HECHO OBEDIENTE HASTA LA MUERTE
Y MUERTE DE CRUZ:
OBEDIENCIA RELIGIOSA
EN UNA CULTURA SECULARIZADA

«La voluntad consagrada por el voto de obediencia está destinada a unirse a la de Dios. 
Ya no pertenece a hombres. 


No pertenece al que la ha entregado, quien no puede recobrarla para sí sin sacrilegio, porque arrebataría lo que ya no le pertenece a él sino a Dios. 


Pero la libertad del súbdito tampoco pertenece al superior. 
Éste, el superior, en efecto, está también sometido a la voluntad de Dios y no puede abusar de una voluntad consagrada sin, de alguna manera, incurrir en sacrilegio por la profanación de algo consagrado, o sea apoderándose humanamente de la voluntad del súbdito
para planes y fines humanos, no conferidos religiosamente con Dios».


11. Obediencia religiosa en una cultura desacralizadora

La desacralización, como pérdida del
sentido de lo sagrado, toca también al ejercicio de la obediencia religiosa,
tanto en el ejercicio del gobierno y de la autoridad del que manda, como en la
sumisión del que obedece.    

El idioma castellano tiene una sola palabra
para los dos aspectos de esta relación de obediencia. Y para peor, mandar y
obedecer, siendo en realidad dos aspectos de una misma realidad religiosa,
expresan en nuestra lengua una antinomia y presentan ambas acciones en lo que
tienen de opuesto o complementario y no en lo que tienen de común. Sirven más
para expresar situaciones militares que la plena verdad de la relación
espiritual de la obediencia religiosa. Esto no nos facilita la tarea de
expresar lo que pensamos. Pero queremos intentarlo de todos modos. San Ignacio salió
airosamente de esta dificultad mostrando el carácter «procesional» de
la obediencia, donde el mandato del superior emana de su obediencia a otra
instancia superior:

 “Y lo que tengo dicho de la obediencia, tanto se entiende en los
particulares para con sus inmediatos superiores, como en los Rectores y
Prepósitos locales para con los Provinciales y en éstos para con el General, y
en éste para quien Dios nuestro Señor le dio por Superior, que es el vicario de
suyo ella tierra; porque así enteramente se guarde la subordinación y
consiguientemente la unión y caridad, sin la cual el buen ser y gobierno de la
Compañía no puede conservarse, como el de ninguna otra congregación. Y éste es
el modo con que suavemente dispone todas las cosas la divina Providencia,
reduciendo las cosas ínfimas por las medias, y las medias por las sumas, a sus
fines. Y así en los Ángeles hay subordinación de una jerarquía a otra”
(11)

La secularización, por ser una visión
irreligiosa de la existencia, destruye la visión de la cadena de obediencias,
fragmenta la procesión de mediaciones de la voluntad divina, y destruye la
obediencia como fenómeno religioso de comunión y comunicación que se realiza
precisamente -valga la redundancia- mediante las mediaciones   

La visión ignaciana de la obediencia, puede
ayudarnos, tanto a súbditos como a superiores, a mantener la vivencia religiosa
de la obediencia en un mundo donde la virtud de la religión está en franco
proceso de deterioro y desaparición en algunos ambientes.

Lo que se ofrece a Dios en el voto de
obediencia es la libertad, la voluntad, la parte más digna y alta del hombre.
Un tiempo como el nuestro en que se habla tanto de los derechos del hombre y de
la dignidad humana, parece bien dispuesto para entender la grandeza de lo que
se ofrece. Pero quizás peor dispuesto que nunca a comprender por qué se ofrece,
y menos persuadido que nunca, a falta de testimonios claros, de que esa
oblación sea un acto religioso. Por eso mismo muchos vacilan y retroceden ante
la oblación de su dignidad en la vida religiosa. Y no se engañan.

Los motivos de esa vacilación son
complejos. En primer lugar, no se comprende por qué haya de ser ofrecida en
sacrificio la más digna parte del hombre. En segundo lugar, por motivos más
bien históricos y concretos, ha dejado de ser patente y visible la condición de
consagrados. En parte porque se han abandonado los hábitos religiosos
interiores y correlativamente los signos visibles en el vestido religioso. En
parte porque no se reciben señales claras de que los «consagrados» se
tengan por tales o, a veces, de que sean tenidos por tales por sus superiores.

