar la muerte» [Mc 9,1: geusontai thanatou], «dar a beber un vaso de agua al discípulo por ser discípulo» [Mc 9,41], «beber el cáliz» [Mc 10,38-39], «tener sal y no perder el gusto» [Mc 10,50], «devorar las casas de las viudas» [Mc 12,40].

Antes de la última cena [Mc 14,3-9], se menciona todavía una comida en la casa de Simón el leproso en Betania. Mientras Jesús está a la mesa, una mujer lo unge con nardo puro para su sepultura [Mc 14,3-9]. Hay en esta unción, no cabe duda, mucho más de lo que ven en ella los que la critican, pero también más de lo que ve la que lo unge: Jesús es ungido aquí para su Pasión, muerte y sepultura. Es como una unción sacerdotal a la vez que funeraria.

Si tomamos en cuenta -por fin- el contenido de las enseñanzas de Jesús que hablan de la acción del sembrador, de la semilla como figura de la Palabra y del Reino, entonces la lista de textos se alarga aún más [Mc 4,1-20.24-29]. El símbolo nutricio de la semilla, tiene mucho que darnos a meditar y enseñarnos como revelación de Dios. ¿Cuál es la semilla de todas las plantas que Dios hace surgir de la tierra al tercer día de la Creación, sino la Palabra creadora que ordena: «¡brote la tierra hierba que dé semilla!»? [Gn 1,11].

Una insistencia tan llamativa de Marcos en los temas de la comida, sobre todo en la primera mitad de su evangelio no es casual sino intencional. Y apunta a las situaciones eucarísticas de la segunda parte, pero sobre todo a la situación eucarística donde sería leído y meditado por los cristianos.
 
 

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