JESUCRISTO: EL ENCANTO Y EL PODER DE SU PALABRA
por EUGENIO ZOLLI

UNA PREDICACIÓN ARREBATADORA

1) Jesús el Rabino, el Nazareno

1) Las agudezas rabínicas que despliega Jesús en la parábola del sembrador, [véase la primera entrada en el archivo del blog: «Salió el sembrador a sembrarse»] asombraban a los que oían su predicación. Jesús fue pronto reconocido por sus discípulos como Rabbí, es decir, como Maestro de la Escritura y expositor de sus sentidos. Jesús se mostró durante toda su vida como «el escriba instruido en el Reino de los Cielos, que se parece al dueño de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas» [Cfr. Mateo 13,52; 24,45].
2) Pero lo hacía, además, en forma no sólo ingeniosa sino fascinante. No sólo deslumbraba las mentes con la revelación de sentidos escondidos hasta entonces, sino que cautivaba los corazones con la hermosura del misterio al que hacían asomar sus dichos: “Abriré en parábolas mi boca, declararé cosas ocultas desde la creación del mundo” [Salmo 78,2 aplicado por Mateo 13, 35 a la predicación en parábolas de Jesús].
3) Israel Zolli, el gran rabino de Roma que se convirtió durante la Segunda Guerra Mundial dedicó un estudio al título «Jesús Nazareno».[Se bautizó con el nombre de Eugenio, en homenaje, al Papa Pío XII, Eugenio Pacelli]. Zolli concluye que el título “Nazareno” significaba “predicador”. Pero no cualquier predicador, sino un predicador popular que cautiva y conmueve, que arrebata a su auditorio y lo eleva hacia Dios y hacia la conversión con el vuelo poético de su enseñanza. [Eugenio Zolli, Mi encuentro con Cristo, (Ed. Patmos, Madrid 1948) pp. 106- 144].
“La personalidad del Predicador excedía con mucho el oscuro lugar de origen de su familia. Jesús era para las masas no el nazaretano, sino el Nazareno , el Predicador” [Eugenio Zolli, O.c., p. 137]. “Para la elocuencia declamatoria, el término arameo usado entonces era precisamente netsar”.[O.c., p.139].
4) Si Jesús asombró a los maestros de la ley en el Templo ya a los doce años con sus originales preguntas y respuestas sobre los sagrados textos, nos podemos imaginar lo que sería no ya la explicación, sino el anuncio del cumplimiento de las Escrituras, cuando lo proclamaba en la madurez de su misión y en la plenitud de una percepción madura y entusiasta, desbordante del Espíritu derramado sobre su santísima humanidad y que de ella manaba a raudales. [El kerygma es por definición algo que se grita, se proclama en voz alta, como el almuecín desde los minaretes de la mezquita].
¿Nos podemos imaginar al Logos Poeta hablando, en poesía, de la belleza de Dios, de la que nadie sino él era testigo? ¿No es acaso su vida misma el más hermoso poema que haya vivido hombre alguno? De él se pudo decir no solamente que “jamás un hombre habló como este hombre” (Jn 7, 46) sino que “jamás un hombre vivió como este hombre” [¿No es esto lo que dice san Juan evangelista cuando afirma: «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» Jn 1,4?].
¡De él se pudo decir más aún!: “que nadie vio jamás a Dios sino Él” (Juan 1,18; 3,11 ss). Es que en Jesús vida y palabra coinciden. Cuando Jesús interpreta las Escrituras no se limita a relacionar textos entre sí, los relaciona consigo mismo y los muestra cumplidos en sí mismo.
5) El Padre le comunicaba a Jesús una inteligencia de las Escrituras que le permitía no solamente leer en ellas la voluntad del Padre sobre Él, sino cumplirlas perfectamente, ya que, como Hijo perfecto, tenía hambre de obedecerle. «Mi comida es hacer la voluntad del que me envió» (Juan 4, 34). Jesús interpretó las Sagradas Escrituras con el mismo Espíritu Santo con que fueron escritas. [La Constitución Dei Verbum ha consagrado este hecho como norma para todo intérprete Nº 12]
6) Cuando Jesús crucificado dice «tengo sed» (Jn 19, 28), no lo dice porque estuviese sediento. No lo hubiese dicho sólo por quejarse. Hubiese sufrido en silencio su sed, como sufrió tantos otros tormentos. No. Jesús dijo que tenía sed “para que se cumpliera la Escritura”. Es decir, para hacer hasta el fin la voluntad del Padre acerca de él, premanifestada en ellas. En las Escrituras santas y divinamente inspiradas, el Hijo leía y reconocía, como en un libreto, o en una partitura, la voluntad del Padre referida a él. «Escudriñad las Escrituras en las que decís que tenéis vida eterna, ellas hablan de mí» (Jn 5,39s).
7) El “todo está cumplido” [«consummatum est» Jn 19, 30] que sigue al “tengo sed” – y que precede inmediatamente a la devolución de su espíritu al Padre, de quien lo recibiera -, se refiere a esa obediencia perfecta de Jesús a lo preanunciado acerca de él por el Espíritu Santo “en las Escrituras, Moisés, los Profetas y los Salmos” (Lc 24, 27. 44-48).