Es doloroso decirlo: Alguna vez he oído
decir a algún superior, refiriéndose sobre todo a los hermanos coadjutores, que
era preferible trabajar con laicos que con jesuitas. Y la razón que daba es que
a los laicos uno los puede elegir según las conveniencias de la obra y
despedirlos cuando convenga. Esta percepción funcionarial de la obra apostólica
influye también en algunos a la hora de pedir vocaciones, a las cuales se las
considera también, con una óptica poco religiosa, como personal necesario para
las obras, más que como almas en camino de perfección, como llamados de Dios.

Esto es parte del fenómeno más general de
la pérdida del sentido de lo sagrado que trae la cultura secularizada y
secularizante al invadir los ámbitos de la vida religiosa, al filtrarse en el
corazón de los consagrados, tanto súbditos como superiores. Esta infición
redunda en la pérdida de identidad como consagrados. Ya no se siente la
veneración por lo que pertenece a Dios, por haberle sido dedicado apartándolo
de los usos profanos.

No en vano se pierde el sentido de la
liturgia, el sentido de los ritos y de los símbolos, el sentido de la
consagración de los objetos, y de los tiempos. El cáliz, los ornamentos, los
lugares y espacios consagrados, la materia de los sacramentos, los gestos y
posturas corporales. En cuanto a los tiempos, se pierde el sentido del domingo
y de las fiestas de guardar. Si todo vale en esos dominios, y si da lo mismo
consagrar con galletitas María que con pan con grasa, o celebrar en cualquier
copa y sobre cualquier mesa o en el suelo, o gritar o fumar dentro del templo,
si se puede, sin dolor, demoler por cualquier motivo un altar consagrado o
destinar los templos a usos profanos, es porque se ha perdido el sentido
religioso. El hombre religioso es el que percibe la diferencia entre los
objetos profanos y los que han sido dedicados a Dios.  Si nos preguntamos acerca de las causas de
este fenómeno hay que responder que se trata de una pérdida del sentido de la
realidad de Dios. No de su realidad nominal. El secularismo es gnóstico, en el
sentido que sustituye a Dios por la idea de Dios. De ahí la ambigüedad de las
conductas secularistas de apariencia religiosa y cristiana. El secularismo
sigue manteniendo el lenguaje cristiano, pero ha cortado la comunión con las
realidades nombradas. El actual secularismo es hijo de la gnosis y del
nominalismo.

Lo que al desacralizado le parece mojigatería o hasta superstición, no lo es de
ninguna manera para el hombre religioso.

Cuando la pérdida de la religiosidad alcanza a los mismos religiosos, y la desacralización a «la vida
consagrada», se produce algo así como la irrupción de la abominación de la
desolación en el lugar sagrado, con la pérdida consiguiente de identidad. Los
que habían hecho profesión de buscar la perfección de la caridad por los
caminos de la obediencia no saben ya
quiénes son, ni lo saben los que, entre ellos, ofician de superiores. Esto da
lugar por un lado a insinceridades en la sujeción y por otro a abusos y
arbitrariedades en el mando; por un lado a actitudes de tiranía y dominación,
por el otro a actitudes de adulación o de cinismo, de rebeldía o de huída. Por
ambos extremos, a profanaciones de la libertad consagrada.

Tales abusos ponen por fin en crisis la
institución misma de la autoridad y el gobierno. Por esos caminos, algunos
religiosos han dado en vivir en «comunidades sin superior». De
aquellos polvos vienen estos lodos. Sin sentido de la sacralidad de la
obediencia consagrada, ésta no se mantiene. Profanada, se desvirtúa, tanto en
la vivencia del súbdito como en la del que ejerce la autoridad.

Siendo la obediencia religiosa una forma de
la caridad que desciende del Padre, se aplica a ella lo que se dice de la Caridad. Y lo primero,
es que la relación de obediencia, requiere una relación de cierta simetría y
reciprocidad espiritual, en lo referente a la actitud religiosa de súbdito y
superior.

Observa atinadamente Santo Tomás que:
«no basta la benevolencia (querer el bien del otro) para que se pueda
hablar propiamente de amistad (=caridad), sino que se requiere la reciprocidad
de amor; porque el amigo debe ser amado del amigo. Y esta benevolencia
recíproca se funda en alguna comunicación» (Sto. Tomás de Aquino, Summa
Theol., 2ª 2ae, q.23, art.1 c.). O, para decirlo en palabras de San Ignacio:
«el amor consiste en comunicación de las dos partes, es a saber, en dar y
comunicar el amante al amado y el amado al amante» (EE 231).

