LO RECOSTÓ EN EL PESEBRE
Homilía navideña


LO ENVOLVIO EN PAÑALES Y LO
RECOSTO EN UN PESEBRE

          En el pesebre se pone el forraje para
los animales. ¿Qué hace Jesús allí? 
Nos dice: «Esta es mi carne para alimento
del mundo». «Tomad y comed, porque mi carne es verdadera comida».
         María lo pone en el pesebre como quien
da a su hijo en ofrenda para la vida del mundo. Con un gesto sacerdotal y
nutricio, lo pone entre el heno, como quien nos lo da para alimento. También ella puede decir: «esta es mi carne» y con su gesto dice «tomad y comed, porque mi carne es verdadera comida», el alimento puro.
         Isaías había hablado del pasto y de la
carne: «Toda carne es como el heno, y todo su esplendor como flor del
campo. La flor se marchita, se seca la hierba en cuanto le da el soplo de
Dios» (Isaías 40,6-7). La imagen es proverbial en la Escritura: «No te
exasperes por causa de los malvados, no envidies a los que hacen injusticias. Porque
se marchitan pronto como el pasto, como la hierba tierna se secan» (Salmo
36(37),1-2). «Tú al polvo reduces a los hombres, diciendo: `¡Volved hijos
de Adán!’. Porque mil años son a tus ojos como un día, un ayer que pasó, una
vigilia de la noche. Tú los arrebatas, no son más que un sueño, como la hierba
que a la mañana brota y florece, por la tarde se amustia y se seca» (Salmo
89(90),3-6).
         El pasto y toda hierba verde es el
alimento que Dios había dado desde el principio al hombre y a los animales:
«Mirad que yo os he dado toda hierba de semilla que existe sobre el haz de
la tierra y todo árbol de fruto con semilla: eso os servirá de alimento. Y a
todo animal terrestre, a toda ave de los cielos y a todo ser animado que se
arrastra sobre la tierra, les doy por alimento toda hierba verde» (Génesis
1,29-30).
         «Dime lo que comes y te diré quién
eres». El hombre y los animales, «toda carne» como dice la Escritura, se alimentan
de hierba y son transitorios como ella. Y aunque la hierba sea fugaz, la carne,
los vivientes, no pueden subsistir sin ese alimento perecedero. De lo que es
más perecedero que nosotros, recibimos permanencia los que somos fugaces.
         Por eso, la profecía de Isaías
introduce una promesa y una esperanza inauditas, cuando – anunciando la Encarnación de la Palabra eterna de Dios –
injerta sobre el pie de aquél melancólico proverbio bíblico, el alegre anuncio
del Evangelio: «La hierba se seca, la flor se marchita (¡es verdad!), pero
la Palabra de
Dios permanece para siempre» (Isaías 40,8).
         ¿Qué pasa cuando, por el misterio de la Encarnación, la Palabra eterna, permanente
y duradera de Dios, toma carne humana y entra en esta carne transitoria? Pasa –
para decirlo con palabras de Pablo – que «esto mortal, se reviste de
inmortalidad» (1 Corintios 15,54). ¿Cómo podrían, si no, heredar el Reino
de los Cielos la carne y la sangre mortales, ni heredar la incorrupción lo
corruptible?
         Esta carne del hijo de María, será pues
alimento de inmortalidad, bajo las especies del alimento perecedero de la fugacidad:
bajo las especies eucarísticas, preparadas desde el tercer día de la Creación, cuando dijo
Dios: «brote la tierra verdor: hierbas de semilla y árboles frutales que
den sobre la tierra fruto con su semilla dentro» (Génesis 1,11).
         Esto debía suceder como sucedió, al
tercer día de la
Creación. En ese día y «al comienzo», la Palabra de Dios, por la
que todo es creado y viene a la existencia, se reveló como la Semilla de todas las
semillas, semilla primordial de la que proviene toda hierba verde y todo árbol
de fruto, entre ellos el trigo y la vid eucarísticos. Pan y vino para el
sacrificio según el orden de Jesús.
         El Verbo, la Palabra de Dios, Semilla
primordial, es el origen de todo alimento, y propiamente lo que vivifica:
«No sólo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de
Dios» (Deuteronomio 8,3; Mateo 4,4). Todo escriba instruido en el Reino de
los Cielos puede saber que la semilla de donde vino el Pan cotidiano y el Pan
de Vida, fue un «Dijo Dios», es decir, una Palabra suya. Y que es sin
duda por esto que Jesús tuvo predilección por compararse con la Semilla en sus parábolas.
         María, en cuya carne la Palabra se hizo carne,
donde lo  corruptible comenzó a
revestirse de incorrupción, es la que, en el pesebre: «da esta carne para
vida del mundo» (Ver Juan 6,51). Por eso, dicen los Santos Padres, al
reclinar al Niño en un pesebre, ella ofrecía a su hijo como sobre un altar,
como alimento, como pan del camino, puesto que tampoco nació en su hogar, sino
en un albergue precario durante un viaje.
         San Beda el Venerable, comentando el
pasaje «lo recostó en un pesebre», dice: «Aquél que es el Pan de
los ángeles, está recostado en un pesebre, para poder fortificarnos como
`animales’ santos, con el trigo de su carne». Y San Cirilo explica:
«Encontró al hombre embrutecido en su alma, y por esto fue colocado en un
pesebre como alimento, para que mudando la vida bestial, podamos ser llevados a
una vida conforme con la dignidad humana, tomando, no el heno, sino el pan
celestial, que es el cuerpo de vida».
         El mismo San Cirilo interpreta
simbólicamente el pesebre como: «el altar, en el que durante la Misa, Cristo, por la
consagración es como si naciese y se inmolase».
         San Gregorio, comentando el significado
de la palabra Belén, que en hebreo se dice Beit- léjem, dice: «Nace
convenientemente en Belén, que se interpreta Casa del Pan. Ya que él mismo dice
de sí mismo: Yo soy el Pan Vivo que bajó del Cielo. El lugar donde nace el
Señor, se había llamado antes `de pan’, en previsión de que iba a aparecer allí
en materia de carne, el que restauraría las mentes de los elegidos con una
saciedad interior».
         El sabio intérprete Cornelio A Lápide,
ve el pesebre como un púlpito desde donde nos predica y enseña el Verbo de
Dios, no con palabras sino con hechos: «¿Qué hace un Dios tan grande
metido en este poquito de carne yacente en el pesebre? Oigámoslo predicar a él
mismo en la cátedra del pesebre, no con palabras sino con hechos, enseñando y
predicando:`…me hice pequeño, hombre de carne y hueso como tú, para hacerte
Dios. Yazgo en el pesebre entre el asno y el buey, porque tú vivías como un
jumento y un animal, complaciéndote en la carne y la sangre. Eras como `el
hombre rico e inconsciente, que es como el animal que perece’ (Salmo 48(49),21)
de quien dice también la
Escritura: `no seáis como caballos y mulos cuyo brío hay que
domar con freno y brida’ (Salmo 31(32),9).
         Asumí pues – prosigue Jesús – esta
carne, para que comas mi carne, y la mía no es carne de jumento sino de Dios,
para que uniendo mi carne a la tuya, boca con boca, mano con mano, pie con pie
y cuerpo con cuerpo, como lo hizo el profeta Eliseo para resucitar a aquél niño
muerto (2 Reyes 4,34), inspire en tí un hálito de vida celestial y divina
         Porque
no había lugar para ellos en el albergue
         El
pesebre es pues altar y púlpito, con lo que apunta a la Palabra hecha carne.
         Pero es también argumento que convence
de pecado al pueblo que no le hizo lugar. María: «lo reclinó en el pesebre
porque no había sitio para ellos en la posada» (Lucas 2,7). «Vino a
su casa pero los suyos no lo recibieron» (Juan 1,11).
         María recuesta a su hijo en el pesebre
donde pastan los animales, porque no ha habido lugar para él bajo los techos de
los habitantes de Belén, ciudad de David. El Pan vino a la Casa del Pan, pero no fue
recibido.
         Ya antes, en el desierto, el pueblo de
dura cerviz – como Dios le llama – murmuraba, incrédula y sacrílegamente,
contra el maná: «estamos hartos de este pan miserable» (Números
21,5). Nada extraño pues, que ahora el Pan de vida vaya a dar entre el forraje.
También se leía esto entre líneas en los profetas: «Crié hijos hasta
hacerlos hombres, pero ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño
y el burro conoce el pesebre de su amo, pero Israel no conoce, mi pueblo no
discierne» (Isaías 1,2-3).
         Por
fin: lo sucedido es irreversible
         Por fin, lo sucedido aquella noche es
algo que está en el tiempo para siempre y en forma irreversible: «El niño
Dios ha nacido». Dios niño ha nacido y está para siempre, como hombre y
Dios, en el tiempo y en la eternidad, a la derecha del Padre. Por eso el que
vino, viene, está viniendo siempre, está ahí, fiel a sí mismo, fiel a nosotros,
fiel al Padre. Está siempre, viene siempre, está como el que viene siempre y
viene como el que siempre está.
         Por eso su nombre es Emmanuel =
Immanu-El = Dios está con nosotros, de nuestra parte, a favor nuestro. Dios de
nuestra parte.
        