1.2) Mayor que Salomón el sabio y que Jonás el profeta
8) ¿De dónde le venía a Jesús esta abismal, vertiginosa comprensión de las Sagradas Escrituras? Glosando lo que el Catecismo de la Iglesia Católica dice acerca de la oración de Jesús [Catecismo de la Iglesia Católica Nº 2599], y aplicándolo a su inteligencia de las Escrituras, podemos decir que el Hijo de Dios hecho hombre de la Virgen, aparte de su ciencia divina, como verdadero hombre, aprendió a interpretar las Escrituras conforme a su corazón de hombre y al modo humano.
9) Lo hizo, en primer lugar, de su Madre, que conservaba el recuerdo de las palabras del Ángel Gabriel y el de todas las ‘maravillas’ del Todopoderoso y las meditaba en su corazón, relacionándolas con los misterios de la infancia de su hijo y de sus primeros pasos por la vida. Al referirle a Jesús las palabras del Arcángel, como lo debe haber hecho sin duda desde su más tierna infancia, María le comunicaba claves reveladas de interpretación de la Escritura; y de autocomprensión de su identidad de Hijo, a la luz de ellas. Jesús aprendió también a interpretar las Escrituras en las palabras y en los ritmos litúrgicos de la interpretación de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo.
10) Pero su interpretación brota de una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a los doce años de edad: “yo debo estar en las cosas de mi Padre” (Lc 2, 49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la interpretación de las Escrituras en la plenitud de los tiempos. Y María, desde ese momento, aunque su hijo le siga estando sujeto en Nazaret, va a irse convirtiendo de Maestra en discípula que aprende y es enseñada.
11) Los evangelios registran que, por eso mismo, las enseñanzas de Jesús causaba extrañeza, desconfianza, resistencia (Mc 1,22.27; Mt. 7, 28-29). No era el conocimiento académico. Él las entendía y las interpretaba con exousía, con autoridad, con poder. Como lo hará San Pablo, el perfecto imitador de Cristo [“Mi palabra y mi predicación no fue con persuasivas palabras de sabiduría, sino con demostración de Espíritu y de fuerza; para que vuestra fe no estribara en sabiduría de hombres sino en la fuerza de Dios” 1ª Corintios 2, 4-5] . En Espíritu y Verdad. Eso no obstaba para que Jesús pudiese aplicar procedimientos de las escuelas rabínicas, como hemos visto al explicar la parábola del sembrador. Pero lejos de quedarse en la exposición de los sentidos y sentencias tradicionales y en el tono y estilo tradicional, él las entendía como guía de su vida, las iluminó viviéndolas, las explicó con su modo de vivirlas, y mostró cómo y qué decían acerca de Él.

