MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES
¿HUBO O NO HUBO? 2ª

MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES
¿HUBO O NO HUBO?

LAS MULTIPLICACIONES DE PANES Y PESCADOS (2ª de 7)

NECESARIAMENTE MILAGROSAS

Se extiende hoy la negación de su carácter milagroso

Las interpretaciones racionalistas de la Sagrada Escritura han llegado, dentro de la Iglesia católica, primero a las academias, de allí a los seminarios y por último a la predicación. Cada vez más frecuentemente se oye a fieles escandalizados porque han oído predicar los tópicos, rancios ya, de la exégesis racionalista y liberal que acuñara Strauss hace siglo y medio. Peor aún es la condición de los fieles que, imbuidos del racionalismo moderno, ya no se escandalizan sino que encuentran que esa explicación es plausible precisamente por ser tan razonable, y explica las cosas sin necesidad de ningún milagro.

Esa misma corriente que minó y destruyó la fe de los fieles en las Iglesias protestantes europeas, la que luego irrumpió en la Iglesia católica con el movimiento modernista, ha roto los diques y se va convirtiendo, por vía de hecho, en doctrina de recibo, al amparo de la invocación de los métodos histórico-críticos.

Recientemente algunos fieles me consultaron porque un sacerdote había predicado en tales términos acerca de la multiplicación de los panes, que sin negarla frontalmente, se daba por excluida una verdadera multiplicación milagrosa. Más tarde otro me consultó porque ¡un obispo! la había negado con certeza. La presunta multiplicación habría consistido propiamente en algo así como una cena lluvia: sin necesidad de apelar a ningún milagro. Lo que sucedió fue que, siguiendo el ejemplo del joven generoso, todos pusieron en común lo que traían, y así alcanzó y sobró para todos. La enseñanza que se saca así del pasaje bíblico, es simplemente y reductivamente moral: si somos solidarios, los bienes de este mundo alcanzarán y sobrarán para todos.

Explicando estas cosas a un joven sacerdote, me replicaba que no entendía por qué yo tenía esa resistencia a encontrar un sentido social al mensaje evangélico y por qué me parecía que Jesús no pudiera haber tenido esa intención. Por supuesto que pudo tenerla. Pero la pregunta es: ¿por qué no pudo tener otra intención, no de puro corte social, sino de índole religiosa? Es decir: la intención de revelarse a sí mismo y de entablar con los hombres un vínculo de otro orden?

¿No está en juego aquí la «Caridad en la verdad»? ¿Acaso Jesús no predica la necesidad de buscar el Reino de Dios y su justicia y esperar lo demás como añadidura? (Mateo 6, 33). ¿Acaso no les reprocha a los que lo buscaban porque les había dado de comer, que no habían visto nada más en ese hecho? (Juan 6, 26). ¿Acaso no es esa misma ceguera para el carácter de signo de otra realidad para la que están ciegos, lo que motiva que muchos discípulos abandonen a Jesús? (Juan 6, 66). Hoy estamos viendo lo mismo.

El racionalismo no sólo ha propuesto una interpretación desviada del texto, sino que ha amartillado un prejuicio que se dispara cuando se trata de enderezarla con pura ciencia bíblica y bloquea la inteligencia para recibir una explicación objetiva, tan racional como la otra, pero abierta a la fe.

Por eso me ha parecido necesario ocuparme de este tema, republicando aquí un breve estudio que se había publicado primero en: Revista Eclesiástica Platense (Arzobispado de la Plata, Argentina) en el Año CVI, Enero-Febrero-Marzo 2003, págs. 159-60

Lo retomé en el libro “¿Entiendes lo que lees? La Interpretación bíblica en crisis”. en el prólogo del cual expliqué así el por qué de este título:

“¿Entiendes lo que lees?” La pregunta del diácono Felipe al eunuco etíope, funcionario de la reina Candaces (Hechos 8, 30), puede plantearse en todo tiempo a los que no entienden la Escritura.

Hoy, para nuestro asombro, parecería que se le puede preguntar a los que por oficio deberían no sólo entenderla sino explicarla, y sin embargo por abuso la explican mal y con escándalo de los creyentes.

Aunque a algunos les pueda parecer impertinente, es pertinente preguntársela y de hecho se la preguntan los fieles a no pocos predicadores y escrituristas. En efecto, ocupan hoy el púlpito y la cátedra, intérpretes de las Sagradas Escrituras que dan motivo para que se hagan esta pregunta muchos fieles: “¡realmente ¿entienden lo que leen?!”.

A estos fieles, así escandalizados, no les cabe duda de que tales intérpretes no las entienden según la fe de la Iglesia. Porque los fieles que esto se preguntan, no son los menos instruidos o ignorantes, quienes suelen tragarse, sin masticar, lo que se les dice. Ni son los que simplemente asisten a la homilía sin escucharla o están en clase leyendo alguna otra cosa. Ni suelen preguntárselo los más ingenuos, que en su sencillez, divinamente protegida, tragan veneno y pisan serpientes sin sufrir daño.

Se lo preguntan los fieles a los cuales esas interpretaciones los perturban, los confunden y hacen vacilar. Se lo preguntan, sobre todo, los fieles más enterados de su fe y más empeñados en permanecer creyentes y ser fieles a la Iglesia.

Cuanto más formados e instruidos, más se asombran de que haya ministros del púlpito y la cátedra, que detentan, por mandato eclesial el oficio de enseñarles, que las interpreten así. Lo mismo se preguntan no menos escandalizados acerca de lo que leen en libros publicados por editoriales ‘católicas’, libros que han pasado intactos por la censura eclesiástica.

Una encuesta sobre cosas que oyen y deben soportar los fieles en cursos y homilías o que leen en revistas y en obras teológicas daría lugar a un extenso ‘disparatario’, por no decir bestiario.” [¿Entiendes lo que lees? La Interpretación bíblica en crisis. Editorial Gladius, Buenos Aires, 2006 págs. 73-89]

El estudio que te entrego, estimado visitante, muestra que la negación del carácter milagroso de la multiplicación de los panes contradice directamente la intención de los evangelistas: lo que los autores sagrados dicen y quieren decir.

Esta negativa a aceptar la posibilidad de hechos milagrosos proviene del racionalismo y del naturalismo, cuyo más famoso pionero y audaz representante en el campo protestante fue David Friedrich Strauss. Pero la resistencia a aceptar la intervención de Dios en la naturaleza y en la historia va conectada con una cierta divinización de la vida moral, o sea de la acción del hombre. Por eso naturalismo y moralismo van lógicamente de la mano.

Reducir la multiplicación de los panes a un simple despertar de la solidaridad que hace poner en común los bienes para que alcancen para todos es desvirtuar la vinculación religiosa de Cristo con los hombres y convertir su predicación en una moralina que igualmente puede prescindir de Cristo, como en efecto Kant lo declaraba prescindible.

Los negadores de la verdad evangélica siguen comentando el evangelio hasta que los fieles pierdan la fe. Después, el testimonio de los evangelistas se hace prescindible. De hecho, losmismos encargados de predicarlo, ya están prescindiendo de él, pues no se toman en serio el trabajo de entenderlo. Incurren así en un soberbio «dogmatismo de la incredulidad» que cabalga no sólo sobre una ignorancia culpable sino en el empecinamiento por no buscar la verdad. El drama de la acedia, que es el drama de la iniquidad creciente, que crece destruyendo la fe y enfriando la Caridad, es decir el amor a Dios y a los hombres «por Dios».

A los visitantes de buena voluntad y deseosos de saber la verdad, los invito a proseguir leyendo las entregas que subirán cada jueves.
 
 

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