Y
es ella, la Madre,
la que nos lo entrega siempre. Tanto cuando lo recuesta en el pesebre, como
cuando le está al lado a los pies de la
Cruz, recibiendo a Juan como hijo, es decir a nosotros. La
que nos entregó a su Hijo, es la que nos recibe de su Hijo como hijos.
        
Y Jesús, El Hijo que salió del Padre para volver al
Padre, salió del Padre a través del seno lleno de gracia de María. Y habiendo
salido del Padre y del seno de María, que es sacramento del seno del Padre, no
vuelve al Padre solo. Vuelve con Juan, el primogénito de todos nosotros.
        
Al ponerlo en el pesebre, María lo muestra y lo
expone, lo expone y lo arriesga, y arriesgándolo, lo ofrece y lo entrega, a la
vez que lo contempla y lo adora. Ella que es el testigo único y privilegiado
del misterio de la concepción virginal, guarda estas cosas en su corazón.
Madre, danos la gracia de tener parte en esa mirada
tuya sobre este niño nacido de tus entrañas. De conocerlo como tú lo conoces y
de participarnos algo de ese tesoro que guarda tu corazón. Reclina tu misterio
en el pesebre de nuestros corazones llenos de pasto seco, de forraje, de cosas
transitorias destinadas a ser devoradas por las bestias útiles y de la
utilidad. Que nuestras comuniones eucarísticas pongan ante ti el pesebre de
nuestros corazones, para que tú los consagres con la carne de tu Hijo.
Ahora te contemplamos mientras tú lo contemplas y
queremos tomarte como Madre y Maestra de contemplación. En el silencio de la
noche, en el silencio del Padre, también tu corazón contempla en silencio y en
paz a ese hijo del prodigio y del milagro: Mira a tu hijo. Ahora él recibe tu
mirada y la busca.
Un día, desde la Cruz, hecho Señor y Maestro de tu Corazón y de tu
mirada, te invitará a mirarlo a Él en sus discípulos y te enseñará a vernos en
él.

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