1.3) El Nazareno
12) De ahí que, aunque sus discípulos lo llaman Rabbí, Maestro, las masas lo llamaron – como afirma Zolli – el Predicador (hanotsrí = el Nazareno).
13) Lo característico de la enseñanza de Jesús que se refleja particularmente en sus parábolas, – observa Zolli – no es pues una interpretación, en el sentido de una explicación intelectual, sino como un anuncio del cumplimiento. Como lo dice en la sinagoga de Nazareth: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21).
14) Sobre esta huella y esta escuela de Jesús resucitado, la predicación del cristianismo primitivo era una exposición en voz alta, sonora, agradable, jubilosa, de esa alegre nueva: los tiempos están cumplidos y está sucediendo lo anunciado por los profetas: “lo que oís al oído, predicadlo desde los techos” (Mt 10, 27).
15) La proclamación del cumplimiento de los tiempos no podía hacerse mediante los métodos de enseñanza de los escribas, sino en aquella forma de elocuencia declamatoria, que en arameo recibía el nombre de “Netsar” [Eugenio Zolli, O.c. pp. 139-143]. El nombre Nazareno, aplicado a Jesús por su oratoria elocuente y arrebatadora, es, según argumenta Zolli, una realidad, un hecho positivo. Era el título más adecuado para Jesús, considerado como vidente, predicador, maestro. “Jesús de Nazaret es Jesús el Nazareno. Es la flor vaticinada por Isaías, es como diría el Petrarca: flos vatum, la flor de los poetas y de los profetas».
16) Pero la elocuencia de Jesús no es puramente retórica. Lo que la caracteriza es la exousía, la autoridad, el poder, la fuerza. En el Evangelio se habla frecuentemente de la exousía de Jesús [Mt 7, 29; 9,6; 10,1; 21, 23.24.27; 28, 18; Mc 1, 22.27; 2, 10; 3, 15; 11, 28.29.33; Lc 4, 6.32.36; 9, 1; 10, 19; 12, 5; 20, 2.8.20; 22, 53; Jn 1, 12; 5, 27; 10, 18; 17, 2.], del poder divino y sobrenatural que residía en él. Esa exousía daba peso a su palabra y la distinguía del modo de enseñar de los escribas. Precisamente a la elocuencia arrebatadora y proféticamente cierta, que contiene en sí el poder divino, se le puede aplicar con justeza el término netsàr, que se refiere exactamente a una proclamación enunciada en un tono lleno de autoridad, desacostumbrado, artísticamente perfecto” [Eugenio Zolli, O.c. pp. 145] . “Jamás un hombre habló como este hombre” (Jn 7,46).
17) El tono de las parábolas de la semilla, que celebran la fecundidad de la palabra divina y la obra del divino sembrador, ha de ser el tono de los cantos de la cosecha. Un tono emocional de alegría y de triunfo, de gratitud por la obra divina. Ha de estar penetrado de la alegría de Jesús sobre los campos que blanquean para la cosecha (Jn 4, 35); del júbilo de los cosechadores. “Se han alegrado como en la siega” (Isa 9, 2); “cosechan entre cantares… al volver vuelven cantando, trayendo sus gavillas” (Sal 125, 5-6). Es el eco de la dicha de Dios al hablar y ser escuchado, por requerirnos de amor y ser correspondido. Es la alegría de una siega de amores.
18) Ese es el tono en que debería interpretarlas el predicador. El de hoy y el de todo tiempo. Y esto le es posible al sacerdote que predique en la homilía tan “in persona Christi” como cuando consagra. De modo que no esté allí – no ha de estar – él hablando en su propio nombre, sino en el de Cristo. No ha de ser él quien predica, sino Cristo en él. En la Homilía el sacerdote ha de darle lugar a Cristo para que, Cristo en él, explique las Escrituras (Moisés, Profetas, Salmos) a la luz de su vida (Evangelio). La vida de Cristo es la mejor interpretación vivida de las Escrituras y todas ellas no quieren hablar sino de él: «Escudriñad las Escrituras ya que creéis tener en ellas vida eterna; pues bien, ellas son las que dan testimonio de mí. Pero vosotros no queréis venir a mí para tener vida» (Jn 5,39).
19) En virtud del sacerdocio ordenado, y si así lo hiciere, se le concederá en mayor o menor medida, una participación en la exousía del Nazareno, como le fue concedida a los Apóstoles, según leemos en el libro de los Hechos. La gracia que fluía de los labios de su Maestro, también afluirá a sus labios desde sus entrañas como un torrente de agua viva, prometido por Jesús a quien crea de veras en él (Jn 7, 38). “El que crea hará las mismas cosas que yo y aún mayores” (Jn 14, 12). Las hará porque tiene en sí el testimonio del poder de Dios que comunica el Cristo glorioso, testigo de la fidelidad del Padre. El poder victorioso de su Palabra de amor. En esa alegre visión de fe, es posible predicar y vivir, como Jesús, la jubilosa certeza de “que la siembra divina produce siempre fecundidad apostólica”.

2) UNA PALABRA PODEROSA
20) El capítulo cuarto de Marcos nos muestra a Jesús como Maestro y nos ofrece algo del contenido de sus enseñanzas en parábolas, acerca del Reino y de la Palabra de Dios. Es la enseñanza hacia afuera del círculo de sus discípulos, porque a ellos les enseñaba aparte los misterios del Reino. «A vosotros os es dado conocer los misterios del Reino, pero a los que están afuera, todo se les dice en parábolas» (Marcos 4, 11).
21) A continuación Marcos va a presentar cuatro episodios que mostrarán el poder de esta Palabra de Jesús en aquellos ámbitos que la muestran y demuestran como palabra divina. La tempestad calmada mostrará el poder de su palabra sobre los elementos. El endemoniado geraseno mostrará el poder de su palabra sobre los demonios. La curación de la hemorroísa y la resurrección de la niña hija de Jairo, lo mostrará como Señor de la vida y de la muerte. Se abre así, en el evangelio de Marcos un nuevo capítulo sobre la revelación de quién es Jesús: su palabra tiene aquellos poderes que caracterizan la palabra divina. Jesús viene no solamente a enseñar una doctrina de sabiduría, sino a obrar obras que son propias de Dios.
22) Notemos, sin embargo, que estos signos suceden ante los ojos de los discípulos. Y aunque sean públicos o sucedan en público como la curación del geraseno y la de la hemorroísa, de hecho suceden en presencia de los discípulos y son para ellos. Es a los que creen en su palabra que se les manifiesta el poder de su palabra. De hecho, en Nazaret, donde Jesús no encuentra fe, apenas puede hacer unos pocos milagros (Mc 6, 5-6). Es como si ante la incredulidad el poder de Dios se redujese voluntariamente a la impotencia.

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