EL LENGUAJE DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS (3 de 5)

Jesús, Luz del Padre
Pseudo Dionisio Areopagita

…dos son las razones para representar con imágenes lo que no tiene figura, y dar cuerpo a lo incorpóreo. 
[La encarnación del Verbo, que funda el uso de las expresiones simbólicas]

1º Ante todo porque somos incapaces de elevarnos directamente a la contemplación mental. Necesitamos algo que nos sea connatural, metáforas sugerentes de las maravillas que escapan a nuestro conocimiento. 

2º En segundo lugar, es muy conveniente que para la gran mayoría permanezcan veladas con enigmas sagrados las verdades que contienen… No todos son santos y la Sagrada Escritura advierte que no conviene a todos conocer estas cosas…

“Toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo Alto 
y desciende del Padre de las luces” (Sant. 1, 17). 

Más aún, la Luz procede del Padre se difunde copiosamente sobre nosotros y con su poder unificante nos atrae y lleva a lo alto. 
Nos hace retornar a la unidad y deificante simplicidad del Padre, congregados en Él.
“Porque de Él y para Él son todas las cosas” como dice la Escritura (Rom 11, 36)                 Invoquemos pues a Jesús, la Luz del Padre, “la luz verdadera que viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9), “por quien hemos tenido acceso” (Rom 5,2; Ef 2, 18; 3, 12) al Padre, la Luz que es fuente de toda luz.
         Fijemos la mirada lo mejor que podamos en las luces que los Padres nos transiten por las Sagradas Escrituras.


En cuanto nos sea posible estudiemos las jerarquías de los espíritus celestes conforme la Sagrada Escritura nos los ha revelado de modo simbólico y anagógico.             Centremos fijamente la mirada inmaterial del entendimiento en la Luz desbordante más que fundamental, que se origina en el Padre, fuente de la Divinidad. Por medio de figuras simbólicas, nos ilustra sobre las bienaventuradas jerarquías de los ángeles. Pero elevémonos sobre esta profusión luminosa hasta el puro Rayo de Luz en sí mismo. […] Pero este Rayo divino no podrá iluminarnos si no está espiritualmente velado en la variedad de sagradas figuras, acomodadas a nuestro modo natural y propio según la paternal providencia de Dios.[…]


[Cap 2º]: Las cosas celestiales y divinas nos son reveladas convenientemente, aún cuando sea por medio de símbolos desemejantes. […] 
Hay que describir bajo qué formas sagradas la Escritura representa los órdenes (coros) celestes, pues a través de esas figuras debemos elevarnos a perfecta simplicidad.
           No podemos imaginar como hace el vulgo, aquellas inteligencias celestes con muchos pies y rostros [simbolismos que explicará en el cap. 159]) de forma parecida a bueyes o como leones salvajes. No tienen corvos picos de águilas ni alas o plumas de pájaros. 
          No los imaginemos como ruedas flamígeras por el cielo, tronos materiales cómodos, donde se sienta la Divinidad (Dn 7, 9; Apoc. 4, 2) caballos variopintos, capitanes blandiendo espadas (Zac 1,8; 6, 2; Apoc 6, 1-9) o cualquier otra forma en que las Santas Escrituras nos los han representado en variedad de símbolos.


La teología se vale de imágenes poéticas al estudiar estas inteligencias que carecen de figuras. Pero, como queda dicho, lo hace en atención a nuestra propia manera de entender, se sirve de pasajes bíblicos puestos a nuestra alcance en forma anagógica para elevarnos más fácilmente a lo espiritual.



Estas figuras hacen referencia a seres tan espirituales que no podemos conocerlos ni contemplarlos. Figuras y nombres de que se valen las Escrituras son inadecuadas para representar tan santas inteligencias. […]



Si uno investiga la verdad, pone en evidencia la sabiduría de las Escrituras. Hay en ellas providencial cuidado en no ofender a los poderes divinos cuando representan con figuras las inteligencias celestiales. […]



Por lo demás, dos son las razones para representar con imágenes lo que no tiene figura, y dar cuerpo a lo incorpóreo [¡La Encarnación!]. Ante todo porque somos incapaces de elevarnos directamente a la contemplación mental. Necesitamos algo que nos sea connatural, metáforas sugerentes de las maravillas que escapan a nuestro conocimiento. En segundo lugar, es muy conveniente que para el vulgo (tous pollous: los muchos) permanezcan veladas con enigmas sagrados las verdades que contienen acerca de las inteligencias celestes. No todos son santos y la Sagrada Escritura advierte que no conviene a todos conocer estas cosas (1 Cor 8, 7; Mt 13, 11, Lc 8, 10)



[…] “Puesto que la negación parece ser más apropiada para hablar de Dios y la afirmación positiva resulta siempre inadecuada al misterio inexpresable, conviene mejor referirse a lo invisible por medio de figuras desemejantes.

Por lo cual, las Sagradas Escrituras, lejos de menospreciar las jerarquías celestes (al presentarlas con imágenes tan desemejantes) las ensalzan con figuras totalmente desemejantes. De ese modo realmente nos damos cuenta de que aquellas jerarquías, tan distantes de nosotros, trascienden toda materialidad. No creo que ninguna persona sensata deje de reconocer que las desemejanzas sirven mejor que las semejanzas para elevar nuestra mente al reino del espíritu. Figuras muy nobles podrían inducir a algunos al error [141 B] de pensar que los seres celestes son hombres de oro, luminosos, radiantes de hermosura, suntuosamente vestidos, inofensivamente llameantes, o bajo otras formas por el estilo con que la teología ha representado las inteligencias celestes.
[De Coelesti Hierarchia, fragmentos de los Caps. 1 y 2]

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