Lo que se comunican superior y súbdito en
la relación de caridad que es la obediencia es precisamente sus voluntades
sumisas a Dios. El superior ofrece una voluntad sumisa a la de Dios y que
preceptúa y el súbdito retribuye con una voluntad sumisa a Dios y que acata.
Así ambos se comunican su amor a Dios.

El deterioro de la relación de obediencia
(sumisión-mando) religiosa puede ser bilateral o unilateral, simétrico o
disimétrico.

El deterioro es bilateral y simétrico,
cuando afecta tanto al súbdito como al superior, secularizados, y que han
perdido, en diferentes grados, el espíritu religioso.

El deterioro es unilateral o disimétrico,
cuando uno de los dos quiere vivir religiosa y sobrenaturalmente su
consagración, pero no encuentra en el otro la necesaria reciprocidad. Estas
situaciones son particularmente dolorosas y conflictivas para la parte fiel,
superior o súbdito, según los casos. Esto se ve ejemplificado en la vida de los
santos. Santa Teresa, por ejemplo, sufrió como reformadora en conventos
imposibles de reformar, el drama del superior desobedecido o no reconocido. San
Juan de la Cruz,
sufrió el drama del súbdito de superiores inflexibles.

¿Es posible vivir la obediencia en sus
vertientes de sumisión o de mando en estas condiciones? Sí. El ejemplo de Jesús
y de los santos nos lo demuestra: es posible vivir la caridad aún cuando no se
encuentra la respuesta de una recíproca benevolencia. Pablo lo recalca en el
himno de la Caridad, que se puede cantar asimismo a la
Obediencia: «La obediencia, -ya sea la que manda ya sea
la que se somete-, es paciente, es benigna, no es envidiosa, no es jactanciosa,
no se hincha, no es descortés, no es interesada, no se irrita, no piensa mal,
no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad, todo lo excusa, todo
lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (Cfr. 1 Cor 13,4-7).

En la actual crisis de la cultura
religiosa, no es fácil comprender qué es la consagración. Aunque se siga usando
la palabra, ya no se vive, en muchos casos, la realidad que ella nombra. Es
significativo que la palabra consagración, que aún mantiene cierta fuerza
significativa para denominar la consagración religiosa, haya perdido prestigio
cuando se refiere a las tradicionales consagraciones piadosas (al Sagrado
Corazón, o a la Virgen).
En ese plano ha aparecido una resistencia tanto al uso de la palabra como a la
realidad nombrada. Donde la realidad se mantiene, se prefiere hablar hoy de
entrega, en un esfuerzo por recuperar la capacidad expresiva y el contacto con
la realidad.

El problema de la falta de vocaciones viene
de ahí. Muchos religiosos/as, aunque mantengan la continuidad de un discurso
verbal, ya no trasmiten los meta mensajes, por no decir los buenos ejemplos,
que le dan eficacia a las palabras. Hoy tampoco es popular hablar de buen
ejemplo. Meta mensaje viene a decir lo mismo que buen ejemplo, pero en forma
quizás más potable para el actual paladar.

Lo que agrega la consagración a Dios al ya
altísimo valor y dignidad de la libertad, lo percibe el alma religiosa. Es un
acto de la virtud de religión. La religión es una virtud moral. Y esta
distinción es necesaria para distinguir entre los que siguen usando el discurso
cristiano sin esa virtud y los que la viven aún cuando no sepan decir mucho
acerca de ella.

Lo que se ofrece a Dios, lo que pasa a
pertenecerle, es: sagrado. Ya no está destinado a fines profanos, por más
altos, dignos y nobles que puedan ser en sí mismos. Pertenece a los fines del
Reino y no a los fines propios.

La voluntad consagrada está destinada a
unirse a la de Dios. Ya no pertenece a hombres. No pertenece al que la ha
entregado, quien no puede recobrarla para sí sin sacrilegio, porque arrebataría
lo que ya no le pertenece a él sino a Dios. Pero la libertad del súbdito
tampoco pertenece al superior. Este, en efecto, está también sometido a la
voluntad de Dios y no puede abusar de una voluntad consagrada sin, de alguna
manera, incurrir en sacrilegio por la profanación de algo consagrado, o sea
apoderándose humanamente de la voluntad del súbdito para planes y fines
humanos, no conferidos religiosamente con Dios.

El camino obediente de San Ignacio de
Loyola resulta así particularmente iluminador para orientarnos en las
problemáticas situaciones que nos plantea la obediencia en esta época
secularista en la que nos ha tocado vivir.

Horacio Bojorge S.J.

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