PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN EL TEMPLO – HOMILÍA – 2 DE FEBRERO

HOMILÍA
La solemnidad de hoy está por un lado íntimamente vinculada al Adviento pero por otro ya nos remite a la proximidad de la Cuaresma y la Semana
Santa; especialmente al misterio de la Entrada del Hijo en el domingo de Ramos a Jerusalén y al Templo para purificar la casa de su Padre.
Nos reorienta así, desde la espera de la venida de Dios propia del Adviento, a que  consideremos lo que implica para nuestras
vidas, la venida de Dios en el Hijo obediente. 
Nos invita a contemplar al Hijo
como un hombre capaz de dar la vida por celo de la gloria de su Padre y del
Templo, casa de su Padre.
            Al comienzo
de su evangelio, san Marcos ha fundido en una sola las dos profecías de Isaías
40 y de Malaquías 3, 1-4, referentes a la venida del Señor. 
            Cita en primer
lugar la de Malaquías: “Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar mi camino” y luego la de Isaías 40,3: “Voz que clama en el desierto, preparad el camino del Señor, rectificad sus sendas”
             Marcos se refiere al Bautista y por eso cita solamente el comienzo de las profecías acerca de la venida del Señor, pero su intención es demostrar que se han cumplido las profecías tanto de Malaquías como de Isaías, en Aquél a Quien el Bautista anunció: Jesucristo, el Hijo de Dios venido en carne, venida histórica y física de Dios.
            Acabamos de leer en Malaquías: -«Mirad, yo envío mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí. Enseguida entrará en el santuario el Señor, a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar -dice el Señor de los ejércitos-.”
            Enseguida, (en hebreo: ufit’om) es un vocablo preferido por san Marcos que lo usa 43 veces en su evangelio contra 19 veces en el resto de los escritos del Nuevo Testamento. Indicio de que san Marcos contempla todas las acciones de Jesucristo a la luz de la venida inminente anunciada por Malaquías.
            La sagrada liturgia nos invita a contemplar la entrada del niño Jesús en el Templo, como la primera entrada del Hijo en la Casa del Padre para purificarla por la penitencia. 
            El Adviento nos invitaba principalmente a la fe. La Cuaresma nos invitará a la Penitencia. Y la fiesta de hoy enlaza ambas invitaciones en una: “Dios viene, creed y convertíos”
            La venida de Dios que anuncia Malaquías, es como la de un Sol de un Día que será, para los malvados “abrasador como un horno, y serán todos los arrogantes y los que cometen la iniquidad como paja, y los consumirá el Día que viene… hasta no dejarles raíz ni rama”.  
            San Juan Bautista se hace eco de esta advertencia cuando invita a la penitencia: “Raza de víboras, ¿quién os ha
convencido de que huiréis de la ira inminente?”.
           Ahora bien, lo terrible de la situación de los impíos, la pinta Malaquías como la insensibilidad para avdertir su  propia injusticia, es decir de por qué son desagradables a Dios : “Os he amado dice el Señor, pero vosotros decís ¿en qué nos has amado?” (1,2)
           “Si yo soy padre ¿dónde está mi honra? Y si Señor ¿dónde el respeto que se me debe?. El Señor os dice a vosotros los sacerdotes: ‘vosotros despreciáis mi Nombre’. Pero vosotros rebatís ¿En qué hemos menospreciado tu Nombre? Presentando en mi altar un pan impuro. Y vosotros protestáis ahora ¿‘en qué te hemos manchado? Pensando que la mesa del Señor es despreciable. Cuando ofrecéis una res ciega o coja ¿no es un mal? (1, 6-14)
            “Vosotros cansáis al Señor con vuestras palabras, pero rebatís: ¿en qué le cansamos?
Cuando decís: cualquiera que hace el mal es bueno a los ojos del Señor y Él lo acepta complacido, o también ¿Dónde está el Dios del juicio?”
(2, 17)
            “Desde los días de vuestros padres os venís apartando de mis preceptos y no los observáis. Volveos a mí y yo me volveré a vosotros, dice el Señor. Pero vosotros decís ¿en qué debemos volver? ¿Debe un hombre defraudar a Dios? ¡Pues vosotros me defraudáis a mí – Y todavía rebatís ¿en qué te hemos defraudado? En el diezmo y en la ofrenda reservada” (3, 7-8).
             Reconocemos en la profecía de Malaquías la misma situación del Templo en que HOY entra el niño y al que entrará como hombre para purificar la casa de su Padre: “Habéis convertido la casa de mi Padre en casa de mercado”. Habéis subvertido el sentido del templo y de la religión, desviando el culto a Dios en provecho propio.
              Los sacerdotes que se enfrentaron a Jesús en la purificación del templo, como los de Malaquías, no reconocen la corrección y rearguyen: “¿con qué autoridad haces esto?” (Mc 11, 27).
              Creo que esta es una radiografía de TODA conducta simoníaca en cuestiones religiosas, de culto, de doctrina, de moral. Sea en Israel, sea en el catolicismo. La indisciplina cultual, la corrupción de la enseñanza, el relativismo moral. La experiencia nos muestra que en la Iglesia, ni bautizados ni ordenados estamos libres de esta levadura capaz de corromper el buen pan.
             Nuestra vocación sacerdotal la sentimos acechada por análogas corrupciones.
             Ahora, en la era filial, la simonía consiste fundamentalmente en el vivir para sí mismo y no para el Padre. Vivir, hablar y actuar para nuestra propia gloria y no para la gloria del Padre. Buscar nuestro propio provecho, en vez de buscar la gloria del Padre.
San Pablo enseña que la caridad filial verdadera no busca sus propios intereses (1 Cor 13, 5); y lamenta que “Todos buscan sus propios intereses y no los de Cristo” (Filipenses, 2, 21) que no son otros que los del Padre.
El misterio que contemplamos nos invita pues a pedir en este retiro la purificación de todas nuestras intenciones y acciones, para que sean las obras filiales que glorifican al Padre.
El Hijo entra al templo cumpliendo la profecía de Malaquías y viene a los suyos. Que nuestro corazón esté bien dispuesto para que aunque nuestra conciencia nada nos reproche, no por eso nos demos por justificados, porque el que nos juzga es el Señor (1ª Cor 4, 3-4).
“Señor ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo? El que procede honradamente y practica la justicia” (Salmo 14). 
Esto que valía para el templo terreno vale a fortiori para entrar en la casa del Padre y la Jerusalén celestial. No es posible entrar en ella sin la justicia filial.
Sabemos que no podemos estribar en nosotros mismos para lograrlo. Por eso, la carta a los Hebreos nos anima a
asumir con fortaleza las pruebas y purificaciones necesarias para nuestra santificación. Aún no hemos resistido hasta la sangre en nuestra lucha contra el pecado. Pero Jesús se ha hecho hermano nuestro para enseñarnos a vivir como
hijos, de cara al Padre, como creaturas nacidas de nuevo y de lo Alto:
        Hemos leído también en la carta a los Hebreos este mensaje de san Pablo a nosotros, los cristianos: “Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser compasivo y pontífice fiel en lo que a Dios se refiere, y
expiar así los pecados del pueblo. Como 
él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella”.
Nuestra esperanza la ponemos pues en aquél que nos llamó y nos promete la entrada a la Casa del Padre: «No os
turbéis; creed en Dios y creed también en mí.  En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. De no ser así, no les habría dicho que voy a prepararles un lugar. Y después de ir y prepararos un lugar, volveré para tomaros conmigo,
para que donde yo esté, estéis también vosotros. Para ir a donde yo voy, vosotros ya conocéis el camino.»
(Juan 14, 1-4)

 

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